Un refugiado de República Centroafricana encuentra la "tierra prometida" en un campo de ACNUR

En el campamento de refugiados de Boyabo, Jean parece bastante relajado e incluso feliz, pero todavía está sufriendo por el asesinato de su madre y la paliza que sufrió.

El sol cae y un joven chapotea en el río Oubangui, en la aldea e Batanga, en la provincia de Equateur, en la República Democrática del Congo. La República Centroafricana puede verse a lo lejos.  © ACNUR/B.Sokol

CAMPO DE REFUGIADOS DE BOYABO, República Democrática del Congo, 8 de octubre de 2013 (ACNUR) – Jean, de 36 años, era pescador y dependía del río Oubangui para sobrevivir. Pero hoy lo mira desde el exilio y cuando lo ve piensa sólo en muerte y sufrimiento.

"No puedo cruzar el río [hacia la República Centroafricana, su lugar de origen] porque Seleka me está esperando al otro lado" dice, refiriéndose a la ex coalición rebelde que derribó al gobierno en marzo y asesinó a su madre y a muchos otros. Jean es una de las 40.000 personas que se han visto obligadas a huir de la continua violencia y han cruzado el río hacia las provincias de Orientale y Equateur, en la República Democrática del Congo.

Dice que un día intentó pescar desde Batanga, la orilla del río en Equateur donde se refugió en un principio junto a su mujer y sus dos hijos, pero allí le localizaron desde la otra orilla y le insultaron y golpearon.

Después de eso, dice, mirar a través del río Oubangui en dirección a la República Centroafricana le hace sentir miedo, aunque sabe que está más seguro ahora desde que se trasladó al campo de refugiados de ACNUR de Boyabo, más lejos del río.

Él denomina a Boyabo "la tierra prometida" y es más sencillo entenderlo cuando narra su historia. Como muchos otros, Jean se vio atrapado de repente por la rapidez del avance de la milicia Seleka y la toma de la capital, Bangui, el 24 de marzo.

La gente estaba tensa en su aldea, Batalino, pero él no sentía que su vida estuviera amenazada. Todo eso cambió el 31 de marzo cuando unos hombres armados llegaron a su casa poco después de la media noche después de que otros habitantes de la aldea les informaran de que su madre vendía aceite de palma y que era relativamente rica.

"Mi mujer y mis hijos estaban durmiendo en casa de mi suegra. Yo estaba solo con mi madre. Oímos que llamaban a la puerta y le dije a mi madre que no abriera", cuenta Jean al ACNUR, añadiendo que varios hombres con antorchas rompieron la puerta. "Vieron a mi madre en la cama. Le pidieron dinero. Como no tenía le rajaron la garganta. Yo estaba escondido bajo la cama y no me vieron", recuerda Jean entre sollozos.

Los asaltantes saquearon la humilde vivienda antes de marcharse. El aterrado pescador se quedó bajo la cama hasta el día siguiente, cuando encontró el cuerpo de su madre. "Ocho hombres tuvieron la valentía de ayudarme a enterrar a mi madre. Después del funeral encontré a mi mujer y mis hijos en el bosque y nos fuimos al puerto de Zinga", dice.

Pasaron la noche con el jefe de la localidad y cruzaron el río hacia Batanga al día siguiente. Pero este lugar todavía estaba demasiado cerca para Jean, que se ponía nervioso al ver a los combatientes Seleka al otro lado del río y temía que pudieran seguirlo por el río Oubangui.

En Boyabo, Jean parece relativamente calmado e incluso feliz, pero todavía está herido, psicológicamente por la muerte de su madre, y físicamente por la paliza que recibió. Él y su familia fueron trasladados al campo de ACNUR a mediados de agosto y rápidamente empezaron a hacer una vida lo más normal posible.

Cuando ACNUR les visitó, él estaba deseando retomar su vida, sin miedo. En un caluroso día de verano, Jean se mantiene ocupado cortando la hierba alrededor de su refugio. Espera que pronto le den algún terreno para empezar a cultivar verduras para la familia.

A mediodía se toma un descanso y pasa un rato con su mujer y sus hijos en la cocina comunitaria que tienen. Están rodeados de otras familias, cada una con sus propios recuerdos tristes y preguntándose si alguna vez su convulso país volverá a ser seguro para regresar.

Boyabo se abrió el pasado mes de junio en una ubicación donde era más fácil garantizar la protección y la seguridad de los refugiados que habían estado viviendo a lo largo [de la margen] del río. Ubicado a unos 20 kilómetros de Oubangui, actualmente ofrece refugio a más de 3.600 personas. ACNUR coordina el trabajo de siete socios en áreas como la salud y el saneamiento, la construcción de refugios, los servicios sociales y la distribución de alimentos y material no alimentario. Jean recibe estas ayudas pero, al igual que otros miles de refugiados que han llegado a la República Democrática del Congo, su futuro es incierto.

Silvestre Zawa, que ha sido trasladado a Boyabo desde Batanga con su familia, dice que trabajaba para la Sociedad de la Cruz Roja de República Centroafricana como técnico de agua y saneamiento cuando los combates llegaron a la capital. "Los grupos militares disparaban y mataban a la gente, nos desorientamos y corrimos en distintas direcciones", dice, añadiendo que se separó de su hija de siete años.

Gracias al programa de reunificación familia de la Cruz Roja congoleña, con el apoyo del Comité Internacional de Cruz Roja, se reunió con su hija un día antes de ser trasladado al campo de Boyabo.

Irónicamente, Silvestre solía ayudar a refugiados congoleños en un campo en Batalimo. Hoy le toca a él ser refugiado en la RDC y vivir en un campo, pero espera poder poner al servicio de otros refugiados en Boyayo sus conocimientos, garantizando el suministro de agua potable para ellos.

Tanto Silvestre como Jean temen que su estancia en la República Democrática del Congo sea larga. "No hay paz al otro lado del río y yo no quiero cruzar hasta que haya paz", dice Jean con firmeza.

Por Céline Schmitt en el campo de refugiados de Boyabo, República Democrática del Congo