Lideresas refugiadas apoyan a personas incluso tras los terremotos en Venezuela
Lideresas refugiadas apoyan a personas incluso tras los terremotos en Venezuela
Esperanza, refugiada colombiana, lidera iniciativas comunitarias para apoyar a familias en Venezuela.
Esperanza* estaba en su casa en El Junquito, una zona montañosa que se asoma sobre Caracas, a 40 minutos de la ciudad, cuando el suelo empezó a mecerse. No hubo aviso. Solo ese instante en que las paredes, los muebles, la taza que quedó a medio camino de la mesa, empezaron a moverse todos a la vez. Como si la tierra hubiese decidido, sin consultarle a nadie, recordarle al mundo lo poco que dura lo que se construye con las manos.
“La naturaleza no te va a decir: ‘Mira, voy a hacer esto’”, comenta Esperanza, a quien todavía se le nota en la voz lo duro de ese momento. “Pasó mucho dolor, mucha tristeza. Traté de quedarme en un lugar seguro y vi cómo tierra de la montaña se venía abajo. Ahí pensé: Dios mío, ¿qué pasó?”.
El 24 de junio, la costa norte de Venezuela sufrió un doblete sísmico de más de 7 grados, que dejó a más de 6.400 personas fallecidas, más de 17.000 sin hogar y miles de viviendas afectadas, de acuerdo con los datos del Gobierno al 17 de agosto de 2026. Aunque el mayor impacto se registró en el estado La Guaira, donde ACNUR apoya la respuesta con servicios de protección y atención psicosocial, el desastre también afectó a comunidades como la de Esperanza, en el vecino estado Miranda.
No fue la primera vez que Esperanza reaccionaba ante una emergencia. Lo hizo el día que la violencia y el conflicto la obligaron a salir de Colombia hace años, con la incertidumbre de quien no sabe qué deparará en su futuro. Para ella, dejar atrás toda una vida construida con sus hijos no solo significó buscar un nuevo lugar donde vivir o a quién pedirle ayuda, sino volver a imaginarse un futuro cuando el presente todavía temblaba. Por eso, cuando la tierra se movió esta vez, Esperanza no pensó primero en ella.
“No podía dejar a las personas solas. Había muchísima gente en la calle y sabía que muchos me conocían. Lo primero fue salir a ver cómo estaban. Yo amo este país porque este país me acogió a mí y a mis hijos”.
Equipos de ACNUR recorren comunidades afectadas por los terremotos en Venezuela para identificar necesidades urgentes y fortalecer la respuesta humanitaria.
Venezuela tiene una larga historia de acogida. Durante años, miles de personas que huyeron de conflictos, violencia o persecución encontraron en el país un lugar seguro para rehacer sus vidas. Hoy, muchas de ellas, junto con miles de venezolanos que han retornado, forman parte de las comunidades afectadas por los terremotos.
“Las personas refugiadas no solo encontraron protección en Venezuela; también encontraron comunidades solidarias en las que han construido vínculos, amistades y un profundo sentido de pertenencia”, señala Rafael Zavala, Oficial de Protección en ACNUR Venezuela. “Por eso, cuando llegó la emergencia, muchas de ellas decidieron actuar. Ayudaron a sus vecinos, organizaron iniciativas solidarias y apoyaron a quienes más lo necesitaban. Es en momentos como estos cuando la solidaridad y la resiliencia de las comunidades se hacen más visibles”. ACNUR apoyó al Estado venezolano en la creación de un sistema nacional de protección internacional que reconoce y protege a las personas refugiadas que han huido de sus países en busca de protección. Esperanza fue una de ellas.
En los días que siguieron a los terremotos, mientras el país entero intentaba todavía calcular el tamaño del daño, Esperanza no doblegó su convicción de ayudar. Rápidamente se organizó para identificar qué necesitaban las familias, conectando a la comunidad con la información que llegaba de las organizaciones humanitarias, incluyendo ACNUR, enseñando a coser a mujeres que, como ella alguna vez, necesitaban una forma de generar ingresos desde cero.
“Perder todo y empezar desde cero no es fácil. Se queda el miedo, se queda la angustia. A veces hace falta un abrazo, hace falta alguien que te escuche”, añadió.
Esperanza encontró en la costura una forma de reconstruir su vida y hoy comparte ese conocimiento con otras mujeres.
A varios kilómetros de ahí, en Tacarigua de Mamporal, en el estado Miranda, Zoraida Tapias recibió la alerta en el teléfono apenas unos segundos antes de que todo empezara a moverse.
“Todo rebotaba, todo adentro se movía. Los árboles, todo saltaba. Hasta a uno mismo lo empujaba de un lado a otro”, recuerda la mujer de 31 años recordando los segundos que duraron los terremotos.
Salió corriendo con su hijo. Afuera, la calle entera compartía el mismo miedo: se fue la luz, la gente iba de un lado a otro sin saber bien hacia dónde, algunos gritaban, otros no se animaban a volver a entrar a sus casas. Zoraida esperó horas sin noticias de su esposo y su hijo menor, hasta que por fin llegaron asustados.
Dos paredes de su casa quedaron dañadas, una de ellas en el baño, dejándolo expuesto al exterior. “Tengo miedo todo el tiempo”, asegura. “El miedo siempre está ahí. Pero la idea es seguir avanzando”, expresa con resignación, pero con convicción de mirar hacia adelante, como ya lo hizo una vez.
Zoraida llegó a Venezuela en 2014, huyendo con su familia de una zona de Colombia marcada por el conflicto. Durante años, lo único que la identificaba era su cédula colombiana, un documento que, en la práctica, la dejaba sin acceso pleno a servicios, sin poder resolver trámites que para cualquier otra persona podrían ser simples.
Zoraida, refugiada colombiana y promotora comunitaria, reconstruye su hogar tras los terremotos en Venezuela.
Eso cambió cuando se acercó a una red comunitaria acompañada por ACNUR. Ahí recibió orientación sobre el proceso de asilo, obtuvo su condición de refugiada, y, poco a poco, empezó a involucrarse en el trabajo comunitario.
“Al principio participaba como asistente… luego me uní a la red”. Hoy es promotora comunitaria. Incluso luego de estar afectada por los terremotos, Zoraida identifica necesidades, conecta a personas con apoyo, hace el trabajo silencioso que sostiene a una comunidad entera sin que casi nadie lo note. Con apoyo de ACNUR, abrió una pequeña cuenta bancaria, montó un negocio de víveres y charcutería, y va día a día reconstruyendo la estabilidad que la vida le ha quitado en varias ocasiones. “Poco a poco, voy saliendo adelante”.
Para quienes ya cargan con el peso del desplazamiento, un desastre natural puede reabrir heridas que nunca terminaron de cerrar. Pero también puede sacar a la luz redes de solidaridad que ya existían mucho antes de que la tierra temblara, redes tejidas con paciencia, con cercanía, con años de liderazgo silencioso.
“La inclusión de las personas refugiadas no solo brinda protección, es una inversión en comunidades más fuertes y resilientes. Cuando las personas desplazadas tienen la oportunidad de participar y contribuir, se convierten en actores clave para afrontar desafíos colectivos y apoyar la recuperación en tiempos de crisis”, agrega Zavala.
Esperanza sigue apoyando a quienes hoy viven en campamentos transitorios o que tienen sus viviendas afectadas, segura de que de manera conjunta podrán superar cualquier obstáculo.
"Yo sé que sí se puede. Se pueden hacer muchas cosas”.
*Nombre cambiado por motivos de protección.