Refugiados Rohingyas y locales ayudan a los recién llegados en necesidad

En un campamento de refugiados en Bangladesh, quienes huyeron de Myanmar en la década de 1990 ofrecen alimento, albergue y ropa a los recién llegados en momentos de gran necesidad.

Un joven Rohingya carga a una familiar mayor en el camino lleno de lodo en el sitio Kutupalong, construido en terreno ubicado por el Gobierno de Bangladesh.  © ACNUR/Paula Bronstein

CAMPAMENTO DE REFUGIADOS KUTUPALONG, Bangladesh – Nashima Khatum se convirtió en refugiada en Bangladesh en 1992 a sus 10 años.

Ahora siendo madre, ella cocina grandes ollas de arroz en fuego de leña, para alimentar a los hambrientos refugiados Rohingyas que huyen de la violencia que estalló en Myanmar a finales de agosto.

Ayudada por otras cinco mujeres voluntarias, ella embolsa el arroz caliente para alimentar a entre 400 y 500 de los niños, mujeres y hombres más necesitados, que trastabillan para llegar al área en grupos de miles de personas bajo las lluvias de monzón.

"No tenemos dinero, podemos dar tiempo y trabajo."

"[A pesar de que] llegamos hace dos décadas . . . no podíamos solo quedarnos en casa, teníamos que hacer algo por estas personas nuevas. A pesar de que no tenemos dinero, podemos dar nuestro tiempo y nuestro trabajo para ayudar. Lo haremos por el tiempo que sea necesario", dijo ella.

Nasima es parte de un gran grupo de refugiados voluntarios, complementados por ciudadanos bangladesíes, movilizados a través de dos campamentos oficiales en el sureste de Bangladesh. Trabajando de cerca con los residentes locales y con ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ellos están tomando años de experiencia y conocimiento local para ayudar a dar respuesta a la emergencia de refugiados más grande que jamás haya visto la región.

"Ellos son el pilar de todo lo que hacemos, y ellos lo han estado haciendo desde el primer día, usando sus propios ahorros", dice Istiaque Ahmed, oficial asistente de protección del ACNUR en el campamento de refugiados Kutupalong, el cual se instaló en 1992, año en que Nasima llegó.

"Ellos recolectaban comida y arroz de puerta en puerta, después los preparaban en la cocina comunal . . . incluso antes de que la comunidad de donantes reaccionara", dijo él. "La escala del flujo no tiene precedentes, y ACNUR brindó excepcional apoyo financiero a las cocinas comunales que iniciaron los refugiados, en coordinación con las autoridades de los campamentos".

Mujeres Rohingya sirven platos de comida caliente en el campamento Kutupalong, donde los refugiados voluntarios apoyan a los recién llegados.  © ACNUR/Paula Bronstein

Al menos 420.000 personas han huido de Myanmar desde el 24 de agosto, la mayoría al sureste de Bangladesh, donde 387.000 viven en campamentos improvisados y sitios espontáneos, muchos a lo largo de los caminos.

Los recién llegados a menudo están empapados por la lluvia, adoloridos, agotados y debilitados después de caminar por una semana o más en terrenos accidentados, anchos arroyos y selvas. Conseguir ayuda para los más vulnerables es una carrera de vida y muerte contra el tiempo para los voluntarios que trabajan mano a mano con el ACNUR.

"Nos dirigimos a las personas que más lo necesitan, como las mujeres embarazadas que han perdido a sus maridos, ancianos y niños separados", dijo Mohamed Hassan, que llegó a Bangladesh en 1991 y creció en el campamento.

Basándose en su conocimiento de los laberintos, encuentra a los que están al borde del colapso en escuelas reutilizadas como albergues de emergencia, centros comunitarios o en el camino. Reciben cupones para una comida nutritiva gratis – típicamente arroz, calabazas, plátanos verdes o lentejas – que puede ser un salvavidas.

"Nosotros mismos hemos pasado por esto, así que sabemos qué es no comer ni siquiera una vez al día", agregó Mohamed, voluntario del grupo de apoyo masculino, uno de varios comités de voluntarios en Kutupalong y su campamento de refugiados hermano, Nayapara. "Estamos haciendo todo lo posible para ayudarles".

Un niño Rohingya se resguarda bajo una tienda improvisada en el campamento de Kutupalong. Voluntarios y trabajadores del ACNUR están luchando contra las lluvias torrenciales para construir albergues en terrenos asignados por el Gobierno de Bangladesh en el Bazar de Cox.  © ACNUR/Paula Bronstein

La ayuda de los voluntarios va más allá de la comida. En los últimos días, un miembro del comité de protección infantil del campamento, Dudu Mia, se encontró con los huérfanos Rohingya Samzida, de 17 años, y su hermana menor Yasmin, de 16 años, que lloraba fuera del centro comunitario.

Dudu los llevó directamente a la cabaña con techo de plástico de Mazuma Begum, una madre rohingya de cinco hijos, que también llegó a Bangladesh en 1992, a los 20 años. Mazuma limpió una habitación para las hermanas en la casa que mantiene impecablemente limpia y alegre, decorada con telas brillantes y flores artificiales.

Atacantes incendiaron la casa de las niñas en Myanmar, asesinaron a sus padres y los expulsaron en pánico ciego. Las hermanas sólo se encontraron de nuevo en la frontera de Bangladesh, y no saben lo que ha pasado con sus cinco hermanos. Paralizadas por el dolor, llevan expresiones en blanco y apenas hablan.

"Son chicas amables y gentiles y era mi responsabilidad darles albergue", dijo Mazuma, que las vistió con faldas y chales limpios, les cocina una vez al día y las cuida. Cerca del llanto, agregó: "Son huérfanas, no tienen padres . . . y podrían ser objeto de violencia sexual".

"Él me agarró, me bendijo y lloró."

ACNUR y sus socios están apoyando al gobierno mediante la movilización de un esfuerzo de ayuda masiva para proporcionar albergue, comida y otra asistencia a miles de personas en los dos campamentos oficiales, en los campamentos informales y asentamientos espontáneos que están más allá de ellos.

Las donaciones privadas, que van desde mosquiteros, camisetas, baldes, ollas y velas hasta arroz, lentejas, aceite vegetal y patatas, son recibidas por el encargado del campamento. Entre los voluntarios del campamento asegurándose de que llegan a los que más los necesitan, está Nur Kamal. Su metodología es simple.

"Ayer fuimos a la parte más lejana donde están llegando los recién refugiados, que nadie había alcanzado antes. Comenzamos a repartir las donaciones allí, caminando hacia el campamento principal", explicó Nur, de 35 años.

De todas las personas que él y su equipo de 30 hombres y mujeres voluntarios ayudaron, recuerda la reacción de una persona, un anciano sin una familia. "Había estado aquí por varios días sin ninguna ayuda . . . En el momento en que le dimos la comida y otros artículos, me agarró, me bendijo y lloró. Él dijo: "Tú eres el primero que vino aquí para ayudarme".

Nur cree que hay una lección para la comunidad internacional en las acciones de los refugiados en el campamento. "Incluso si no tienes nada, todavía puedes ayudar".

Su apoyo es urgentemente necesario para ayudar a los albergues de niños, mujeres y hombres en Bangladesh. Por favor done ahora.

Por Tim Gaynor