Intervención ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas

Sr. Presidente,

El uno por ciento de la humanidad hoy vive en el exilio forzado.

En los últimos 10 años, el número de personas desplazadas por la fuerza se ha duplicado, a casi 80 millones de personas. Hemos informado sobre esto, como muchos de ustedes saben, en nuestro documento anual, Tendencias globales del desplazamiento forzado, publicado esta mañana en Ginebra. Así que este momento de reunirme con ustedes es muy oportuno, y quiero agradecer a Francia, y a todos ustedes, por invitarme.

Estas tendencias globales representan, en cierto modo, el impacto humano de una década de crisis con las que ustedes están muy familiarizados: guerras, violencia en sus diversas formas, persecución y discriminación contra personas y grupos, y países en los que prevalece el colapso social. Todo esto, como saben muy bien, se ve acelerado por la mala gobernanza, por la emergencia climática, por la desigualdad y la exclusión imperantes.

Estas tendencias muestran de alguna manera cómo, en el momento en que falla el liderazgo, cuando el multilateralismo, que ustedes representan, no cumple con su promesa, las consecuencias no se sienten en las capitales globales de nuestro mundo; ni en los hogares de los poderosos ni de los ricos. Se sienten en las periferias de las naciones, en las comunidades fronterizas, entre los pobres urbanos, en las vidas de aquellas personas que no tienen poder.

Y entre ellas están las personas refugiadas y desplazadas, cuya historia se cuenta muy a menudo solo en números y estadísticas; que aparecen en los periódicos y en nuestras redes sociales solo de manera instrumental en debates políticos; o, francamente, señor Presidente, como parte de las grotescas disputas internacionales sobre quién puede hacerlos retroceder o alejarlos más y más. Y ahora para ellos, estos 79,5 millones de personas, la COVID-19 también tiene un impacto, al que me referiré en el curso de mi presentación.

Para las personas refugiadas, para las personas desplazadas, pero a menudo también para las comunidades de acogida, la COVID-19 ha expuesto aún más sus vulnerabilidades. Se ha debilitado, aún más, su capacidad para hacer frente a las situaciones difíciles. Y desafortunadamente, con frecuencia ha eliminado la esperanza restante que tenían de un futuro mejor. Pero esta cifra que he mencionado, y el impacto de la COVID en general, también resultan preocupantes de otras maneras. Son síntomas de amenazas graves que están tomando forma; porque si se descuidan las consecuencias de las crisis que afectan a las personas más marginalizadas, volverán y nos afectarán a todos, como lo ha demostrado la COVID.

Nosotros en ACNUR, en la ONU y en la comunidad humanitaria seguiremos haciendo nuestra parte. Y el trabajo que hemos hecho con todos ustedes y otros Estados miembros para establecer un Pacto Mundial sobre los Refugiados, y el año pasado para organizar un Foro Mundial sobre los Refugiados, ha sido invaluable y especialmente evidente en este momento de crisis. Sin embargo, seguimos necesitando su liderazgo y su acción concertada.

Podría llamar su atención sobre muchas cosas, pero me centraré en tres áreas de preocupación, con algunos ejemplos concretos.

En primer lugar, esta preocupación: el número de personas desplazadas a finales de 2019, como lo anunciamos esta mañana, ha aumentado desde el año 2012. El 2011 fue el último año en que esta cifra bajó; desde entonces, ha venido aumentado año tras año. ¿Cómo detener eso? Esta es la pregunta más importante y más difícil, ya que la pandemia ahora se está convirtiendo en un multiplicador de riesgos aún mayor, al interactuar con los factores que impulsan las crisis actuales.

Tomemos, por ejemplo, la región que quizás me preocupa más en este momento: la región del Sahel en África occidental. Por supuesto está Níger, un país muy afectado por esta crisis. Esta es una de las principales regiones en términos de impulsar las cifras del desplazamiento hacia arriba, al menos en los últimos años. Y es, como todos saben, el escenario de una de las crisis regionales más complejas, cuyas características están empeorando. Conocí a muchos de ustedes en febrero, en mi última visita a Nueva York, cuando acababa de regresar de una gira por Burkina Faso, Níger y Mauritania, y los indicadores han empeorado desde entonces.

El impacto del cambio climático ha sido muy devastador en la región. Ustedes han escuchado a mi colega, David Beasley, del Programa Mundial de Alimentos, sobre cómo la inseguridad alimentaria está creciendo y representa un riesgo para más de 5 millones de personas en la subregión. Más de 3.600 escuelas han sido destruidas o cerradas debido a la violencia, y ahora, la COVID ha puesto a todo el sistema educativo en confinamiento.

Todo esto se convierte en terreno fértil para el reclutamiento forzado de jóvenes por parte de grupos armados. Y además, los medios de vida se están diezmando progresivamente. La cohesión social entre grupos, como me dijo varias veces el presidente de Burkina Faso, se ha visto afectada, incluso allí donde existía y era relativamente fuerte. La autoridad estatal se ha debilitado progresivamente, y la confianza en esa autoridad por parte de la población se ha erosionado, por un lado, a medida que los grupos armados difunden información falsa y sustituyen al Estado como proveedores de servicios; por otro, porque estos mismos grupos atacan a civiles sin piedad, incluso en los campamentos de refugiados, lo que provoca reacciones de seguridad que también afectan a las poblaciones civiles, incluso a través de ejecuciones extrajudiciales. Todo esto se ha convertido en una espiral muy, muy peligrosa.

Ustedes, miembros del Consejo de Seguridad, visitaron la región en marzo del año pasado. Desde entonces, para darles un solo indicador, el número de personas desplazadas internas en Burkina Faso ha aumentado ocho veces. Mientras hablamos en estos momentos, hay casi un millón de personas desplazadas internas. Y Níger y Malí también están muy afectados. Las organizaciones humanitarias están tratando de desempeñar su papel para apoyar a los Estados. También tenemos un diálogo muy valioso con los actores del desarrollo, las instituciones financieras internacionales y las agencias bilaterales de desarrollo de algunos de sus países, e intervenciones muy concretas. Recientemente, el Banco Africano de Desarrollo ha iniciado un proyecto muy interesante para ayudar a responder a COVID en las poblaciones desplazadas.

Pero, francamente, necesitamos una implementación mucho más estratégica de la ayuda al desarrollo que aborde las causas profundas además de la seguridad, y que tenga en cuenta el creciente elemento del desplazamiento de la crisis. Las respuestas de seguridad que han sido el foco y están en el centro de sus propias discusiones, también deben proteger a la población civil y permitir el acceso humanitario. Debe haber un esfuerzo más personalizado y concertado para ayudar a los Estados a construir o reconstruir la cohesión social entre los diferentes grupos.

Siempre digo que el Sahel es la tierra de las estrategias. El problema no es la falta de estrategias; el problema es que hay demasiadas estrategias, con muy poca coordinación entre sus aspectos de seguridad, humanitarios, de desarrollo y de derechos humanos. Por lo tanto, deseo hacer un llamado a la acción muy fuerte en este sentido. De lo contrario, me preocupa que la crisis pueda extenderse a las áreas vecinas. Y nosotros, al tratar con personas en movimiento, observamos esto de primera mano. Estamos preocupados por la propagación a los Estados costeros de África occidental, al sur del Sahel. Estamos muy preocupados por la proximidad a la cuenca del lago Chad, donde la crisis alimentada por las acciones de Boko Haram ha empeorado en los últimos días, y también hemos visto ataques en Nigeria. Y también nos preocupa, por supuesto, la proximidad en el norte del conflicto libio.

La pandemia del nuevo coronavirus también está afectando la dinámica de los flujos de población en la región. Vimos una reducción de esos flujos en la fase inicial de la pandemia, pero están creciendo de nuevo, entre países de la región y también hacia el norte global. No se engañen: las fronteras pueden estar más cerradas ahora debido a las respuestas frente al coronavirus, pero esto no impedirá que las personas se muevan. Los tratantes son muy astutos y se adaptarán a las circunstancias y harán nuevos ofrecimientos. La única diferencia será que para las personas que se embarcan en esos viajes, viajar será aún más peligroso.

Libia sigue siendo el escenario de flujos mixtos complejos, también afectados por el conflicto nacional. Todos ustedes están familiarizados con la evolución de la situación militar de las últimas 2-3 semanas en el país, que, por cierto, ha creado un desplazamiento interno adicional. Queda por ver si el nuevo equilibrio de poder entre las diferentes partes será más propicio para la estabilidad. Yo espero que sí.

Lo que sí sé es que debemos seguir centrándonos en la situación de la población civil libia y de las personas refugiadas y migrantes. La detención ha disminuido, al menos en los centros donde tenemos acceso. Estimamos que el número de personas migrantes y refugiadas detenidas ha pasado de 5.000 a aproximadamente 1.500. Pero para todas ellas, incluso aquellas personas que hemos logrado sacar de los centros, la vida sigue siendo muy arriesgada, agravada por las restricciones impuestas por la pandemia. Y las salidas por mar hacia Europa, que habían disminuido, están repuntando de nuevo, desafortunadamente, en las últimas semanas.

Solo puedo repetir los llamamientos que les he hecho antes. Aprovechar el proceso de paz de Berlín. Aspirar a un cese al fuego permanente, al menos, si no a la paz. Y mientras tanto, debemos redoblar los esfuerzos para evitar cualquier represalia y castigo colectivo contra las poblaciones civiles, que son muy peligrosos. Y sigamos intentando crear un espacio para mitigar los abusos contra personas refugiadas y migrantes, poner fin a la detención arbitraria y, lo que es más importante, poner fin a la impunidad de los tratantes y traficantes de seres humanos.

Mi segundo punto es sobre la protección. Hace unos días, mi colega y amigo Peter Maurer, Presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, les habló sobre cómo COVID también ha sido una crisis de protección. No podría estar más de acuerdo con él.

COVID ha detenido muchas cosas, pero no parece haber detenido la guerra. A pesar del llamado del Secretario General a un cese al fuego mundial, los conflictos han seguido creciendo.

De la cifra de 79,5 millones de personas desplazadas por la fuerza, 46 millones son desplazadas internas; personas refugiadas en sus propios países. El desplazamiento interno es un síntoma de conflicto, y desde que comenzó la pandemia, desde ese llamado a un cese al fuego mundial, ha habido nuevos desplazamientos internos en 19 países. En dos meses, hemos visto un crecimiento de 700.000 personas desplazadas internas a nivel mundial.

No mencionaré todas las crisis, pero recordemos la de Yemen, a menudo discutida por ustedes por supuesto, y también las crisis nuevas y en crecimiento, como en el norte de Mozambique. Vienen con las características habituales: una gran inseguridad, ataques a las personas trabajadoras humanitarias, restricciones de movimiento y, desde la perspectiva de la población desplazada interna, un acceso mucho más difícil a protección, ayuda y apoyo.

Mientras tanto, por supuesto, los flujos de refugiados también continúan, en un contexto donde el acceso al asilo se está volviendo más difícil. En este momento, el 75 por ciento de todos los Estados en el mundo han cerrado total o parcialmente sus fronteras. Quisiera agradecer a aquellos de ustedes, y a otros Estados, que han continuado, a pesar de esto, a admitir personas solicitantes de asilo y refugiadas. Níger, por ejemplo, mantuvo sus puertas abiertas para las personas que huían del noroeste de Nigeria, y muchos otros Estados han establecido mecanismos prácticos, como cuarentena, detección y documentación para las personas que buscan cruzar las fronteras durante la pandemia. Pero recuerden que en el caso de casi dos tercios de los Estados, no ha habido excepciones a las restricciones, incluso para las personas solicitantes de asilo.

Me gustaría recordar otra estadística importante a este respecto. A pesar de toda la retórica política, el 85 por ciento de las personas refugiadas continúan estando en los países en desarrollo, en los países pobres o de ingresos medios. El setenta y tres por ciento de las personas refugiadas han encontrado acogida no muy lejos, sino en un país próximo al suyo.

Pero debemos recordar que, a pesar de este desequilibrio, la protección internacional es una responsabilidad mundial, basada en el principio fundamental de la responsabilidad compartida. Y las tendencias negativas en términos de protección de refugiados, en Europa, América del Norte, en la región de Asia y el Pacífico, están poniendo en peligro el derecho de asilo, ahora amenazado por la pandemia.

Mientras tanto, en los principales países de acogida en África, Asia, Medio Oriente y América Latina, las presiones están aumentando. Y si analizan las respuestas a la pandemia del coronavirus en relación con los movimientos de refugiados, hay aspectos interesantes.

Al comienzo de la pandemia, pedimos a los Estados que incluyeran a las personas refugiadas en sus respuestas. En el sector de la salud, esto lo realizó la mayoría de los Estados. Todos entendieron que era importante incluirlas, porque si excluimos a alguien, el riesgo se extiende a toda la población. Y muchas de las mismas personas refugiadas contribuyeron a esta respuesta, incluso en Europa y América del Norte.

Es mucho más difícil, de acuerdo con mi análisis, lograr esa inclusión en las respuestas que los Estados están implementando para contrarrestar el impacto social y económico de la COVID. Esto es más complicado desde una perspectiva económica y política, aunque, por supuesto, las personas refugiadas y desplazadas se encuentran entre las más afectadas por la COVID en este sentido, ya que dependen en gran medida de las economías informales que están gravemente limitadas por los confinamientos. Y en algunos países, esta situación se ve agravada por un aumento de la estigmatización, la búsqueda de chivos expiatorios e incluso la xenofobia respecto a las personas refugiadas y migrantes vulnerables.

Tomemos la situación de Venezuela, por ejemplo, una de las situaciones más dramáticas de los últimos años. Más de 5 millones de personas han abandonado el país, 4,5 millones de las cuales se han mudado a otros lugares de la región, a 17 Estados en América Latina. El ochenta por ciento de estos 4,5 millones depende de la economía informal, y desde los confinamientos en estos países, estas personas han entrado en una espiral de deuda, de indigencia, a menudo de desalojos. Decenas de miles de ellas, por falta de estabilidad, falta de medios, de medios de vida, están optando por regresar a Venezuela, en una situación muy complicada, incluso desde el punto de vista de la salud.

Es por eso que quiero apelar a que redoblemos los esfuerzos para apoyar a los países que acogen a la población venezolana. Hace unos días, la UE y España presidieron una conferencia de compromisos, que tuvo bastante éxito. Es importante que esos compromisos se realicen ahora. La asistencia humanitaria también es clave, por cierto, para aquellas personas que optan por regresar a Venezuela. También es muy importante que las instituciones financieras internacionales y los socios del desarrollo desempeñen su papel para apoyar a los países de acogida, esperando, por supuesto, una solución política pacífica de la crisis de Venezuela que permita que estas tensiones disminuyan.

También me gustaría referirme a Siria, una situación con la que ustedes están muy familiarizados. Ya durante la pandemia, hemos entrado en el décimo año de esta crisis, en un país devastado por la guerra; una guerra, sin embargo, cuya geografía y dinámica han evolucionado considerablemente. El conflicto armado dentro de Siria ha disminuido en gran medida, aunque todavía está presente en algunos lugares y sigue siendo, como ustedes saben, especialmente grave en el noroeste, en Idlib.

A principios de año, un millón de civiles fueron desplazados en esa zona. El veinticinco por ciento ha podido regresar a casa gracias al cese al fuego que se ha mantenido. La cifra sigue siendo muy alta, pero ha disminuido. Y aquí me gustaría presentarles mi primer llamamiento: utilizar toda la influencia que puedan reunir para mantener el cese al fuego y, por supuesto, continuar trabajando hacia una solución pacífica de la crisis.

Pero, como ustedes saben, siempre tendemos a mirar a Siria a través del prisma de estos aspectos graves de la crisis. Es importante analizarlo de manera más amplia, también desde la perspectiva de la misma población siria, incluidos los 5,5 millones de personas refugiadas que aún viven en los países vecinos. ¿Qué les depara el futuro? Me temo que si lo miran a través de su prisma, desde su ángulo, parece un legado muy devastador de una crisis prolongada (como es evidente si visitan Siria), ahora exacerbado por una situación económica extrema, agravada por las consecuencias de los confinamientos pandémicos y otros destrucciones generalizadas.

La mayoría de las personas refugiadas de la región continúan diciéndonos que quieren regresar a casa. También, por supuesto, continúan manifestando sus preocupaciones: seguridad, derechos, acceso a la educación y al trabajo, lo que impide que algunas personas tomen esa decisión. Por lo tanto, es muy importante, y seguiremos haciéndolo, trabajar con el Gobierno de Siria en medidas concretas para eliminar esos obstáculos y generar la confianza de las personas para que puedan regresar.

Pero quiero ser sincero con ustedes. La búsqueda de soluciones para las personas más afectadas, en particular el retorno de las personas refugiadas y desplazadas sigue siendo difícil, porque las tensiones políticas en la región y las tensiones políticas internacionales, con las que ustedes están muy familiarizados, son muy fuertes. Así que mi llamamiento más importante el día de hoy es, de hecho, despolitizar los asuntos humanitarios, incluidos los relacionados con las personas refugiadas y su regreso, siempre que sea posible.

Realmente necesitamos que ustedes, el Consejo de Seguridad, trabajen en una postura internacional que permita, finalmente, que surjan las soluciones a este conflicto; eso crea espacio para que las comunidades se recuperen realmente, algo que con frecuencia tendemos a olvidar.

Mientras tanto, también me preocupa la situación en la región en general. Alrededor de Siria, varios países han sido muy generosos al acoger, y aún acogen, a millones de personas refugiadas. Han ayudado a salvar millones de vidas. Han salvado a toda una generación de niñas y niños sirios. Sin embargo, ahora hay una profunda recesión económica, causada por los confinamientos y por la COVID, que corre el riesgo de crear pobreza que eliminará los logros alcanzados en los últimos años.

En el Líbano, el 70 por ciento de los hogares de refugiados han perdido el acceso a los medios de vida, debido a la naturaleza del trabajo en el que estaban involucrados. Y esto se suma, desde luego, a la fragilidad general del país, con la que ustedes están familiarizados.

La situación también es difícil en Jordania y en Turquía. En unos días, se llevará a cabo la conferencia de Bruselas IV, una conferencia de ayuda presidida por la UE y la ONU. Es una oportunidad importante para garantizar que el progreso que hemos logrado con las soluciones pendientes no se revierta, para aumentar el apoyo a los países de acogida que tanto se necesita en este momento y para enviar una señal muy fuerte de la comunidad internacional.

También debemos continuar apoyando el derecho al retorno de las personas que desean regresar a su país, sin embargo, en cuanto a la población venezolana, se debe garantizar que estos retornos no sean impulsados por la desesperación o la falta de opciones, sino que se hagan como una elección deliberada, informada y sostenible.

El último punto que quiero mencionar, que es consecuencia de los otros dos, es la necesidad de no renunciar a las soluciones. Dos tercios de las personas refugiadas y las personas que cruzan las fronteras provienen de solo cinco países: Siria, Venezuela, Afganistán, Sudán del Sur y Myanmar. Por lo tanto, si pudiéramos avanzar en soluciones en solo uno de estos cinco países, esto transformaría automáticamente la vida de millones de personas.

Vean el caso de Sudán y Sudán del Sur, dos situaciones superpuestas y entrecruzadas durante décadas. Entre los dos, estos países representan el 10 por ciento de las personas refugiadas y desplazadas internas del mundo. Pero sí tenemos algunas oportunidades allí. Es alentador que las discusiones de paz de Darfur continúen, por ejemplo; y que hay, aunque sea hacia atrás y adelante, ustedes lo saben muy bien, un progreso en el proceso de paz de Sudán del Sur, incluidos los anuncios que observamos ayer. Pero ambos procesos son muy frágiles y necesitan apoyo, de hecho, un apoyo enérgico, en términos de, por ejemplo, cómo la comunidad internacional ayudará a Sudán en su camino hacia la recuperación, porque los retrocesos son muy posibles. Y aquí la pandemia, como en todas partes, está complicando los desafíos.

Mi última visita antes de los cierres fue a Jartum, en marzo. Me impresionó cómo el Gobierno se esforzaba por superar el legado profundamente dañino que había heredado. Y a pesar de los difíciles desafíos económicos y de otro tipo presentes en el país, me llamó la atención su compromiso con las importantes discusiones que estábamos teniendo y que seguimos teniendo. En el ámbito humanitario, estos incluyen cuestiones de seguridad alimentaria, por ejemplo, y también la resolución de desplazamientos internos y externos, áreas en las que el ACNUR está muy involucrado y en las que la ONU está invirtiendo recursos.

Es vital que estas inversiones continúen, y también que sigamos involucrando a la Unión Africana y la IGAD en la búsqueda de soluciones al desplazamiento en los dos países, y mantener el impulso, incluso si el futuro cercano probablemente presente algunos momentos muy difíciles.

La última situación práctica y operacional que quiero mencionar en relación con las soluciones, y puede parecer contradictoria, pero no lo es, es Myanmar. Ustedes conocen muy bien esta situación y me he presentado muchas veces ante ustedes para discutir este asunto.

Todavía hay casi un millón de rohingya en Bangladesh. Aquí quiero felicitar a Bangladesh, incluso por haber dirigido una respuesta muy significativa a la pandemia. Hasta ahora, hemos logrado limitar la pandemia en uno de los lugares más superpoblados y con menos recursos del mundo. Esto fue realmente gracias al liderazgo de Bangladesh, pero seguirá necesitando apoyo.

Lo que me preocupa es que entre las personas refugiadas, existe una sensación cada vez mayor de que las soluciones no están llegando; que las soluciones, especialmente en términos de regresar a Myanmar, siguen siendo difíciles de alcanzar. Vemos esta desesperación y estamos multiplicando nuestros programas de salud mental, porque las personas se encuentran realmente muy desesperadas. También vemos esto traducido en salidas cada vez mayores en barcos hacia el Sudeste Asiático. Esto es extremadamente peligroso para las personas y también es un tema muy complicado de tratar a nivel regional, aunque estamos trabajando con los Estados para hacerlo.

Mi punto aquí es que necesitamos mantener el enfoque en las soluciones. Los grandes problemas persisten; no debemos hacernos ilusiones: la apatridia y el acceso a los derechos por parte de la comunidad rohingya en Myanmar. Y ahora, se complica por el conflicto cada vez mayor causado por el Ejército de Arakán. Pero yo creo, y también se los he dicho muchas veces, que tenemos que seguir trabajando en pasos concretos.

Hemos hecho algunas propuestas muy concretas al Gobierno de Myanmar para avanzar. Hemos propuesto intensificar los contactos entre las autoridades de Myanmar y las comunidades de refugiados. Hemos propuesto vincular los pequeños proyectos de desarrollo que la ONU está ejecutando en el estado de Rakhine, con un espacio cada vez mayor, con la comunidad de refugiados, para ser más estratégicos y crear más opciones de soluciones. Alentamos al Gobierno de Myanmar a avanzar en áreas que son muy importantes para las personas refugiadas: la libertad de movimiento; la ciudadanía (al menos en un proceso gradual) y soluciones para personas desplazadas internas.

Entonces, mi mensaje para ustedes es que estamos agradecidos por su atención. Por favor continúen concentrándose en estos temas y ayúdennos a avanzar en estos pasos. Pueden parecer pequeños pasos, pero es solo a través de pequeños pasos que nos moveremos positivamente hacia una solución. Esto es lo que nos dicen las personas refugiadas, y creo que es muy importante, incluso en Myanmar; donde, a diferencia de Sudán y Sudán del Sur, las señales son menos evidentes; no rendirse y no ceder ante una narrativa de lo imposible.

Permítame concluir, señor presidente, con algunas reflexiones, aún sobre estas grandes tendencias de desplazamiento en ascenso que he mencionado al principio. Estas reflejan, realmente, y es triste decirlo, pero seré franco con ustedes, las divisiones que están mucho más allá del escenario de los conflictos armados que causan este desplazamiento.

Lo vemos todos los días en nuestras operaciones en el terreno. Vemos el impacto de las rivalidades regionales e internacionales. Vemos, ­–discúlpenme si sueno muy directo aquí–, vemos las consecuencias de tanta hipocresía e indiferencia, que desafortunadamente, trágicamente, se producen en la vida de aquellos que están desarraigados y traumatizados.

Por favor, hagan eco y seguimiento del llamado al alto al fuego del Secretario General. Usen su liderazgo e influencia, las herramientas y recursos que tienen a su disposición, para buscar y ampliar el espacio para las soluciones.

Usted sabe, señor presidente, nosotros, los humanitarios, seguimos sus debates con mucha ansiedad y muy de cerca. Nos preocupamos por sus divisiones. Por cierto, no somos ingenuos. Por muchos años de experiencia, comprendemos muy bien la complejidad de la política internacional.

Pero nosotros esperamos de ustedes, el mundo espera de ustedes, unidad, al menos donde la humanidad está más herida y pisoteada.

Esperamos de ustedes, el mundo espera de ustedes, mensajes decisivos, claros y unánimes para poner fin a los conflictos y buscar caminos para la paz.

Resolver el desplazamiento forzado no es solo un imperativo moral o humanitario.

Se trata de áreas que están en el centro de su mandato, el del Consejo de Seguridad.

Áreas que son su mandato, que son críticas para la estabilidad regional e internacional, para la estabilidad de la economía internacional.

Áreas que son cruciales para lograr justicia en un mundo que anhela la reconciliación y para garantizar que nadie se quede atrás.

Gracias, señor presidente.