A medida que disminuye la ayuda, el trabajo legal ofrece esperanza a las personas refugiadas en Tailandia
A medida que disminuye la ayuda, el trabajo legal ofrece esperanza a las personas refugiadas en Tailandia
No Zan (a la izquierda) y Ja Mar (a la derecha), una pareja de refugiados de Myanmar, en la obra en la que ahora trabajan legalmente en el centro de Tailandia.
A las 7:30 de la mañana, en una extensa obra en construcción en el centro de Tailandia, Ja Mar, de 33 años, y No Zan, de 47, se alinean junto a otros 2.000 trabajadores. La pareja, vestida con uniformes azules, participa en una rutina de estiramientos dirigida por el jefe de obra. Esta actividad marca el comienzo de una nueva jornada laboral y un paso más hacia la estabilidad de su familia.
“La motivación para trabajar es que tenemos una familia numerosa”, explica Ja Mar. “Era difícil llegar a fin de mes en el campamento. Nuestro objetivo es mantener a nuestra familia y pagar la educación de nuestros hijos”.
Ja Mar y No Zan se encuentran entre los 60 refugiados de Myanmar contratados para trabajar legalmente en la obra, una oportunidad que, hasta hace poco, no existía. El trabajo los ha alejado más de 600 kilómetros de sus hijos, cinco de los cuales siguen viviendo juntos en el campamento de Mae La, al norte, el mayor de los nueve campamentos de refugiados que hay a lo largo de la frontera entre Tailandia y Myanmar. La separación es dura, pero la decisión se basó en la esperanza de un futuro mejor.
“Estoy feliz de que hayamos encontrado una manera de mejorar la situación de nuestra familia”, expresa Ja Mar, quien dirige un equipo de desmontaje de andamios en el lugar, mientras que No Zan dirige un equipo de limpieza. “Mis hijos van a la escuela con más facilidad que antes. Necesitan educación para su futuro. Pero no están muy felices de estar lejos de nosotros”.
Una oportunidad largamente esperada
Ja Mar llegó a Tailandia cuando era un niño, después de que su madre huyera de la violencia que destruyó su ciudad, mientras que No Zan cruzó la frontera a los seis años, en busca de protección con su familia. Desde entonces, han vivido en el campamento de Mae La. Durante décadas, las personas refugiadas como Ja Mar y No Zan estuvieron confinadas en gran medida dentro del perímetro del campamento.
No tenían derecho legal a trabajar y solo se les permitía salir en circunstancias limitadas, como para recibir tratamiento médico o acudir a citas legales, explica Thanakorn Khansai, Jefe Adjunto del Distrito y Jefe del Grupo de Asuntos Administrativos del Distrito de Tha Song Yang, en la provincia de Tak.
“La mayoría de ellos, si es que trabajaban, tenían empleos modestos o realizaban tareas agrícolas ligeras en un área limitada”, comenta Thanakorn. “Por lo tanto, dependían de la ayuda de las organizaciones para satisfacer sus necesidades alimentarias, de salud y de otro tipo”.
Este sistema, que llevaba mucho tiempo en vigor, se vio sometido a una gran presión a principios de 2025, cuando se redujo considerablemente la financiación humanitaria mundial y se dispuso de poco tiempo para adaptarse, lo que dejó a casi 80.000 personas refugiadas en los nueve campamentos ante un futuro sin la asistencia vital de la que habían dependido durante décadas.
Después de años de defensa constante por parte de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, sus socios y la sociedad civil, esta crisis, junto con la escasez de mano de obra en Tailandia, llevó a un cambio histórico en las políticas.
El 26 de agosto de 2025, el Gobierno Real de Tailandia adoptó una resolución que permite que las personas refugiadas mayores de edad que viven en los nueve campamentos puedan trabajar legalmente a partir del 1 de octubre de 2025. Ahora los refugiados pueden trabajar en 43 de las 77 provincias de Tailandia y en la mayoría de los sectores.
Los trabajadores, entre quienes se encuentran refugiados de Myanmar, mueven los postes de los andamios en la obra.
Aunque la resolución solo aplica a las personas refugiadas registradas que viven en los campamentos y, en principio, va a durar un año, podría convertirse en un punto de referencia regional para soluciones basadas en derechos para las situaciones de la población refugiada. Es un ejemplo de las políticas inclusivas que pueden permitir que las personas refugiadas sean autosuficientes y reduzcan su dependencia a largo plazo de la ayuda humanitaria.
Después de obtener permiso del Gobierno Tailandés, las empresas interesadas en contratar a personas refugiadas pueden visitar los nueve campamentos y reclutar a los trabajadores interesados.
“Hemos descubierto que cuando organizamos reuniones presenciales entre los empleadores y los refugiados [en los campamentos], ambas partes se sienten más cómodas entre sí”, afirma Kriwut Tantikanedi, especialista sénior en materia laboral del Departamento Provincial de Empleo de Tak. Las personas refugiadas pueden preguntar a los empleadores sobre salarios, alojamiento, asistencia médica y otras condiciones antes de decidirse a firmar.
Ja Mar y No Zan formaron parte del primer grupo de refugiados que solicitaron un empleo y ahora disfrutan de los mismos derechos laborales que los demás trabajadores legales de Tailandia, incluidos los salarios, la cobertura médica y las protecciones en el lugar de trabajo.
El impacto ya se está sintiendo en Mae La, donde Ha Se Nar, la hija de 19 años de Ja Mar y No Zan, cuida de sus hermanos menores y de su hijo mientras sus padres trabajan.
Antes, la familia sobrevivía gracias a las ayudas y a ingresos irregulares. Ja Mar se arriesgaba a ser descubierto trabajando en empleos informales fuera del campamento, mientras que No Zan vendía comestibles para un vendedor ambulante. A veces solo ganaban 150 baht (4,80 dólares estadounidenses) al día entre los dos. Ahora cada uno gana 375 baht (12 dólares estadounidenses) al día, lo suficiente para poner comida en la mesa y cubrir los gastos escolares.
“Estoy feliz de que hayan conseguido un trabajo”, comenta Ha Se Nar. “Desde que tienen trabajo, las cosas han mejorado un poco. Cocino lo que a los niños les gusta comer”.
Del campamento a la obra
Aunque al principio les preocupaba el trato que recibirían debido a su condición de refugiados, Ja Mar y No Zan afirman que la transición al trabajo ha sido estructurada y ha contado con apoyo.
“Cuando vine a trabajar aquí por primera vez desde el campamento, el gerente de la empresa lo preparó todo”, cuenta Ja Mar. “Nos brindan alojamiento, pero nosotros nos encargamos de nuestra propia comida. Nos explicaron las normas del lugar de trabajo y de los dormitorios. Si sigues las normas, todo va bien”.
La jornada laboral es estructurada y larga. Los trabajadores hacen fila a las 7:30 a.m., comienzan alrededor de las 8:00 a.m., hacen una pausa para almorzar al mediodía y terminan a las 5:00 p.m. A veces hacen horas extras si están dispuestos. Trabajan seis días a la semana y descansan los domingos.
“Cuando empecé, era agotador”, admite Ja Mar, “pero me acostumbré, ya había tenido trabajos duros antes”.
Lo más importante es que el empleo legal les ha proporcionado una nueva sensación de seguridad.
“Cuando recibí mi permiso de trabajo, sentí que ya no habría más dificultades para nosotros”, cuenta. “Podíamos trabajar de forma segura en el lugar de trabajo. Trabajar junto a los tailandeses, los jefes de equipo, nos enseña lo que necesitamos saber. Nos tratan bien y no nos discriminan”.
Un camino a seguir
Desde la perspectiva del gobierno del distrito, permitir que las personas refugiadas trabajen es una de las pocas vías viables para avanzar.
“La primera opción es ir a un tercer país, lo que cada vez es menos factible”, señala Thanakorn. “La segunda es regresar a su país de origen, pero la situación en Myanmar no es buena en este momento. La tercera, en la que estamos trabajando actualmente, es intentar integrarlas en la sociedad tailandesa permitiéndoles trabajar”.
Pero el camino no es sencillo ni está garantizado. Muchas personas refugiadas han vivido en los campamentos toda su vida, por lo que adaptarse al mundo exterior a veces resulta difícil. Casi todas tienen barreras lingüísticas y culturales que deben superar. Salir del campamento tampoco es una decisión fácil para quienes tienen otras responsabilidades, como cuidar de sus hijos u otras personas dependientes. Por otra parte, los trámites necesarios para que los empleadores contraten a personas refugiadas siguen siendo complejos y engorrosos.
“Estamos coordinando con la oficina del distrito, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Salud Pública y ONG tanto dentro como fuera de los campamentos”, comenta Kriwut. “Juntos, estamos recopilando ideas para elaborar un manual que explique las leyes básicas tailandesas, los derechos y prestaciones de los trabajadores, y ofrezca orientación sobre cómo vivir y organizar la vida en la sociedad tailandesa. Nuestra colaboración con ACNUR se centra en la creación de este manual, y ACNUR actúa como canal clave para llegar a las personas que se encuentran en los centros de acogida”.
No todas las personas refugiadas han sido tan afortunadas como Ja Mar y No Zan. Se han recibido informes de personas refugiadas que han sido maltratadas por algunos empleadores y que, finalmente, han regresado a los campamentos.
No Zan y Ja Mar caminan juntos hacia la obra.
“Solo ve a trabajar después de conocer todos los detalles”, aconseja Ja Mar. “Si sales sin comprender la situación y te encuentras con malas personas, te enfrentarás a dificultades. Antes de firmar un contrato con un empleador, asegúrate de pensarlo detenidamente, hacer preguntas y hablar con la ONU”.
En última instancia, el sueño de Ja Mar y su familia es la libertad.
“La libertad es ser reconocido”, explica Ja Mar. “... Ser reconocido, y vivir y viajar libremente sin limitaciones. Esperamos tener libertad, ya sea en el campamento o en cualquier otro lugar. Si podemos tener esa oportunidad, beneficiará tanto a nuestros hijos como a nuestro futuro”.
Pero, por ahora, las necesidades inmediatas son lo primero: alimentarse regularmente, material escolar y un futuro en el que la supervivencia no dependa únicamente de la ayuda.