De niño refugiado en Mozambique a director de escuela en Estados Unidos

El reasentamiento le dio a Bertine Bahige la oportunidad de tener una nueva vida. El antiguo refugiado congoleño no se hubiera imaginado que algún día llamaría a Wyoming su hogar.

Bertine Bahige, de 38 años, en la escuela primaria Rawhide en Gillette, Wyoming, donde trabaja como director.
© ACNUR / Cynthia Hunter

Creciendo en Bukavu, en la República Democrática del Congo (RDC), Bertine Bahige estudiaba con el deseo de convertirse en doctor. A los 13 años, él tenía su vida solucionada. O por lo menos eso pensaba.

Pero todo cambió el día que el grupo rebelde Mai Mai atacó su ciudad al este de RDC, yendo de puerta en puerta para secuestrar nuevos reclutas.

“Fue lo más difícil”, dijo Bertine, recordando con la voz temblorosa. “Mirar a mis padres a los ojos sabiendo que estaba a punto de ser separado de todo lo que conocía en mi vida”.

Bertine pasó dos años cautivo. Él estaba aterrorizado de ver cómo los niños se asustaban entre sí. “Tenías que ser despiadado para poder continuar avanzando”, dijo Bertine. “No es quien soy yo”. No podía soportar la violencia, así que decidió escapar. “Sabía que ese podía ser mi final, pero no tenía otra opción”, dijo.

“Recibí la oportunidad de tener una nueva vida, y yo quería aprovecharla al máximo”.

Su trayecto lo llevó a miles de kilómetros de su hogar, cruzando el lago Tanganyga en el bote de un pescador, que amablemente le permitió abordar sin costo y escondido en la parte trasera de un camión lleno de pescados. Durante tres días, eso fue todo lo que Bertine comió. “Fue mi primera comida gourmet en mucho tiempo”, dijo Bertine con su invencible optimismo.

Agotado y a punto de desmayarse, Bertine colapsó bajo un árbol. Cuando se despertó, vio a su alrededor personas hablando un idioma que no podía comprender. Él ni siquiera sabía en qué país estaba. Bertine estaba en Mozambique. Allí pasó cinco años en el campamento de refugiados de Maputo, administrado por ACNUR.

El joven refugiado estaba especialmente preocupado por continuar con su educación, pero no había una escuela secundaria en el campamento. Después de algunas entrevistas, a Bertine le dijeron que sería “referido para reasentamiento”, pero no tenía idea de lo que significaba.

Menos del 1% de los refugiados fueron reasentados a un tercer país en 2017. Treinta y cinco países en todo el mundo son parte del programa de reasentamiento del ACNUR. En años recientes, Estados Unidos ha sido el principal país de reasentamiento de refugiados, seguido por Canadá, Australia y los países nórdicos.

  • El ex refugiado congoleño Bertine Bahige, de 38 años, y su hija Giselle, de 8, en el museo Guggenheim durante una visita a Nueva York.
    El ex refugiado congoleño Bertine Bahige, de 38 años, y su hija Giselle, de 8, en el museo Guggenheim durante una visita a Nueva York.  © ACNUR / Marta Martínez
  • Bertine Bahige, ex refugiado congoleño reasentado en Estados Unidos, habló en el evento para marcar el Pacto Mundial sobre los Refugiados en la sede de la ONU en Nueva York.
    Bertine Bahige, ex refugiado congoleño reasentado en Estados Unidos, habló en el evento para marcar el Pacto Mundial sobre los Refugiados en la sede de la ONU en Nueva York. © ACNUR / Andrew Kelly
  • Bertine Bahige, de 38 años, y sus dos hijos en su hogar en Gillette, Wyoming, preparándose para el día escolar.
    Bertine Bahige, de 38 años, y sus dos hijos en su hogar en Gillette, Wyoming, preparándose para el día escolar.  © ACNUR / Cynthia Hunter

En 2004, Bertine llegó a Baltimore, en Maryland, Estados Unidos. Apenas se bajó del avión, buscó los rascacielos que tanto había imaginado, pero no vio ninguno. Dentro de sí, corrió una cálida sensación: “Ahora estoy a salvo”.

El primer empleo de Bertine fue en Burger King, donde empezó sacando la basura y progresivamente llegó a ser cajero. “Siempre me reto a cosas nuevas”, dijo Bertine. “Recibí la oportunidad de tener una nueva vida, y yo quería aprovecharla al máximo”.

Luchando con tres empleos, Bertine entró a la universidad comunitaria, donde no perdía clases. Como no tenía un auto, tenía que recorrer 10 kilómetros en bicicleta para llegar a sus clases nocturnas.

A Bertine le iba tan bien en sus clases, que le ofrecieron una beca para estudiar en la Universidad de Wyoming. Casi no sabía nada del estado rural y cuando le contaba a sus amigos, todos le entendían mal y preguntaban: “¿Vas a Miami?”.

“Todo lo que piden las personad refugiadas es una oportunidad”.

Pero pronto, Wyoming se convirtió en su hogar. Conoció a su esposa en la universidad y después de graduarse en matemáticas y enseñanza de las matemáticas, se convirtió en maestro de secundaria. Ahora tiene dos hijos y es el director de la escuela primaria de Rawhide.

“Este país se arriesgó con alguien que no tenía nada, y me ha bendecido por ser quien soy”, dice Bertine. “Lo considero como mi deber cívico, mi responsabilidad, el retribuir de esta manera”.

En una reciente visita a Nueva York, Bertine llevaba un sombrero negro con rayas amarillas y púrpuras y dos grandes C cosidas en el frente. Es el logotipo de la escuela secundaria donde enseñó matemáticas durante 10 años y donde aún es entrenador de futbol después de la escuela. “Necesitaba traer algo de casa”, dice.

Bertine estuvo en Nueva York para compartir su historia en la sede de las Naciones Unidas en apoyo de un nuevo acuerdo mundial, conocido como el Pacto Mundial sobre Refugiados, que apunta a fortalecer el apoyo para las personas refugiadas y los países que les acogen. Entre las soluciones que promueve el nuevo acuerdo, hay más oportunidades de reasentamiento, como la que tuvo Bertine.

“Hay una cierta confusión sobre quiénes son los refugiados y lo que están pidiendo: todo lo que piden las personas refugiadas es una oportunidad”, dice Bertine. “Hay tendencia a verlo como ¿Cuánto me va a costar eso? Pero nunca lo vemos desde el otro lado: ¿Qué pueden aportar los refugiados? ¿Cómo pueden enriquecer a nuestra comunidad?”.

Debido a lo que pasó cuando era niño, Bertine disfruta mucho trabajar con niños en riesgo y puede conectarse con ellos a un nivel más profundo que un maestro regular.

“Nunca lo vemos desde el otro lado: ¿Qué pueden aportar los refugiados? ¿Cómo pueden enriquecer nuestra comunidad?”.

“Entiendo por lo que han pasado, lo que es no tener comida, pensar que eres tú contra el mundo entero, no entender inglés”, dice. “Pero también entiendo que esa es una oportunidad para mostrarles que los entiendo, que vamos a trabajar juntos paso a paso, que realmente pueden ser exitosos”.

Sus antiguos alumnos a menudo regresan, incluso años después, pidiéndole consejo o buscando ayuda con algo con lo que están luchando. En las redes sociales, ellos son sus mayores seguidores y siempre comparten comentarios entusiastas sobre él.

En el museo Guggenheim, Bertine discute una pintura abstracta con su hija Giselle, de ocho años. La niña ve una mariposa rosa y amarilla con las alas abiertas, mientras que Bertine cree que se parece más a una ostra. El ex refugiado se regocija de cómo el arte despierta la imaginación. “Podemos estar mirando lo mismo y ver algo completamente diferente”, agrega.

Pintura tras pintura, se embarca en conversaciones con su hija para conocer su punto de vista y responder sus preguntas. Incluso como turista, Bertine no puede evitar sacar al maestro que lleva adentro.