Albuquerque, Nuevo México, continúa con su larga tradición de acoger personas refugiadas

Las comunidades de acogida ofrecen el acceso equitativo, el compromiso cívico y la conexión social que las personas recién llegadas, como las refugiadas, necesitan para sentirse como en casa. La ciudad de Albuquerque, Nuevo México, continúa con una larga historia como santuario para las personas desplazadas.

El Representante Regional de ACNUR para Estados Unidos y el Caribe, Matt Reynolds, y el Alcalde Tim Keller en junio, durante la celebración del Día Mundial del Refugiado en Albuquerque.

El Representante Regional de ACNUR para Estados Unidos y el Caribe, Matt Reynolds, y el Alcalde Tim Keller en junio, durante la celebración del Día Mundial del Refugiado en Albuquerque.  © ACNUR/Lindner

Las personas recién llegadas a las ciudades y comunidades no siempre tienen la sensación de pertenecer a ellas. Los obstáculos en materia de vivienda, trabajo y educación pueden impedir que algunas personas sientan que tienen un lugar al que llamar hogar. Los lugares de acogida ofrecen un acceso equitativo, un compromiso cívico y comunidades conectadas que pueden contribuir en gran medida a que los recién llegados, incluidas las personas refugiadas, se sientan como en casa. La ciudad de Albuquerque es uno de estos lugares.

Albuquerque, en Nuevo México, ha sido el hogar de las personas refugiadas reasentadas durante casi 70 años. La propia zona tiene una larga historia, que abarca cientos de años, como santuario para las personas desplazadas. Desde ofrecer protección a las personas desarraigadas por la fuerza durante la Rebelión de Popé de 1680, un levantamiento de las tribu indígena Pueblo contra los colonizadores españoles, hasta acoger recientemente a 315 refugiados afganos en el marco de la Operación Bienvenidos Aliados y dar la bienvenida a la comunidad a más de 800 personas solicitantes de asilo este año.

“Nunca hemos dudado de nuestras políticas a favor de las personas refugiadas o migrantes aquí en Albuquerque”, declaró el Alcalde Tim Keller, en un acto para celebrar el Día Mundial del Refugiado en junio. “Vamos a seguir cuidando de todos los que pasan por nuestra ciudad y de todos los que residen aquí. Ese es el espíritu de un albuquerqueño, y creo que es el espíritu estadounidense”.

Las necesidades de las personas refugiadas son grandes, sobre todo para los municipios que ya están al límite por la pandemia de COVID-19, que agravó problemas como el acceso a la vivienda, la educación, el transporte y el empleo. La vivienda, en particular, es difícil de encontrar para las personas refugiadas, ya que los precios se han disparado en la zona de Albuquerque, al igual que en todo Estados Unidos.

Para responder a esta necesidad, Albuquerque ha desarrollado el programa “Rent to a Refugee” (Alquile a un refugiado), que ofrece capacitación a los propietarios locales, enseñándoles quiénes son las personas refugiadas, el apoyo temporal que reciben del gobierno de EE. UU. cuando llegan y cómo las agencias de reasentamiento locales están ahí para ayudar a gestionar el expediente de cada caso y la solicitud de vivienda para que los propietarios no tengan que resolver todo ellos mismos.

Las agencias de reasentamiento son socios importantes para la ciudad, ya que brindan servicios integrales y gestionan los casos de las personas refugiadas que llegan. Un socio, Lutheran Family Services (LFS), ha ayudado a 3.000 personas refugiadas a reasentarse en Nuevo México en los últimos 10 años. Además de las clases de idiomas, el alojamiento y la educación, LFS también ayuda a las personas refugiadas a encontrar trabajo y a formar parte de la mano de obra local. Su programa, “Road to Economic Freedom”, ha ayudado a las personas refugiadas a poner en marcha 75 nuevos negocios en Nuevo México, a más de 30 familias a comprar una vivienda y se ha asociado con más de 60 empleadores locales para ayudarles a satisfacer sus necesidades de mano de obra.

“Nuestra visión es que cada individuo y cada familia estén seguros, apoyados y prosperen como parte de una comunidad resiliente y floreciente”, señala Brian Brant, Vicepresidente Senior de Programas de Lutheran Family Services Rocky Mountains. “A través del trabajo que hacemos hemos tenido la alegría de celebrar los éxitos con las familias cuando empiezan a trabajar – convirtiéndose en docentes, enfermeros, farmacéuticos e ingenieros – ayudando a nuestra ciudad a crecer”.

A su llegada a Estados Unidos, la mayoría de las personas refugiadas reasentadas encuentran empleo en tres meses, aunque el acceso al idioma y la adaptación cultural a un nuevo país no son fáciles. Las necesidades críticas de mano de obra, como la enfermería, el personal de primeros auxilios, el comercio minorista y la educación, son algunos de los ámbitos en los que las personas refugiadas ayudan a cubrir las carencias locales.

Mohammed Munir llegó a Estados Unidos en octubre de 2017. En Afganistán, había trabajado como intérprete para el ejército estadounidense y, posteriormente, recibió una Visa de Inmigrante Especial (SIV, por sus siglas en inglés) que le permitió comenzar una nueva vida en Estados Unidos. Cuenta que sus primeros meses fueron de difícil adaptación. “Encontrar un trabajo al principio fue un poco difícil porque había estado enseñando en una universidad durante muchos años. Empecé a trabajar como cajero, lo que me ayudó a familiarizarme con la cultura estadounidense y me permitió mejorar mi inglés”, explica Munir.

Como educador experimentado, ahora trabaja para Lutheran Family Services Rocky Mountains como coordinador de educación, ayudando a otras personas refugiadas que llegan a Albuquerque.  De acuerdo con Munir, “es mi turno de usar mis conocimientos y experiencia para ayudar a otras personas”.

Mohammed Munir (el tercero de la izquierda) con sus colegas durante una visita a ACNUR en junio.

Mohammed Munir (el tercero de la izquierda) con sus colegas durante una visita a ACNUR en junio.  © ACNUR/Lindner

Las personas refugiadas son aquellas que se han visto forzadas a huir de sus hogares para escapar de la violencia o la persecución. Dejan todo atrás para construir una nueva vida y un nuevo hogar en un país nuevo y extraño. Ciudades como Albuquerque les dan una cálida bienvenida sabiendo que cuando se les da el apoyo que necesitan las personas recién llegadas pueden aportar beneficios duraderos a toda la comunidad que las acoge.

“Cuidar de las personas refugiadas es parte de la función de una ciudad”, afirma el Alcalde Keller, “aunque no es la elección de las personas refugiadas dejar su país natal, estamos contentos de que hayan venido a Albuquerque. Las personas refugiadas hacen que nuestra ciudad sea mejor”.