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La vida en desplazamiento sigue siendo una lucha, ya que el alto el fuego en el Líbano apenas ofrece un respiro

Historias

La vida en desplazamiento sigue siendo una lucha, ya que el alto el fuego en el Líbano apenas ofrece un respiro

19 Mayo 2026 Disponible también en:
Vista de un patio en un edificio escolar con ropa tendida en cuerdas que salen por las ventanas

Una escuela de Trípoli, al norte del Líbano, es una de las muchas del país que sirven de albergues colectivos para familias desplazadas.

Una cuerda con ropa tendida, que se mueve suavemente con el calor de principios de primavera, cuelga donde antes se encontraba el pizarrón de un salón de clases. En lugar de pupitres, hay filas de colchones. A través de las delgadas mamparas, las voces se transmiten de un espacio familiar a otro: múltiples vidas se han visto comprimidas en un solo salón de clases de la Escuela Pública Raml El Zarif, en Hamra, Beirut.

Casi un mes después de que se anunciara un frágil alto el fuego, así sigue siendo el desplazamiento en el Líbano: no una emergencia que ha pasado, sino una que continúa, en silencio, de forma desigual y sin resolución. Alrededor de 130.000 de las más de un millón de personas que se han visto forzadas a huir de sus hogares se alojan en albergues colectivos, la mayoría de los cuales son escuelas.

“Huimos de Dahieh y nos desplazamos hasta aquí”, cuenta Qassem Reda, recordando cómo su familia escapó de los intensos bombardeos aéreos en los suburbios del sur de Beirut. Como muchos otros, su viaje en busca de protección fue apresurado e incierto. Algunas familias pasaron días en la carretera; otras llegaron con nada más que la ropa de invierno que llevaban puesta.

Cuando se anunció el alto el fuego, surgió una oleada de esperanza. Muchas familias intentaron regresar, o al menos intentaron comprobar el estado de sus hogares. Pero esos esfuerzos fueron a menudo efímeros. “Volvimos por un día”, cuenta Ghadir Houjaj, quien huyó del sur. “Pero no nos pareció que la situación fuera lo suficientemente estable como para quedarnos. Hay tanta destrucción, y el ruido de los bombardeos y los drones sobre nuestras cabezas era insoportable… así que regresamos aquí”.

Es un patrón que se repite en todo el Líbano: regresos cautelosos seguidos de nuevos desplazamientos. Incluso tras el alto el fuego, la inseguridad, los artefactos explosivos sin detonar y la destrucción generalizada han impedido que la población regrese a sus hogares. Decenas de miles de viviendas han resultado dañadas o destruidas, mientras que el acceso al agua, a la electricidad, a la asistencia médica y a las escuelas sigue siendo limitado o se ve interrumpido.

Multitudes de personas se concentran en una calle de la ciudad entre edificios y vehículos dañados, a través de una cortina de humo

Las zonas residenciales de Beirut sufrieron graves daños en los ataques aéreos de principios de abril de 2026.

Aunque Beirut ha estado más tranquila en los últimos días, algunas zonas del sur del Líbano y de la Bekaa Occidental siguen sufriendo casi a diario ataques aéreos, demoliciones y destrucción por parte de Israel, lo que afecta a las viviendas y a las infraestructuras civiles y hace que el regreso sea difícil, peligroso o imposible.

Para personas como Yusuf Qbeissi, de Nabatieh, volver a casa en un futuro próximo no es una opción. Este militar retirado, que pasó años construyendo su casa, regresó y la encontró gravemente dañada. “Invertí los ahorros de toda mi vida en ella hace menos de cinco años”, comparte. “Ahora todas las paredes están agrietadas. No puedo arriesgar la vida de mi familia volviendo ahí. Y reparar la casa costará dinero que no tengo”.

Ahora se aloja en una escuela del norte, donde pasa los días cuidando pequeñas parcelas de tierra en el patio de la escuela, cultivando tomillo y romero, en un intento por recuperar un sentido de propósito en medio de la incertidumbre.

Plantas aromáticas jóvenes plantadas en hileras bajo un muro elevado que da al patio del edificio

El jardín de hierbas aromáticas de Yusuf da al patio de la escuela en el norte del Líbano, donde vive actualmente con su familia.

Han pasado casi dos meses y medio desde que comenzó la última escalada militar. La vida dentro de los albergues colectivos, como el aula reconvertida de la escuela Raml El Zarif, se caracteriza por el hacinamiento y la falta de intimidad, ya que las escuelas nunca se construyeron para acoger a cientos de familias. La vida aquí es un mundo de contrastes: nacen bebés junto a personas que lloran la pérdida de seres queridos asesinados en el conflicto.

Muchas personas han tenido que desplazarse repetidamente en las últimas semanas. Algunas, entre ellas personas refugiadas sirias que huyeron de su país hace 14 años para buscar protección en el Líbano, dicen que han perdido por completo la cuenta. “No me alcanzan los dedos”, señala una mujer que intenta recordar cuántas veces ha sido desplazada.

El apoyo de ACNUR y sus socios, incluida la instalación de tabiques y las reparaciones en cientos de alojamientos, ha ayudado a recuperar algo de dignidad. “Ahora hay una gran diferencia”, asegura Ghadir. “Menos ruido, más privacidad. Incluso podemos acoger a familiares que también se han visto desplazados”. Pero estas mejoras no cambian la realidad de que las personas no pueden volver a la intimidad de sus propios hogares. A medida que suben las temperaturas, el calor y la mala ventilación se están convirtiendo también en preocupaciones urgentes.

Un hombre vestido con una camiseta azul y pantalones negros se asoma a la puerta de una habitación dividida con marcos de madera y láminas de plástico de ACNUR

Un miembro del personal de ACNUR habla con una familia en su habitación recién dividida dentro de un albergue colectivo en una escuela del norte del Líbano.

Muchas familias tampoco tienen una fuente de ingresos. Maha, de 48 años, de Srifa, en el sur, perdió tanto su casa como el taller de soldadura de su esposo en los ataques aéreos. “No nos queda nada”, cuenta. “Hay muchas personas enfermas [aquí], muchas necesidades. La vida es muy dura y no hay trabajo”. Su hija trabaja ahora en la cocina del albergue para ayudar a la familia a sobrevivir.

El impacto psicológico es particularmente visible entre la niñez. “Cuando entro al salón de clases en la escuela [en mi lugar de origen], voy a estudiar”, comparte Zahraa, de 12 años. “Aquí entro al salón de clases para dormir y vivir lejos de casa porque no es seguro volver”. Se encuentra refugiada en otro salón de clases, en la Escuela Pública Al Basta, que está a solo 15 minutos en coche de su casa. Pero su barrio en Beirut también ha sufrido graves daños. “No hay electricidad, ni agua, ni internet para su educación en línea”, cuenta su madre, Fátima. “Siento que no puedo respirar. Extraño nuestro hogar”.

En otro salón de clases, un grupo de mujeres se sienta en círculo durante una sesión de apoyo, compartiendo sus miedos y practicando ejercicios de respiración para lidiar con el estrés y el trauma. Para muchas, estas sesiones son el único lugar donde pueden hablar abiertamente. Sentada cerca, Nawal decide no participar. “Prefiero guardar mis historias en mi corazón”, dice en voz baja, sosteniendo su teléfono.