Discapacidad no significa inutilidad: Un refugiado se convierte en empresario horas después de huir

A pesar de su discapacidad, Adam no es un hombre que pueda permanecer inactivo. Solo unos días después de que huyera de la RDC, había montado un taller de reparaciones en Uganda.

Un cliente mira mientras Adam Mugisho repara su radio en el Centro de Tránsito de Bubukwanga.  © ACNUR/K.McKinsey

CENTRO DE TRÁNSITO DE BUBUKWANGA, Uganda, 31 julio de 2013 (ACNUR) – Adam Mugisho no es un hombre que pueda permanecer inactivo. Solo unos días después de que él y decenas de miles de otros civiles huyeran de la República Democrática del Congo, había montado un taller bajo un gran árbol nada más cruzar a territorio de Uganda, donde reparaba los teléfonos móviles y radios que sus compañeros refugiados se habían llevado con ellos.

Nunca desanimado por el hecho de estar paralizado de las piernas como consecuencia de la polio cuando era pequeño, se dedicó a reparar zapatos, sin ningún estimulo por parte de sus padres. "Simplemente yo me animaba a mí mismo", dice desde la rudimentaria silla de ruedas con la que se puso a salvo en Uganda. "Me di cuenta que me encontraba sentado allí sin hacer nada y que no puedo vivir así". Hace cinco años, a la edad de 30, amplió sus conocimientos al persuadir a un amigo para que le enseñase el arte y la ciencia de las reparaciones electrónicas.

No busca ni acepta excusas. Interrumpe un torrente de Kiswahili para recitar su lema en inglés: "Discapacidad no significa inutilidad".

Tan pronto como llegó a este centro de tránsito, a más de 25 kilómetros de la frontera con la RDC, él fue el primer refugiado en montar un taller. Gana dinero como complemento a las comidas suministradas a todos los refugiados por la agencia de la ONU para los refugiados y sus socios.

Se le encuentra debajo de un árbol, con su soldador calentándose en una base de carbón, aplicando su magia a decrépitos teléfonos móviles y radios que constituyen una cuerda de salvamento vital para los casi 17.000 refugiados que hay aquí.

Dice que esto le proporciona entre 5.000 y 6.000 chelines ugandeses por día (US$2 a US$2,34), una cantidad respetable incluso para un ugandés en esta remota área montañosa donde el paro es alto. Uganda permite que los refugiados trabajen, labren la tierra y ejerzan unos derechos similares a los de los ciudadanos ugandeses.

"Mi radio solamente la sabe arreglar Mugisho", dice satisfecho el cliente Taban Taibu, de 43 años de edad, un compañero refugiado que ya conocía al técnico al otro lado de la frontera en la provincia de Kivu Norte, en la RDC. "Mugisho sabe arreglar las cosas. No sé si estos ugandeses sabrían arreglar mi radio".

Mugisho es uno de los 286 refugiados que viven con discapacidad en el centro de tránsito, y dice que no lo tienen fácil. "Los que nos arrastramos usando las manos – en vez de construir un aseo especial para nosotros – tengo que ir a ese aseo [normal]", se queja. "¿Así que piensa que no podemos contraer enfermedades aquí?"

La trabajadora de Servicios Comunitarios de ACNUR, Fuji Kawata, está de acuerdo en que en esta situación de urgencia, "la accesibilidad a los servicios es un autentico problema". Ella dice que "tenemos que reconocer y apoyar a aquellos con necesidades específicas para que tengan el mismo acceso a los servicios que los demás miembros de la comunidad".

Para estar seguros de que eso se lleve a cabo, los voluntarios de la Sociedad de la Cruz Roja de Uganda van tienda por tienda para encontrar gente con necesidades especiales y "conocer cuántos hay y donde se alojan, así podemos ayudarles mejor", añade Kawata.

Ya sólo el llegar hasta aquí fue un gran logro para Mudisho. "Lo que me ayudó fue mi bicicleta", dice, refiriéndose a su silla de ruedas de metal. "Es lo que me ayudó a huir". Eso significó una suerte para él en comparación a otros sin movilidad.

Michael Sande, que huyó a Uganda para escapar de una ola de violencia previa en Kivu Norte, tiene las piernas gravemente dañadas y sólo puede arrastrarse. El recuerda que cuando los rebeldes vinieron – hacia 2004 o 2005 – su padre le dijo que se las arreglase solo para salvar la vida.

Habiéndose marchado toda su familia, Sande se arrastró hasta unos arbustos y esperó que la incursión de los rebeldes amainase. Cuando volvió a su casa, encontró el cuerpo decapitado de su padre. Una vez que sus hermanos y vecinos hubiesen enterrado a su padre, la joven esposa de Sande volvió para llevarle a él y a su bebe a lugar seguro en Uganda.

"Ella me colocó a su espalda y al pequeño bebé en el pecho, y ella anduvo hasta este sitio", él recuerda. Les llevó cuatro días recorrer el camino porque ella tenía que pararse a descansar con frecuencia. Cuando se le pregunta qué le impulsó a cargar con su marido, Felisa Kavanako dice simplemente: "le quiero".

Desde que llegaron a Uganda han tenido cinco hijos más y ahora viven en una pequeña casa de bambú y barro proporcionada por el Estado ugandés. Irónicamente, está ahora justo en el centro del terreno asignado para el nuevo centro de tránsito.

Mientras tanto, cuando Mugisho retorna a su negocio de reparaciones, habla acerca de lo que los refugiados pueden contribuir a los países de acogida. Si construyen casas o emprenden negocios, dice, "eso es desarrollo. ¿Piensas que cuando [un refugiado] se marcha, se va a llevar esa casa con él al Congo?"

El está convencido de que su propio futuro – cualquiera que sea – será brillante debido a sus habilidades. Él hace un apasionado alegato para la enseñanza de la cultura y las diferentes aptitudes. "Lo que quiero decir a la gente es: si no fuiste a la escuela, por favor trata al máximo de trabajar con las manos. El tener tu propia destreza es igual que llevar dinero encima", dice. "A cualquier sitio donde vayas, te instalas y obtendrás dinero".

Por Kitty McKinsey en el Centro de Tránsito de Bubukwanga, Uganda

Gracias al Voluntario en Línea Carlos Martínez de Banos por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.