Pandillas amenazan a centroamericanos que buscan refugio en Guatemala

Refugiados de El Salvador y Honduras son perseguidos, en Guatemala, por pandillas de las que ya habían huido.

Alejandro* worked as a bank teller in Honduras, but fled after getting death threats. [for translation]
© ACNUR/Rodrigo Cruz

Cuando un miembro intentó depositar una gran cantidad de dinero en una cuenta en Tegucigalpa, capital de Honduras, el cajero bancario, Alejandro*, le solicitó un certificado demostrando que no era dinero sucio. Ahí fue cuando empezaron las amenazas de muerte.


Obligado a huir por su vida en el 2010, Alejandro esperaba estar lejos del alcance de las pandillas en la vecina Guatemala. Pero, cuando el año anterior se subió a un elevador en un centro comercial en un barrio de clase alta en la capital, se topó al pandillero que lo había amenazado anteriormente.

"Pensé que estaba muerto. Se me quedó mirando, insistía que me conocía . . . Subimos juntos 14 pisos. No sé cómo pude estar calmado", recuerda Alejandro.

El joven de 29 años cree que el peso que perdió durante los seis años que estuvo huyendo, lo salvaron de ser reconocido por el miembro de la pandilla, o "maras", como son conocidas en Centroamérica.

Las guerras y la persecución han obligado a más de 65 millones de personas a huir de sus hogares, cifra record desde que ACNUR inició registros. Entre ellas, se encuentra un creciente número de personas que huyen de las pandillas en Honduras y El Salvador, en donde la violencia está en su peor momento desde los sangrientos conflictos que convulsionaron la región en la década de los 80.

Algunos, como Alejandro, consideran que inclusive en el exilio no son capaces de escapar de las amenazas de las organizaciones criminales que ya tienen un alcance internacional.

"No estoy a salvo aquí", dice, enumerando sus roces con las pandillas en la Ciudad de Guatemala, mucha de la cual está controlada por los mareros armados con pistolas y cuchillos. Entre sus acciones están las violaciones, los asesinatos, el tráfico de drogas, la extorsión y el robo.

"El miércoles pasado en el banco, vi a la madre de quienes me habían amenazado. Dos días después, esto pasó", continúa narrando mientras descubre los raspones que sufrió cuando miembros de bandas locales lo arrojaron de un autobús después de robar su cartera y teléfono celular.

"Las maras se suben, muestran sus pistolas y dicen: ¿Quieres cooperar o quieres que te hagamos problemas?, después van alrededor recolectando bienes valiosos de las personas, tal como en Tegucigalpa", dice.

Las Maras Salvatrucha y sus rivales, Barrio 18, emergieron del caos de las guerras civiles que destruyeron a Guatemala y El Salvador en la década de los 80. El legado de conflicto y la pobreza, también crearon condiciones fértiles para el crecimiento de la corrupción institucional, y la consolidación de las actividades criminales organizadas.

Las pandillas, y sus adeptos, ahora operan en todo el Triángulo Norte de Centroamérica, que comprende El Salvador, Honduras y Guatemala. Los refugiados que huyen de un país a otro, reportan, cada vez más, se ven enredados en sus actividades. Entre ellos, Omar*, un ex soldado convertido en chofer de bus, quien huyó de El Salvador, después de que los pandilleros casi lo asesinaran.

Con los ojos rojos por el cansancio, con sus manos cubiertas con polvo y aceite para auto después de un turno de 15 horas de conducir autobuses por las abarrotadas calles de la capital, ve por la ventana cómo cae la lluvia en un albergue en la Ciudad de Guatemala. Él explica cómo huyó de su hogar, en la zona rural de El Salvador en 2009, después de ser testigo de un asesinato en su barrio.

"Las maras me vieron, mientras yo los veía darle un tiro en la cabeza a él. El día siguiente, cuando terminaba mi ruta, un policía me pidió que me bajara del autobús. Escuché otra voz decir: "Ese es el que nos vio. No escuché el tiro".

La bala le dio en la cabeza. De milagro, pasó bajo su oreja y a través de su mandíbula.

"Desperté 20 segundos después, con sangre y mis dientes alrededor de mi cara", dice, inclinando su cabeza para mostrar las cicatrices. "Pronto, las maras supieron que yo estaba vivo, y le dieron una advertencia a mi jefe".

Omar huyó de Estados Unidos, pero después fue deportado. Al retornar de El Salvador, supo que su hija Eunice*, que tenía 15 años, había dado a luz, después de ser violada por un marero local. Omar llamó a la policía.

"Fue un error reportar el crimen. La policía le dijo al violador de mi hija quien lo había reportado", dice amargamente.

Omar, ahora de 52 años, su hija y su nieta, Sofía*, huyeron a Guatemala en plena noche, pero de acuerdo con Omar, continúan "en la misma situación" de la que huyeron.

Eunice ha recibido varios mensajes de amenazas por Facebook, por parte de miembros de la misma pandilla liderada por quien la violó. Ella también ha reconocido otro miembro de la pandilla mientras caminaba al parque cerca de su hogar.

Además, Omar reportó ser extorsionado por una rama local de la misma pandilla de que según él había escapado, durante una ruta de bus.

"Yo gano 500 quetzales por semana", dijo, una suma equivalente a $65 dólares. "De eso, pago 200 quetzales ($26 dólares) a un grupo de mareros adolecentes. Un día se subieron a un bus, me amenazaron con sus pistolas y me dieron un teléfono para poder acordar dónde iba a hacer los pagos. Es la misma dinámica que en las rutas de buses de El Salvador".

La amarga realización de Omar y Alejandro de que todavía no estaban seguros en el país donde buscaron refugio está lejos de ser hoy en día único, a medida que dramáticos nuevos conflictos irrumpen, o se reavivan en todo el mundo; y las soluciones duraderas para los, como el reasentamiento en un tercer país, o un retorno seguro a casa, sigue siendo difícil de alcanzar.

Mientras que las cifras globales son difíciles de precisar, el ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, están observando numerosos casos en que las amenazas potencialmente mortales están alcanzando a los refugiados en los lugares que han solicitado protección, ya sea en el Oriente Medio y África o en los países de la región norte de Centroamérica, en las garras de las maras.

"La presencia de estos grupos criminales cruzan fronteras. Ellos han traído una guerra silenciosa a Guatemala, El Salvador y Honduras", dijo Enrique Valles-Ramos, cabeza de la oficina del ACNUR en Guatemala. "Por esto, muchos refugiados van a huir de Guatemala de situaciones que son muy dramáticas, y encuentran realidades similares a aquellas de las que han huido. Los casos de personas huyendo de la persecución de las pandillas y de la violencia, se encuentran entre los más vulnerables".

Enfrentados con la inseguridad proliferante, y con áreas de seguridad real que están achicándose, el ACNUR ha llamado a mayores esfuerzos para encontrar soluciones duraderas para los conflictos y los abusos que están haciendo que las personas huyan de sus hogares, y ahora, cada vez más frecuente, los mantienen huyendo.

"Guatemala no es un refugio. Las personas que nos quieren a mí y mi familia muertos, pueden estar aquí en tres horas, si quisieran".

Esta historia es parte de un gran paquete que comprende reportes de la República Democrática del Congo e Irak, sobre personas que han sido obligadas a huir en múltiples ocasiones.

*Los nombres han sido cambiados por razones de protección.