Premio Nansen: Editorial de Khaled Hosseini, Embajador de Buena Voluntad del ACNUR

Como a millones de personas en el mundo, me han conmovido las recientes muestras de repudio y los actos espontáneos de solidaridad hacia los refugiados en Europa.

Khaled Hosseini, Embajador de Buena Voluntad del ACNUR en el campamento de Azraq para refugiados sirios en Jordania.

Khaled Hosseini, Embajador de Buena Voluntad del ACNUR en el campamento de Azraq para refugiados sirios en Jordania.  © ACNUR/J. Matas

GINEBRA, 02 de octubre de 2015 (ACNUR) – Como a millones de personas en el mundo, me han conmovido las recientes muestras de repudio y los actos espontáneos de solidaridad hacia los refugiados en Europa. Ha sido fascinante observar estas manifestaciones y al mismo tiempo muy alentador. Como embajador de Buena Voluntad del ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados, me ha emocionado el apoyo a los esfuerzos de la organización en Europa, donde el ACNUR ha entregado tiendas de campaña, frazadas, comida y otros artículos esenciales que las familias refugiadas necesitan con desesperación en este periodo de emergencia.

Pero ¿qué sigue? ¿Qué sucederá cuándo las dramáticas imágenes desaparezcan de nuestras pantallas de televisión?

No deberían desaparecer también de nuestras conciencias colectivas. A pesar del desafío que ha representado esta emergencia inicial para todas las partes involucradas, es ahora que comienza realmente el trabajo duro. Es vital recordar que el tiempo promedio que un refugiado vive en el exilio son más de 15 años, ya sea en un campamento en Jordania o Uganda, in asentamiento informal en Líbano o Tailandia o reasentados en Estados Unidos o en Europa. Eso es mucho tiempo y por ello el difícil trabajo que se presenta de garantizar que los refugiados continúan siendo miembros activos que contribuyen con la sociedad. EL trabajo duro radica en asegurar que los refugiados tienen acceso a la educación, la capacitación vocacional de habilidades porque esto es en el interés de todos, el país de acogida, los refugiados y su país de origen, a donde sueñan con regresar eventualmente.

Con demasiada frecuencia, los refugiados son vistos como una carga. En realidad, los refugiados muchas veces se convierten en los miembros más dinámicos de la sociedad. Es de todos sabido que Einstain fue un refugiado, como lo fue Marlene Dietrich, Madelene Albright, George Soros, Sigmund Freud, Isabell Allende, por nombrar a unos pocos. Pero hay millones de otros nombres, refugiados menos celebrados pero no por ello menos heroicos, trabajando silenciosa y anónimamente, con frecuencia bajo circunstancias difíciles y peligrosas. Aqeela Asifi, galardonada este año por ACNUR con el Premio Nansen para los Refugiados, reconocida por su extraordinario compromiso y servicio excepcional a los refugiados, es una de esos ejemplos.

En 1992, a la edad de 26 años, Asifi huyó del asedio realizado por los Muyahidín a Kabul, Afganistán, junto a su marido y dos niños pequeños, arribando a la aldea de refugiados de Kot Chandana en Paquistán. Al huir de su país de origen, ella pensó que sería cuestión de meses antes de regresar al hogar.

Pero pronto asumió algo que todos los refugiados saben: en medio del ruido y el caos y el trauma de huir de tu país, te enfocas en lo inmediato. Quieres proteger a tus hijos y buscar un lugar seguro. Simplemente quieres sobrevivir. Toma tiempo procesar a cabalidad que regresar a casa en el futuro cercano es un sueño imposible; que tu vida ha sido reiniciada en cero; que la tienes que reconstruir de la nada. Cuando finalmente aceptas estos hechos, sucede un cambio, de la supervivencia a la resiliencia, y con ello la determinación de ser fuerte, seguir adelante y crear nuevamente.

Los hijos de Asifi vieron su educación interrumpida por la guerra y el desplazamiento. Como antigua profesora, ella no podía verlos languidecer en un estado de desarrollo suspendido. Quedó anonadada por la falta de escuelas en Kot Chandana y la total ausencia de oportunidades de aprendizaje para las niñas. Una vez que obtuvo el respaldo de los ancianos de la aldea, Asifi fue puerta por puerta convenciendo a los reticentes padres para que le permitieran a ella ser la profesora de sus hijas. Con 20 alumnos, una tienda de campaña, hojas de trabajo escritas a mano y por sobre todo, una feroz determinación, ella comenzó una escuela.

La pequeña escuela de Asifi floreció y ella recibió financiamiento del gobierno de Paquistán. Asifi amplió su escuela a seis tiendas de campaña y también comenzó a incluir a las niñas paquistaníes. Hoy en día su escuela es una construcción permanente. Asifi ha transformado la vida de más de 1.000 niñas y sus esfuerzos motivaron la apertura de otras seis escuelas, que tienen inscritos a otros 1.500 niñas y niños.

Como escritor, creo en el poder de las letras y los números. Pero hay números inscritos al margen de la historia de Asifi que no deberíamos ignorar. Para el ACNUR es sabido que los afganos que han recibido una educación son tres veces más propensos a regresar que ha permanecer en el país que les ha brindado protección. La educación, en vez de anclara a los refugiados en Paquistán, ha sido un factor de movilización para las personas que retornan a Afganistán. La educación ayuda a proteger a los niños refugiados del analfabetismo, del abuso y la explotación por el trabajo infantil, matrimonio forzoso a edad temprana y el reclutamiento por parte de grupos armados. La educación ofrece a los refugiados un camino de salida de la pobreza, les da las herramientas para construir para ellos mismos y su país un futuro próspero, seguro y estable cuando regresen a su hogar. A nivel mundial, más del 50% de los refugiados son niños. Sin embargo solo uno de cada dos niños refugiados asiste a la escuela primaria. Solo uno de cada cuatro adolescentes refugiados recibe educación secundaria.

Espero que, cuando el enfoque de la prensa inevitablemente se aleje de la actual crisis en Europa, el apoyo y la buena voluntad del público hacia los refugiados en el mundo permanezca firme, que recordemos que las personas refugiadas necesitan más que ayuda de emergencia. Necesitan tener la esperanza de un futuro, como necesitamos todos. Espero que recordemos que los refugiados hacen contribuciones duraderas a sus países de acogida. Por sobre todo, debemos recordar que, en este mundo cada vez más interconectado, al invertir en su futuro invertimos también en el nuestro.