Discurso del Alto Comisionado con motivo del 75º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951
Discurso del Alto Comisionado con motivo del 75º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951
El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Barham Salih, durante su intervención en un acto celebrado en Ginebra, Suiza, para conmemorar el 75º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados.
Excelencias, distinguidos invitados, amistades, colegas,
Es para mí un verdadero honor estar aquí, como Alto Comisionado para los Refugiados, para conmemorar el 75º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951.
También es un honor para mí dar la bienvenida al Sr. Mascioli, Secretario de Estado de Migración de Suiza, así como al consejero de Estado Fontanet, en representación de nuestros amables anfitriones, el cantón de Ginebra, y la gran ciudad de Ginebra. Quiero también reconocer y dar la bienvenida a mi colega y amigo, el antiguo Alto Comisionado para los Refugiados Filippo Grandi, junto con tantos de ustedes aquí presentes.
Hace setenta y cinco años, tras la Segunda Guerra Mundial, en esta ciudad y en este mismo edificio, las naciones del mundo se unieron en torno a una idea sencilla pero profunda: que ninguna persona forzada a huir a causa de la persecución, la violencia o la guerra debería quedarse jamás sin protección; que la dignidad humana no se detiene en una frontera; y que la comunidad internacional tiene la responsabilidad compartida de proteger a las personas más vulnerables.
Esa promesa se plasmó en la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951.
Nacida del capítulo más oscuro de la humanidad, la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados se convirtió en uno de los logros más destacados del orden internacional de la posguerra.
Durante tres cuartos de siglo, ha salvado innumerables vidas y ha ofrecido resguardo a quienes no tenían a quién recurrir.
Su legado no se encuentra en los tratados ni en los archivos. Se mide en vidas humanas: familias reunidas, niñas y niños escolarizados, comunidades reconstruidas y futuros recuperados.
Hoy, setenta y cinco años después, nos reunimos para renovar esa promesa. En una época de desplazamientos sin precedentes, de conflictos cada vez más complejos y prolongados, y en la que la inestabilidad afecta a casi todas las regiones del mundo, los principios consagrados en esta Convención constituyen tanto una brújula moral como un marco práctico para la acción.
Sin embargo, nos reunimos en un momento en el que los debates sobre los refugiados y el asilo están cada vez más politizados.
Con demasiada frecuencia, las personas forzadas a huir se convierten en chivos expiatorios de inquietudes sociales, económicas y políticas más amplias. Con demasiada frecuencia, se presenta a las personas refugiadas como una carga o una amenaza, en lugar de como seres humanos como nosotros.
Debemos tener el valor de hacer frente a esas narrativas.
No porque los retos a los que se enfrentan los países de acogida no sean reales – de hecho, lo son –. Muchos países y comunidades asumen enormes responsabilidades y merecen un apoyo internacional mucho mayor.
La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados nos recuerda una verdad más profunda: los refugiados son, ante todo, seres humanos como nosotros. Madres y padres que protegen a sus hijos; jóvenes que buscan recibir educación; trabajadores, emprendedores, médicos, profesores y líderes comunitarios cuyas vidas se han visto trastornadas por circunstancias ajenas a su control, pero cuyos talentos, ambiciones y potencial permanecen intactos.
Lo sé no solo como Alto Comisionado para los Refugiados. Lo sé porque yo mismo fui refugiado. Y sé por experiencia propia lo que significa la protección y lo que significa una oportunidad.
La protección ayudó a salvarme la vida, y la oportunidad me permitió acceder a educación y reconstruir mi vida. Cuando me fui de casa – forzado a huir de ella –, sentí la angustia de dejar atrás lo que me resultaba tan familiar, de abandonar a mi comunidad, a mis amigos y a mi familia. Pero fue esta Convención, los principios mismos de protección y oportunidad, lo que nos permitió a mí y a tantas otras personas como yo la posibilidad de rehacer nuestras vidas.
Debemos enfatizar que tenemos que ver a las personas más allá de la etiqueta de ‘refugiados’. Y debemos ver a seres humanos con potencial.
También transmiten un mensaje importante y contundente: a las personas refugiadas nunca se las debe definir por el momento en que huyen de su hogar, sino por lo que pueden llegar a ser cuando se les da la oportunidad de reconstruir sus vidas.
Y hay otra verdad que a menudo olvidamos.
La mayoría de las personas refugiadas quieren volver a casa; no quieren ser refugiadas para siempre.
Quieren regresar a casa, a los lugares donde crecieron, donde formaron sus recuerdos, y a la tierra que siguen considerando su hogar.
Hay un hermoso dicho kurdo que lo plasma a la perfección. Dice: “París es azúcar, pero el hogar es más dulce”. Así pues, los hogares son verdaderamente dulces.
Las personas refugiadas no son la causa del desplazamiento. Son una consecuencia del mismo.
El desplazamiento, debemos admitirlo y reconocerlo, suele reflejar el fracaso de la comunidad internacional a la hora de resolver el conflicto y mantener la paz.
Con demasiada frecuencia, solo nos movilizamos después de que las personas han huido. Rara vez invertimos suficiente energía diplomática y voluntad política para prevenir las crisis que obligan a las personas a huir en primer lugar.
La acción humanitaria salva vidas.
La protección salva vidas.
Pero solo la paz aborda las causas fundamentales del desplazamiento.
Cuando estalla un conflicto, las mujeres y las niñas suelen soportar la carga más pesada.
Se enfrentan a un mayor riesgo de sufrir violencia, explotación y abusos. A menudo son ellas quienes deben sacar adelante a sus familias y comunidades en las circunstancias más difíciles. Sin embargo, una y otra vez demuestran un liderazgo y un valor extraordinarios.
Su protección, su empoderamiento y su inclusión deben seguir siendo el eje central de todo lo que hacemos.
Colegas, señoras y señores,
Al rendir homenaje al legado de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, también debemos ver hacia el futuro.
La Convención es clara al encomendar a ACNUR la protección de las personas refugiadas y la prestación de asistencia vital, pero también nos obliga a ayudar a los refugiados a encontrar soluciones.
La protección debe seguir siendo siempre nuestra base. Pero debemos hacer igual hincapié en promover soluciones duraderas, tal y como exige la Convención.
Debemos pasar de gestionar el desplazamiento de forma indefinida a resolverlo, de manera colectiva.
Esta convicción es el núcleo de la visión 50 by 35 de ACNUR: ayudar a millones de personas desplazadas a acceder a soluciones, reduciendo a la mitad, para 2035, el número de personas refugiadas atrapadas en situaciones de desplazamiento prolongado y dependientes de la asistencia humanitaria.
Las soluciones que ayudan a las personas refugiadas a ir más allá de la mera supervivencia para reconstruir sus vidas – mediante el retorno voluntario o la integración local – son hitos importantes para alcanzar soluciones y superar la asistencia humanitaria.
Hace setenta y cinco años, el mundo hizo una promesa.
Hoy, nuestra responsabilidad es mantener viva esa promesa. ‘La Promesa’»: un compromiso renovado con los valores que inspiraron esta Convención.
Afirmar nuestra humanidad compartida.
Reconocer nuestra responsabilidad compartida.
Apoyar a nuestros semejantes que se ven forzados a huir. Apoyar a los refugiados.
Y garantizar que esta extraordinaria promesa siga protegiendo a las personas que necesitan protección.
Ese es el legado de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados. Eso es lo que ACNUR —con tu ayuda— se compromete a cumplir.
Gracias.