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Personas desplazadas internas en Colombia luchan por sobrevivir en la ciudad

Una pareja de mediana edad sentada frente a una casa de madera.
Historias

Personas desplazadas internas en Colombia luchan por sobrevivir en la ciudad

Permanecer en los pueblos tradicionales de la región colombiana del Chocó significa enfrentarse a la violencia derivada del conflicto armado del país, pero la vida en la ciudad trae nuevos problemas.
26 Julio 2023 Disponible también en:

Afranio Nama Forastero, fue jefe de su aldea en el Chocó pero ha tenido dificultades para encontrar un trabajo estable en Quibdó, en su casa con su esposa en el barrio marginado de Brisas del Pueblo.

Carlos Córdoba tenía 8 años cuando su idílica infancia llegó a un abrupto final.  

Era 1998 y vivía con sus padres y dos hermanos en una de las aldeas afrocolombianas que inundan las orillas de los ríos que atraviesan el Chocó, una remota región selvática de la costa pacífica colombiana que ha sido durante mucho tiempo un foco de violencia en medio de los más de 60 años de conflicto armado del país.

Cuando los combates entre los grupos rebeldes y el ejército colombiano se acercaron peligrosamente a la aldea ribereña de los Córdoba, la familia tomó la dolorosa decisión de dejarlo todo atrás. Al amparo de la oscuridad, se escabulleron y se refugiaron en un denso rincón de la selva. Al amanecer, lograron atravesar un tiroteo y llegar a la embarcación que los llevaría, junto con muchos de sus vecinos, a la principal ciudad del Chocó, Quibdó.

Cuando llegué a Quibdó, me di cuenta de lo que había perdido

Aunque estaban a salvo en la ciudad, la vida ahí no era nada fácil.

“Cuando llegué a Quibdó, me di cuenta de lo que había perdido”, recuerda Carlos, quien ahora tiene 32 años, y añade que en la ciudad ya no tenía la libertad ni la conexión íntima con la naturaleza que habían sido los pilares de su vida en el pueblo. También se atrasó en los estudios. La familia había huido sin documentos y tardaron dos años en inscribir a los niños en la escuela.

Pero para sus padres, la situación era aún más grave. En Quibdó, ya no tenían tierra para cultivar alimentos, ni podían simplemente bajar al río a echar una red para pescar la cena. Tampoco tenían los conocimientos necesarios para conseguir trabajo en la ciudad.

“Yo lloraba pues de angustia [de ver a] mis padres desesperados y que no tenían pues cómo subsistir a nosotros en el momento”, cuenta Carlos.

El callejón sin salida en el que se encontraba la familia Córdoba es típico de los habitantes del Chocó y de muchas otras zonas de Colombia, que tiene la segunda población más numerosa del mundo de personas desplazadas internas, después de Siria, con 6,8 millones. Permanecer en sus pueblos ancestrales significa vivir con el fantasma de la violencia siempre presente. Aunque el Gobierno colombiano firmó en 2016 un acuerdo de paz con la principal organización guerrillera, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el conflicto entre otros grupos guerrilleros y paramilitares continúa en el Chocó, así como en las cercanas regiones de Cauca y Nariño y en las regiones orientales de Arauca y Norte de Santander, en la frontera colombo-venezolana. Por otro lado, huir a la ciudad significa potencialmente hundirse en la miseria y el hambre que pueden durar años, o incluso décadas.

Adaptarse a vivir al margen

La decisión de huir también significa dejar un estilo de vida tradicional que se remonta a siglos atrás, cuando el Chocó se convirtió inicialmente en un refugio para indígenas y antiguos esclavos que escapaban de la persecución.  

Múltiples amenazas de muerte forzaron a Afranio Nama Forastero, un indígena embera de 53 años, a huir con su familia a Quibdó en 2014. Se instalaron en una choza de madera en Brisas del Poblado, un barrio a las afueras de la ciudad que fue construido a finales de la década de 1990 por personas desplazadas que no tenían a dónde ir.

Mientras que, en su país de origen, Afranio era el jefe de su aldea, en Quibdó ha tenido dificultades para encontrar un trabajo estable.

“Yo vivía en una comunidad y estaría bien, pero al desplazarme acá de esta manera, pues estamos pasando trabajo, pero ya nos adaptamos a la mala vida, porque si ya era, estaba la mala vida, que a veces usted sabe que uno sin plata, sin trabajo, a veces desayunamos, no almorzamos, dormimos así, a veces cenamos, no desayunamos nada”, comenta.

Pero lo más doloroso de los años de Afranio en Quibdó ha sido ver cómo sus hijos se alejaban de las tradiciones embera.

“Estamos perdiendo la identidad desde nosotros, como indígenas que somos, como embera que somos, se está perdiendo. Entonces eso es algo, algo doloroso que yo veo en esa parte. Por ejemplo, ya la mayor parte de nosotros los indígenas no hablamos la lengua embera, todo es el español”.

“Me duele mucho”, comenta con un suspiro.

Buscando crear nuevos lazos sociales dentro de sus comunidades, tanto Afranio como Carlos han recurrido al trabajo voluntario para enriquecer sus vidas y sus comunidades. Ambos son miembros de la Junta de Acción Comunal de Brisas del Poblado, que trata de romper el círculo de la desesperanza mediante proyectos comunitarios y actividades extraescolares para la juventud local.

El grupo, que recibe apoyo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, organiza entrenamientos de fútbol extraescolares y clases de baile para mantener a la niñez activa y comprometida. También colabora con los residentes locales para encabezar otros proyectos, c incluido un centro comunitario que aún está en fase de planificación, así como para apoyar a las familias con necesidades acuciantes.

ACNUR también trabaja para ayudar a sus residentes a conseguir los títulos de propiedad de sus viviendas, un paso clave para acceder a servicios esenciales como agua potable y electricidad. Con el tiempo, este proceso de legalización permitirá a los residentes de Brisas del Poblado ser propietarios de sus viviendas.

Carlos señala que es el recuerdo del desplazamiento de su propia infancia lo que le motiva a trabajar como voluntario en la Junta de Acción Comunal.

“Hubiera sido muy grato para mi registrarme en un programa como el que tenemos ahora”, afirma. “Veo que [a los niños] los saca un poco de lo que yo viví en mi momento, de esa nube de impotencia, de esa nube de desespero, de tristeza por haber llegado a un lugar donde era ajeno, por haber dejado todo”.