Para las familias que regresan al Líbano, su hogar está más cerca, pero sigue estando lejos
Para las familias que regresan al Líbano, su hogar está más cerca, pero sigue estando lejos
Fatima huyó de su casa en marzo y ahora vive con su familia en el aula de una escuela al sur del Líbano.
Cientos de miles de personas desplazadas en el Líbano han regresado a sus lugares de origen en las últimas semanas. Sin embargo, para muchos, entre ellos Fatima y su familia, que viven en un albergue colectivo en una escuela del sur del Líbano, su propio hogar sigue estando fuera de su alcance.
La situación actual de Fatima se caracteriza por la incertidumbre: ¿sigue en pie su casa? ¿Es seguro volver? Y si no lo es, ¿adónde irá su familia después?
Para Fatima, su hogar es Mayfadoun, un pueblo en el extremo sur del Líbano. “En toda mi vida, nunca había salido de Mayfadoun”, comparte.
Ahí tenía una casa de dos dormitorios construida con el dinero ganado tras años de cultivar tabaco. A su alrededor, plantó olivos, algarrobos y zumaques.
“Todos mis recuerdos felices están dentro de mi casa y en mi tierra”.
La casa era mucho más que un lugar donde vivir. Representaba años de sacrificio y la promesa de un futuro seguro para su hija. Entonces llegó el desplazamiento. No una ni dos veces, sino tres.
Desde marzo, Fatima, su esposo y su hija de 16 años han recorrido un sinuoso camino a través del Líbano: desde Mayfadoun, en el sur, hasta Charoun y Aley, en las montañas que dominan Beirut, y luego a Saida, en la costa. En cierto momento, sin ningún otro lugar adonde ir, durmieron en su auto.
Hoy viven en el aula de una escuela de Zifta, a solo 20 minutos en auto de su casa. La comida y sus pertenencias personales están acomodadas sobre los pupitres y los libreros. Con el nuevo curso escolar, es posible que pronto tengan que desalojar el lugar, pero no pueden permitirse otro alojamiento y no saben adónde irán después.
Con la llegada del nuevo curso académico, es posible que Fátima y su familia tengan que abandonar la escuela donde hoy se alojan.
Fátima solo ha podido volver brevemente a Mayfadoun desde que huyó, y lo que encontró confirmó sus peores temores. La casa que había tardado años en construir estaba parcialmente destruida. Sin embargo, antes de que la familia pudiera pensar en hacer reparaciones, se reanudaron los bombardeos.
Desde entonces, la posibilidad de volver se ha ido alejando cada vez más.
“Las [fuerzas] israelíes están apostadas en la montaña frente a nosotros. Tememos que, si nos dirigimos a nuestras casas, nos tomen como blanco”, señala.
Años de desplazamientos repetidos, el deterioro de la salud y el trauma han pasado una pesada factura a su familia.
Hoy, habla de querer vender la casa que tardó años en construir. No porque la quiera menos, sino porque el miedo se ha vuelto inseparable de la idea de volver. Sin embargo, incluso mientras contempla la posibilidad de desprenderse de ella, sus pensamientos se desvían constantemente hacia Mayfadoun, hacia el jardín que plantó y la vida que construyó ahí.
“Le pedimos a Dios que todo esto se calme y las personas puedan volver a sus hogares”.
Otras personas en todo el Líbano se encuentran en una situación similar. Algunas se alojan con familiares. Otras realizan visitas repetidas para evaluar los daños antes de regresar a alojamientos temporales en otros lugares. Esta es la realidad de los desplazamientos complejos.
Las familias, agotadas por meses y, para algunas, años de desplazamiento, están ansiosas por volver a casa. Sin embargo, la inseguridad persistente, las aldeas inaccesibles, los artefactos explosivos sin detonar, los barrios llenos de escombros y la destrucción generalizada hacen que el regreso sea imposible. Incluso para quienes logran regresar a sus comunidades, las infraestructuras dañadas y los medios de vida alterados dificultan retomar sus vidas anteriores.
Como resultado, lo que sobre el papel puede parecer un regreso es a menudo solo otra etapa de un viaje mucho más largo.
Una fila de vehículos civiles espera cerca de un punto de control en el sur del Líbano. La imagen documenta el movimiento de población, con residentes desplazados dirigiéndose a sus comunidades de origen tras los anuncios de alto el fuego.
La familia de Fátima no es la única. Para muchos, la cuestión ya no es solo si podrán volver sanos y salvos, sino si quedará algo cuando lo hagan.
A unas cuantas aulas de distancia, dos plantas de jalapeño descansan en el borde de una ventana. Para Leila, son un recuerdo de su pueblo, Taybeh, que aún lleva consigo.
“Esto es un jalapeño. Teníamos unos cuantos en casa, al sur”, cuenta con una sonrisa. “Es una tierra digna de admirar. Incluso el aceite de oliva del sur sabe diferente”.
Para Leila, Taybeh es parte inseparable de su identidad. Es la tierra que cultivaba su familia, los vecinos que se pasaban por casa sin avisar, las reuniones que se alargaban hasta bien entrada la noche y el cementerio donde descansan generaciones de seres queridos.
El desplazamiento ha supuesto verse separada no solo de su hogar, sino también de una parte de su identidad. “Nadie conoce ese sentimiento salvo quienes han sentido ese dolor”.
Huyeron por primera vez hace tres años, a Arzoun, más al norte a lo largo de la costa, donde pasaron un año y medio intentando construir una vida provisional. Finalmente, regresaron a casa, pero el conflicto les forzó a huir una vez más.
Tras buscar inicialmente protección en Beirut, ahora han encontrado resguardo en la escuela de Zefta, a menos de una hora de Taybeh.
Leila riega las plantas de chile en el borde de la ventana del aula de la escuela donde vive su familia.
“Estamos agotados, llevamos tres años desplazados”, asegura Leila. “Huyendo de un lugar a otro. Nuestro hogar cabe ahora en una mochila. No sabemos lo que es sentirnos a salvo y seguros”.
La casa a la que esperaban volver sufrió primero daños por un incendio y luego quedó completamente destruida.
Actualmente, no solo le preocupa dónde vivirán, sino también si toda una comunidad podrá recuperarse. Los sistemas de abastecimiento de agua, las clínicas, las panaderías y las infraestructuras que sustentaban la vida cotidiana han resultado dañadas o destruidas.
En muchos casos, la pérdida va mucho más allá de los hogares y las infraestructuras.
“Muchos de nuestros familiares, amigos y vecinos están desaparecidos; no sabemos nada de ellos”, señala Leila.
Durante años, el desplazamiento fue soportable porque venía acompañado de una certeza: que algún día terminaría.
En la actualidad, incluso esa certeza parece frágil.
“En el pasado, siempre teníamos la convicción de que volveríamos. Ahora nos enfrentamos a una gran incógnita”.