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Refugiados en zonas urbanas: Vivir en la soledad

Historias

Refugiados en zonas urbanas: Vivir en la soledad

Jack seems close to giving up hope. The Sudanese refugee is stuck in a country where he can't speak the language and he can't get a decent job. [for translation]
22 Septiembre 2011 Disponible también en:
Los vendedores ambulantes esperan a los clientes en una abarrotada calle de la República Democrática del Congo. Para algunos refugiados es difícil vivir en la ciudad.

KINSHASA, República Democrática del Congo, 22 de septiembre (ACNUR) – Parece que Jack* va a perder todas las esperanzas que le quedaban. Este refugiado sudanés de 32 años está atrapado en un país donde no habla el idioma y no puede conseguir un empleo decente. Pero tampoco está preparado para regresar a Sudán del Sur, donde asesinaron a sus padres.

ACNUR localizó recientemente a Jack en las dependencias de ERUKIN (Equipe d'Encadrement de Refugies Urbains de Kinshasa), una organización no gubernamental respaldada por ACNUR que ayuda a los refugiados urbanos más vulnerables de la República Democrática del Congo. Jack había salido de casa, situada a las afueras de la capital, un día antes y se encontraba allí para pedir ayuda.

El dramático y arduo trayecto que trajo a Jack hasta Kinshasa empezó en Juba, la capital de Sudán del Sur, en 1989 cuando estalló la guerra civil entre el norte y sur del país y las autoridades de Jartum se vieron obligadas a reclutar soldados del sur para las fuerzas armadas.

"Abandonamos la escuela [y huimos]. La vida era dura", recuerda Jack. "Partí de Juba con dirección a Uganda", relató, añadiendo que las cosas fueron empeorando. Viajaban en grupo y tuvieron la mala suerte de encontrarse con uno de los grupos milicianos más temidos de África, el Ejército de Resistencia del Señor.

"Dispararon a algunos de nuestros amigos", contó, añadiendo que decidieron volver a Juba. Jack dijo que no tardaron mucho en detenerlo, acusado de pertenecer al grupo de los rebeldes y estuvo en prisión dos años. "Salí de prisión y llegué al Congo en 2003 . . . Tardé seis meses [en llegar a Kinshasa] a pie, coche y en barco".

Sin embargo, sus problemas no se solucionaron en la capital congolesa a pesar de que le otorgaron el estatus de refugiado en 2005. "Todavía estoy sufriendo", dijo. "Mi vida aquí es precaria. Estoy sin trabajo y sin dinero".

Parte del problema es el idioma, aunque también es cierto que la población congolesa está atravesando apuros económicos. Jack habla un poco de lingala, pero no francés que es el idioma principal que se habla en la capital.

Pero al igual que otros refugiados sudaneses, Jack no está preparado para regresar a casa a pesar de que Sudán del Sur fue declarado independiente el mes pasado. Tampoco quiere quedarse en Kinshasa. "La solución es dejar el Congo . . . Cuando ahorre un poco de dinero, partiré hacia otro lugar".

Habla de ir a un país angloparlante de África, pero parece que es un sueño imposible. Apenas saca lo justo para vivir, vendiendo bebidas de hierbas y bálsamos que carga en bolsas de plástico y reconoce que "este trabajo apenas me da de comer". Jack enumera sus cualidades como conductor y jardinero, pero se enfrenta a una gran competencia a la hora de encontrar trabajo.

Además, vive en las afueras de la capital, que se extiende kilómetros y kilómetros a lo largo de la orilla del sur del enorme país como es el Congo. Tuvo que salir un día antes de la incómoda casa que comparte con otros sudaneses para llegar hasta las oficinas de EURUKIN.

La experiencia de Jack no es típica de los más de 15.000 refugiados provenientes de nueve países que viven en Kinshasa, de los que el 70 por ciento son angoleños y tienen muchas cosas en común con los congoleños del oeste del país. Pero su experiencia deja entrever algunos de los problemas a los que se enfrentan los refugiados que viven en zonas urbanas en todo el continente africano.

Sin la asistencia de una organización como la modesta EURUKIN, la vida sería incluso más dura para todos aquellos que se encuentran arraigados y obligados a huir a otros países.

"Cuando estoy enfermo, puedo obtener tratamiento médico", apuntó Jack, al mismo tiempo que revelaba que se encontraba en estos momentos allí "para hablarles sobre mis condiciones [de vida]". En su última visita le habían dado una manta.

"No proporcionamos asistencia, pero la gente con problemas viene a vernos. Comprobamos y vemos si merecen ser ayudados", explicó Dieudonne Yenga Bamanga, la coordinadora de EURUKIN. La ONG, que se fundó en 2004, trata principalmente con problemas de alojamiento, educación y sanidad.

"También supervisamos a los refugiados", comentó Bamanga. "Visitamos a las personas vulnerables y a los niños que se encuentran solos". En los últimos años, EURUKIN ha redoblado los proyectos de generación de ingresos encaminados a hacer que los refugiados más vulnerables sean autosuficientes. Ha ayudado a algunas personas a establecerse como carpinteros, zapateros, sastres, costureros y pequeños comerciantes. "No es fácil para los refugiados trabajar porque muchos congoleños no tienen trabajo".

Es por ello por lo que el trabajo de EURUKIN y otras organizaciones suponen una gran ayuda para los refugiados urbanos, que se encontrarían totalmente a la deriva en las grandes ciudades si no contaran con esta asistencia. Jack, a pesar de su bajo estado de ánimo, es consciente de ello. Pero también está preocupado porque no puede estar dependiendo siempre de los demás. "La vida es difícil", reflexionaba, antes de concluir que "tienes que protegerte antes de que las cosas mejoren".

* Nombre ficticio por razones de protección

Por Leo Dobbs, en Kinshasa, República Democrática del Congo