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Discurso de apertura del Alto Comisionado en la Revisión del Progreso 2025 del Foro Mundial sobre los Refugiados

Discursos y declaraciones

Discurso de apertura del Alto Comisionado en la Revisión del Progreso 2025 del Foro Mundial sobre los Refugiados

15 Diciembre 2025 Disponible también en:
Un hombre de cabello blanco vestido de negro frente a cuatro banderas

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, pronuncia su discurso de apertura de la Revisión del Progreso 2025 del Foro Mundial sobre los Refugiados en Ginebra, Suiza.

Consejero Federal – querido Ignazio,

Querida Zakia,

Distinguidos delegados,

Colegas y amigos,

El 15 de diciembre de 2023, hace exactamente dos años, concluyó el Segundo Foro Mundial sobre los Refugiados. Ciertamente parecía un tiempo diferente y, sin embargo, pensando en el próximo Foro Mundial sobre los Refugiados de 2027, en mi discurso de clausura, advertí que – y cito textualmente: “No nos hagamos ilusiones. El camino no será fácil. Habrá interrupciones y obstáculos. Y tendremos contratiempos causados por tormentas de todo tipo”.

Creo que hablo en nombre de todos cuando digo: ¡quisiera haberme equivocado!

Este último año se ha caracterizado por una tormenta tras otra. En realidad, una tormenta perfecta.

Somos testigos de las interminables atrocidades cometidas en Sudán, en Ucrania, en Gaza y en Myanmar. Solo en los últimos días, hemos visto cómo se bombardeaba otro jardín de infantes, otro edificio de apartamentos y otro hospital, asesinando a docenas de personas y desplazando a miles más, que se suman a los millones que ya se han visto forzados a huir de una violencia sin sentido en busca de protección. En un contexto global en el que se permite que el odio propague cada vez más las divisiones racistas, como tristemente demuestra la atroz masacre de ayer contra la comunidad judía de Sídney.

Un año en el que las personas refugiadas han sido frecuentemente denostadas, convertidas en chivos expiatorios en tantos lugares. Los traficantes han utilizado cínicamente su sufrimiento con fines lucrativos y los políticos han aprovechado su situación para ganar votos en las próximas elecciones.

Un año de reiterados ataques a la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y a la propia figura del asilo.

Y, por supuesto, un año en el que el colapso repentino, drástico, irresponsable y miope de la ayuda exterior sigue devastando el sector de la ayuda, infligiendo tanto dolor innecesario a su paso; a las personas refugiadas, por supuesto, pero también a quienes – todos ustedes – trabajan para aportar todo el alivio que aún pueden.

Hoy, sin embargo, no quiero detenerme en estos retos. De hecho, el camino hacia la protección es largo, estrecho y difícil. Inevitablemente habrá más contratiempos en el camino. Siempre lo hemos sabido, al igual que siempre hemos sabido que la compasión y la solidaridad serían despreciadas y ridiculizadas.

No podemos dejar que eso nos desanime y sencillamente no nos desanimaremos.

Por el contrario, debemos recordar siempre que, como describió con tanta gracia Zakia en nombre de millones de personas refugiadas, la solidaridad salva vidas.

La solidaridad salva vidas

Gracias, Zakia, por compartir con nosotros estas palabras tan importantes y necesarias hoy en día. Con tu ejemplo, nos dices – a pesar de un discurso global cada vez más intolerante – que nunca hay que renunciar. Que las personas refugiadas enriquecen nuestras sociedades y nuestras comunidades, como tú misma has demostrado de manera inspirada con tus actos y tus propuestas. Así pues, les damos las gracias.

Queridos amigos,

Esta determinación debe seguir siendo nuestro norte. Y mientras navegamos juntos por estos y futuros tiempos turbulentos, el Pacto Mundial sobre los Refugiados es el mapa que nos seguirá guiando en un viaje que – no lo olvidemos – comenzó hace casi 10 años, en 2016, con la adopción por la Asamblea General de la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes.

Hemos recorrido un largo camino.

Es importante recordarlo. Sé que la tentación es centrarse siempre en los problemas del día. De hecho, hay emergencias reales que deben abordarse, obstáculos reales que superar. Y a veces tenemos la tentación de desesperarnos.

Pero si queremos mantener el rumbo, si queremos seguir por el buen camino, también debemos aprender a levantar la mirada. Para entender hacia dónde vamos, necesitamos recordar de dónde venimos. Así pues, mi principal mensaje hoy, al inaugurar esta Revisión del Progreso del Foro Mundial sobre los Refugiados, es que ya hemos logrado mucho. No debemos rehuir de ello; al contrario, ahora es el momento de seguir avanzando.

La última década – incluidos los dos últimos años desde el segundo Foro Mundial sobre los Refugiados – ha sido mucho más que contratiempos. Gracias a nuestros esfuerzos colectivos, el marco que pacientemente hemos creado y desarrollado juntos durante 10 años – sin duda no perfecto – ha dado sus frutos.

A través de los Foros Mundiales sobre los Refugiados, los compromisos, los acuerdos, todas las facetas de nuestro trabajo, hemos marcado una verdadera diferencia en las vidas de la población refugiada y de las comunidades de acogida. Basta con ver las cifras. Desde el último Foro de 2023, se han hecho cerca de 3.500 compromisos individuales y 47 compromisos de múltiples partes interesadas, con más de 2.600 millones de dólares estadounidenses ya entregados a través de compromisos financieros cumplidos, muchos de los cuales igualan los compromisos de los países de acogida de adoptar políticas más inclusivas.

Hemos dado pasos enormes para que la financiación del desarrollo se incorpore de forma más rápida y eficaz a las respuestas a los refugiados. De acuerdo con los datos de la OCDE, los actores del desarrollo invierten aproximadamente 4.000 millones de dólares estadounidenses al año en situaciones de desplazamiento forzado. Y esto es nuevo: no existía hace 10 años.

Estos esfuerzos han impulsado avances en la educación, el empleo, la protección de los refugiados, la acción por el clima, y la mejora del acceso y la calidad de los servicios para los refugiados y para quienes los acogen. El futuro de las respuestas al desplazamiento forzado pasa por reforzar la capacidad de los sistemas nacionales para incluir a los refugiados, no por crear sistemas paralelos. Esto no solo garantizará que las respuestas sean más sostenibles, sino que también mitigará el impacto de futuras crisis financieras al reducir la dependencia de la ayuda exterior.

Será fundamental seguir forjando nuevas e innovadoras alianzas con un amplio espectro de partes interesadas – el sector privado, las organizaciones dirigidas por refugiados, las instituciones financieras internacionales, los fondos relacionados con el clima, el mundo académico, la sociedad civil, las organizaciones deportivas y, por supuesto, las propias personas refugiadas –, aportando cada una su talento, experiencia y determinación en la búsqueda de soluciones.

No habríamos avanzado tanto de no ser por el Pacto y su marco de compromisos. Como siempre digo, el Pacto sobre los Refugiados – que debe considerarse complementario del relativo a la migración segura y ordenada – es una caja de herramientas que propone a los Estados y a otros socios soluciones sobre cómo aplicar los principios de la Convención de 1951 y otros instrumentos jurídicos en el complejo mundo actual.

Y más allá de los marcos y las estructuras, es la visión subyacente de la cooperación y el reparto de responsabilidades lo que debemos preservar y alimentar absolutamente. La convicción de que, trabajando juntos, es posible encontrar soluciones al desplazamiento forzado.

Hay muchos ejemplos, algunos ofrecidos por los países coorganizadores.

Uganda nos recuerda a menudo, y con razón, que no es posible identificar a las personas refugiadas cuando miles de ellas cruzan la frontera todos los días. Yo iría más lejos – con su permiso, Secretario Permanente – y diría que Uganda ha demostrado, año tras año, lo que significa creer en el potencial de las personas refugiadas, no solo a través de las palabras, sino especialmente a través de su compromiso con su autosuficiencia y dignidad. Y ello a pesar de acoger a casi dos millones de refugiados.

El mismo compromiso y coraje informaron la decisión pionera de Colombia de aprobar el Estatus de Protección Temporal para la población venezolana desplazada en 2021, beneficiando a cerca de 2 millones de personas refugiadas y migrantes venezolanas – un verdadero punto culminante de mi mandato como Alto Comisionado, y un ejemplo al que vuelvo a menudo.

Recuerden que, por aquel entonces, el mundo seguía sumido en una pandemia global que había afectado a todo el mundo. Y, sin embargo, el entonces Presidente Duque comprendió que dar a los refugiados y migrantes venezolanos acceso a la residencia, al empleo y a los servicios beneficiaría tanto a la población venezolana como a sus anfitriones colombianos. Y tenía razón.

Ese es el poder de la inclusión.

Muchos otros países han mostrado un liderazgo similar y han avanzado hacia una mayor inclusión de las personas desplazadas en sus sociedades y economías. Tan solo este año, Kenia, Etiopía, Ruanda, Brasil y muchos otros países han presentado hojas de ruta o adoptado políticas destinadas a mejorar la autosuficiencia de la población refugiada y a aportar beneficios a las comunidades de acogida. El Plan Shirika de Kenia es un ejemplo especialmente llamativo que muestra cómo – tras años de difícil debate en torno a la presencia de refugiados en el país – es posible deshacerse de las divisiones del pasado y avanzar hacia una mayor unidad.

Pero – y este es un punto crítico que he planteado en innumerables ocasiones – estos esfuerzos no pueden tener éxito por sí solos. Acoger refugiados tiene un coste, que países como Chad, Irán, Costa Rica, Egipto y muchos otros no pueden asumir solos. Deben recibir apoyo, sobre todo financiero, pues, de lo contrario, se corre el riesgo de que los avances en materia de protección de los refugiados se vean mermados y de que, como muestra el Informe de Indicadores del GCR recientemente publicado, los progresos se deshagan. O, mejor dicho, que se deshagan aún más, teniendo en cuenta el impacto que ya han tenido los recientes recortes de financiación.

La semana pasada regresé de una visita a Sudán, mi última misión de ACNUR, a un país muy querido para mí, ya que es donde empecé a trabajar para ACNUR en 1988. Fue una aleccionadora prueba de realidad. La magnitud de la destrucción que vi y la profundidad del trauma infligido al pueblo sudanés son devastadoras. Fue duro escuchar a las mujeres sudanesas desplazadas en Ad-Dabbah describir la violencia sexual de la que habían escapado. Más duro aún es explicar que ACNUR y sus socios no pueden brindarles toda la ayuda que necesitan por falta de fondos. Qué vergonzosa acusación del estado de la solidaridad internacional.

Por eso debo apelar a su generosidad una vez más, en nombre de estas mujeres, en nombre de todas las personas refugiadas, desplazadas y apátridas, y en nombre de las comunidades que las acogen, especialmente en situaciones que permanecen al margen de la atención mundial. Debo pedir de nuevo más fondos y más fondos de calidad, es decir, fondos flexibles y no asignados a fines específicos que puedan utilizarse para responder donde las necesidades son mayores.

Y debo hacer un llamamiento para que se liberen los fondos comprometidos lo antes posible en 2026, con el fin de evitar cualquier interrupción en la prestación de asistencia para salvar vidas o, de hecho, en la prestación de asistencia para cambiar vidas.

Y aquí estoy pensando en particular en nuestro trabajo en el contexto de las soluciones, otro objetivo clave del Pacto Mundial sobre los Refugiados, como saben.

Es imposible hablar hoy de soluciones al desplazamiento forzado sin pensar inmediatamente en la situación en Siria, dados los cambios trascendentales de los últimos 12 meses que han permitido el retorno voluntario a gran escala de más de 3 millones de sirios, incluidos 1,2 millones de refugiados. Siria es un país que se encuentra en una importante encrucijada. También es un país –como estoy seguro que escucharemos el miércoles en el contexto del evento paralelo dedicado a ello – que necesita una inmensa inversión para reconstruir, proporcionar puestos de trabajo, crear acceso a los servicios básicos y, por supuesto, garantizar la seguridad para que el retorno de la población refugiada y desplazada pueda ser sostenible. Aquí es donde nuestro apoyo colectivo y sus compromisos pueden marcar una diferencia significativa. Aquí es donde se cruzan la ayuda humanitaria, el desarrollo a largo plazo, la paz y los derechos humanos.

Queridos amigos:

Hay muchos otros aspectos importantes de nuestro trabajo que no he mencionado. El innovador enfoque de protección basado en rutas que hemos promovido – junto con la Organización Internacional para las Migraciones, la Comisión Europea y otros – para responder al movimiento mixto de personas refugiadas y migrantes, por citar un ejemplo evidente.

O los enormes avances logrados en la lucha contra la apatridia desde el lanzamiento de la Alianza Global para poner fin a la apatridia hace poco más de un año.

Pero no quiero adelantarme al debate, ya que precisamente para eso estamos aquí: para revisar los progresos realizados en el cumplimiento de nuestros compromisos, identificar las lagunas que persisten o las que han surgido, y trazar el camino a seguir.

Un camino que seguiré recorriendo, pero a partir del próximo 1 de enero, ya no como Alto Comisionado para los Refugiados, sino como ciudadano, como simpatizante y con la misma fe en el poder del trabajo conjunto.

Un nuevo Alto Comisionado para los Refugiados – lo hemos oído del Consejero Federal – cuya selección, como seguramente sabrán, está a punto de concluir, me relevará muy pronto. Dado que el proceso aún no ha concluido formalmente, permítanme decir simplemente por ahora que tengo plena confianza en el criterio del Secretario General – quien fue Alto Comisionado para los Refugiados – y, por supuesto, en la decisión de la Asamblea General.

Mientras tanto, no nos detenemos. Tenemos un importante trabajo que realizar en los próximos tres días.

Por ahora, permítanme darles la bienvenida una vez más a todos ustedes, junto con nuestros anfitriones suizos, cuyo generoso apoyo ha hecho posible este evento. Y gracias una vez más, querido Ignazio, por tus amables palabras, tu apoyo constante, tu amistad personal y, por supuesto, por el hermoso regalo.

Permítanme terminar mencionando un último acontecimiento destacado de la última década, sin duda para mí personalmente. En junio de 2022, pasé el Día Mundial del Refugiado en Côte d'Ivoire, para presenciar el regreso de las personas refugiadas marfileñas a su país, algunas de ellas tras 20 años de exilio. Durante mi visita, fui a la frontera con Liberia, donde los futuros retornados cruzaron el río Cestos en una pequeña embarcación, muchos de ellos pisando su país natal por primera vez. Me uní a uno de los últimos grupos de retornados que cruzaron ese río.

Cuando llegó el momento de desembarcar en Côte d'Ivoire, recuerdo vívidamente que tomé de la mano a una niña marfileña. No debía de tener más de seis o siete años y llevaba un chaleco salvavidas naranja brillante demasiado grande para ella. A menudo he pensado en esa niña, preguntándome si yo le tomé de la mano o si, en realidad, fue ella quien me tomó a mí.

Por eso, hoy quiero expresar mi especial reconocimiento a los más de 300 participantes que han sido o son refugiados, desplazados o apátridas, y que formarán parte de esta Revisión del Progreso. Quiero darles las gracias de manera especial por formar parte de este proceso y por ayudarnos a avanzar.

Sin ustedes no podemos tener éxito.

Y ahora, a trabajar.

Gracias.