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Premio Nobel que aborda cuestiones de desplazamiento, historia y hogar

Historias

Premio Nobel que aborda cuestiones de desplazamiento, historia y hogar

Abdulrazak Gurnah reflexiona en torno al aislamiento y la hostilidad que tuvo que enfrentar en su juventud. Además, aboga por un trato mucho más humano hacia las personas refugiadas y solicitantes de asilo.
28 Abril 2022 Disponible también en:
El ganador del Premio Nobel de Literatura, Abdulrazak Gurnah, de 74 años, en el "ático de escritura" en su casa, cerca de Canterbury, Reino Unido.

“Piensas que conoces un lugar”, comentó el autor y ganador del Premio Nobel, Abdulrazak Gurnah, mientras reflexionaba sobre los desafíos que enfrentó como un adolescente de Zanzíbar que llegó al Reino Unido hace más de medio siglo.

“Pero, en realidad, era muy diferente, muy lejano en cuanto a cultura, características sociales, lengua, religión... Fue un acercamiento duro e impactante, sobre todo para un completo extraño de apenas 18 años”.

Sentado en su “ático de escritura”, una habitación llena de libros en la parte superior de la casa, que se encuentra en el pueblo a las afueras de la histórica ciudad de Canterbury, Gurnah compartió con ACNUR su historia de desplazamiento y desarraigo, desde cómo y por qué salió de Zanzíbar en 1968.

Cuatro años después de la revolución con la que fueron derrocados el Sultán y su gobierno, la violencia en la isla se expandió. “Fue una época de terror, no a nivel personal, sino que el ambiente era terrorífico”, indicó el escritor.

“Busqué hacer algo con mi vida”.

“Muchas personas fueron asesinadas, encarceladas o expulsadas. Los medios de vida se perdieron, los negocios y empresas fueron expropiados, y mucho más”.

Sin embargo, optó por salir del país cuando el nuevo régimen cerró las puertas de las escuelas. “Ese fue el motivo más fuerte para que yo quisiera irme. Busqué hacer algo con mi vida”.

Ahora, tiene una distinguida trayectoria académica y una serie de aclamadas novelas que le hicieron acreedor al Premio Nobel de Literatura el año pasado por su “conmovedora descripción de los efectos del colonialismo y del destino, entre culturas y continentes, de las personas refugiadas en el golfo”.

Gurnah habla y escribe desde su propia experiencia. Recuerda lo duro que le resultó adaptarse a la vida en Gran Bretaña, cómo el racismo – expreso, casual y, en ocasiones, físico –, que era común en aquel momento, le hacía sentir desubicado.

Sin embargo, antes de ingresar a la comunidad académica, fue un excelente estudiante, y logró convertirse en profesor de Literatura inglesa y poscolonial en la Universidad de Kent, cargo del que se retiró en 2017. En el camino, escribió sus novelas Paradise, By The Sea, The Last Gift y Pilgrims Way, en las cuales explora el aislamiento, el colonialismo, la identidad y la pertenencia.

Sin embargo, fue hasta que ganó el Premio Nobel que saltó al estrellato literario. Como muchas personas respondiendo esa llamada, en principio, no podía creerlo, así que revisó en línea, pensando que quien hubiera hecho la broma pronto estaría “riendo a carcajadas diciendo ‘¡te la creíste’”.

Gurnah cuenta que el amor por la escritura data de su etapa escolar, pero nunca pensó en dedicarse profesionalmente a ella. “Cuando empecé a escribir, lo hacía más que nada para reflexionar sobre la situación en la que me encontraba, estando aquí, en Inglaterra, porque, en ocasiones, escribir ayuda a desenredar este tipo de cosas”.

Al mismo tiempo, descubrió que escribir le resultaba placentero y se dio cuenta de que quizás tenía talento, que luego se convirtió en un deseo por “hacer algo... más allá de solo escribir. Una vez que te atrapa, no hay escapatoria”.

En una charla que dio hace poco sobre el Premio Nobel, Gurnah comentó que haberse alejado de los acontecimientos en Zanzíbar lo llevó a “una especie de obsesión con la crueldad de la que somos capaces con otras personas”, así como el daño cotidiano que causan las desigualdades sociales, de género y de otro tipo. Gurnah sospecha que pensamientos así son “una de las cargas que llevan consigo las personas que huyen del dolor y logran encontrar seguridad, lejos de aquellos a quienes dejaron atrás”.

“Es posible actuar con más humanidad”.

La escritura – y, ahora, la fama – le ha dado a Gurnah una plataforma para hablar en favor de las personas refugiadas.

Insiste en que “no puedo decir a nadie qué hacer”, pero sí puede continuar señalando las injusticias y la crueldad que enfrentan las personas desplazadas. Asimismo, seguirá diciendo que “puede hacerse mucho más. Es posible actuar con más humanidad”, por encima de la hostilidad que algunos políticos usan como estandarte.

“Vemos una cantidad interminable de historias de éxito de personas a las que se les dio una oportunidad. No solo como futbolistas, por supuesto, sino también como hombres y mujeres de negocios, como estudiantes que incursionan en el sector médico, por no mencionar a grandes políticos”, añadió. “Hay un sinnúmero de ejemplos de cómo las personas [desplazadas] llevan beneficios a la sociedad que las acoge, no solo para ellas mismas, sino para la sociedad en su conjunto”.

En otras entrevistas, Gurnah ha criticado actitudes oficiales hacia las personas refugiadas y migrantes en países europeos de altos ingresos, como Reino Unido, que, el 27 de abril, aprobó un proyecto de ley que busca disuadir las solicitudes de asilo en el país. Entonces, ¿de dónde proviene la antipatía hacia las personas refugiadas?

“Bueno, no pasa en todo el mundo. Hay lugares donde las hostilidades son superadas por un sentido mayoritario de ‘hagamos lo que podamos’. Me parece que son, sobre todo, los países más ricos los que se comportan de manera hostil, a la defensiva y con miedo. Es sorprendente porque, si analizamos la historia de Europa, apenas hace 50 o 60 años había refugiados yendo de un lado a otro en el continente europeo por uno u otro motivo”.

Gurnah también centra su atención como escritor en el lenguaje que se utiliza con respecto al  desplazamiento. La palabra “refugiado”, comentó, debería mantener un significado específico. De hecho, a pesar de las circunstancias en las que salió de Zanzíbar, no se autodefine como refugiado.

“Ser refugiado es una desgracia. No tiene nada qué ver con nuestros deseos, sino con el intento por salvar nuestra vida y, en ocasiones, también la de nuestra familia”.

Gurnah comentó que las palabras “refugiado” y “exilio” hablan de cierta nobleza, por lo que usarlas sin reparo para hacer referencia a cualquier persona en situación de movilidad puede hacer que pierdan relación con el contexto en el que alguien abandonó su hogar; por tanto, será más difícil identificar quiénes necesitan más asistencia.

En consecuencia, luego de haber vivido durante años en Inglaterra (y sería difícil encontrar un sitio más inglés que Kent, que también se conoce como “el jardín de Inglaterra”), ¿qué lugar ha sido más acogedor para Gurnah?

“El hogar no es solo aquel donde vives”, explicó. “Es también un sitio donde tu imaginación se sienta cómoda. ¿Siento como si estuviera en Zanzíbari? Definitivamente. Pero también he vivido en la Gran Bretaña del futuro. En mi imaginación, ocupo ambos espacios, pero de distintas formas. Me rehúso a que uno u otro me sean negados”.

Citas de sus novelas (traducción de ACNUR):

“Para millones de personas, ella podía escucharlo decir, con la intensidad que lo caracterizaba, que el desplazamiento se traduce en ruina y fracaso, una derrota inevitable, un vuelo desesperado; implica ir de lo malo a lo peor, de casa a la calle, de ciudadano a refugiado, de llevar una vida tolerable – incluso, llena de satisfacciones – a experimentar el horror más puro y llano”.

The Last Gift (El último obsequio)2011

 

“Soy refugiado, solicitante de asilo. No son simples palabras, sin importar que escucharlas con frecuencia haga parecer que lo son. Llegué al aeropuerto de Gatwick por la tarde del 23 de noviembre del año pasado. Se trata de un pequeño clímax que aparece en nuestras historias: dejar aquello que conocemos y llegar a lugares extraños, llevar pertenencias revueltas, y suprimir secretos y ambiciones confusas”.

By The Sea (Cerca del mar), 2001