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Declaración del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, ante el Consejo de Seguridad de la ONU

Discursos y declaraciones

Declaración del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, ante el Consejo de Seguridad de la ONU

25 Septiembre 2026 Disponible también en:
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, pronuncia su discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en Nueva York.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, pronuncia su discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en Nueva York.

Señor Presidente,

Gracias por la oportunidad que me brinda de dirigirme al Consejo de Seguridad.

Desde hace más de dos décadas, este Consejo invita al Alto Comisionado para los Refugiados a informar sobre la situación mundial del desplazamiento forzoso y la situación de los refugiados y otras personas que se encuentran bajo el mandato de ACNUR.

Agradezco a Francia, en su calidad de presidente del Consejo este mes, la oportunidad de ofrecer mi primera exposición de este tipo como Alto Comisionado.

Hoy en día, más de 117 millones de personas se han visto forzadas a huir de sus hogares a causa de conflictos, violencia, persecución y otras amenazas a su seguridad.

Esto es importante porque el desplazamiento forzoso nos revela algo fundamental sobre el estado de nuestro mundo.

El desplazamiento está superando rápidamente a las soluciones.

Los conflictos se multiplican. Muchos se prolongan cada vez más. Las soluciones políticas siguen siendo difíciles de alcanzar. Y millones de personas que huyeron de lo que esperaban que fuera una crisis temporal se encuentran desplazadas durante años, a veces durante generaciones.

Esto no es solo un reto humanitario.

Es, fundamentalmente, un reto para la paz y la seguridad internacionales.

Y por eso este debate debe tener lugar aquí.

Señor Presidente,

Las organizaciones humanitarias se enfrentan cada día a las consecuencias de los conflictos.

Protegemos a las personas forzadas a huir. Apoyamos a innumerables países y comunidades que las acogen. Y trabajamos para ayudar a las personas a encontrar una solución al desplazamiento.

Pero los trabajadores humanitarios no pueden crear la paz.

La Carta confiere a este Consejo una responsabilidad única en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.

Esa responsabilidad reviste una importancia fundamental para los millones de refugiados, desplazados internos y apátridas a los que atiende el ACNUR.

Un alto el fuego que se mantenga puede permitir que una familia permanezca en su hogar. Un acuerdo de paz puede permitir que los refugiados regresen a sus hogares.

Señor Presidente,

Hoy lo vemos muy claramente en Sudán.

Sudán sigue siendo una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo. Millones de personas se han visto desplazadas tanto dentro como fuera del país.

Y durante mis primeros meses como Alto Comisionado, visité Chad, Kenia, Etiopía y Egipto, y conocí a refugiados sudaneses que habían huido de una violencia atroz.

También fui testigo de la extraordinaria solidaridad de los países que los acogen.

Estos países no pueden asumir solos las consecuencias de este conflicto. Hay que proteger a la población civil dentro de Sudán, y las organizaciones humanitarias necesitan un acceso seguro y sostenido.

Pero nada de esto cambia la realidad fundamental.

Mientras continúe esta guerra, la gente se verá obligada a huir de sus hogares.

La ayuda humanitaria puede mantener a las personas con vida. No puede dar a Sudán la paz que su población necesita para regresar y reconstruir el país.

No hay una solución militar al conflicto en Sudán. Es necesario que haya una tregua humanitaria y que se inicie realmente un diálogo serio, en el que participen también los civiles, para allanar el camino hacia una paz duradera.

Insto a este Consejo a que utilice su influencia —tanto de forma colectiva como individual— para ayudar a poner fin a este devastador conflicto.

En la República Democrática del Congo, varias generaciones han vivido ya ciclos de conflicto y desplazamiento. Su difícil situación se ve agravada aún más por la crisis del ébola.

Los niños nacen en situación de desplazamiento. Las familias huyen una y otra vez. Las comunidades intentan reconstruirse, solo para verse desarraigadas de nuevo.

El Acuerdo de Paz de Washington y la Declaración de Principios de Doha, que hacen referencia a mi mandato, ofrecen importantes oportunidades para lograr una mayor paz y estabilidad.

Me gustaría informar al Consejo de que, el 22 de junio, presidí la reunión ministerial tripartita sobre la repatriación voluntaria.

Desde ACNUR, estamos comprometidos a mantener ese proceso, con la esperanza de que culmine con éxito. Para las personas desplazadas, la verdadera prueba de cualquier proceso de paz es si cambia la situación sobre el terreno y si las personas pueden regresar en condiciones de seguridad, reconstruir sus vidas y tener la confianza de que no se verán forzadas a huir de nuevo.

Insto a este Consejo a que ayude a mantener ese impulso y respalde el cumplimiento de los compromisos ya adquiridos.

En Ucrania, la guerra sigue causando un enorme coste humano. Se sigue matando y hiriendo a civiles, se siguen destruyendo hogares e infraestructuras esenciales y se sigue desarraigando a familias.

Millones de personas siguen desplazadas dentro de Ucrania, mientras que otros millones han buscado refugio en otros países.

Visité Ucrania a principios de este año y fui testigo tanto de las consecuencias de la guerra como de la extraordinaria determinación de los ucranianos para reconstruir sus vidas.

Ucrania necesita paz. Y los ucranianos necesitan soluciones.

Pero la recuperación no puede esperar a que termine la guerra.

En el Sáhara Occidental, el desplazamiento persiste desde hace más de medio siglo.

Generaciones de refugiados saharauis han crecido en Tinduf y en los campamentos cercanos, enfrentándose a la incertidumbre y a perspectivas limitadas.

Hoy en día, las condiciones se deterioran y las necesidades humanitarias siguen sin contar con financiación suficiente. Pero, tras más de cincuenta años, gestionar el desplazamiento de forma indefinida no puede ser el baremo de nuestra ambición colectiva.

El statu quo es insostenible, inviable y, sinceramente, verdaderamente inhumano.

Existe una urgencia cada vez mayor por hacer avanzar esta situación. Hoy en día existen opciones que no existían hace años. Las soluciones deben partir de los propios refugiados, reconociendo sus diferentes aspiraciones y garantizando que tomen decisiones informadas y voluntarias sobre su futuro.

ACNUR está dispuesto a desempeñar su papel, basándose en los principios de protección y centrándose firmemente en soluciones prácticas que otorguen a los refugiados saharauis una auténtica capacidad de decisión sobre su futuro.

Estamos colaborando con el enviado especial del Secretario General, así como con Estados Unidos y otras partes interesadas, para contribuir a que este proceso avance.

Y mientras algunas crisis han persistido durante generaciones, otras corren el riesgo de convertirse en las crisis prolongadas del mañana.

La última escalada es también muy preocupante, sobre todo ante el agravamiento de la crisis humanitaria en Yemen, donde la población civil sigue siendo la más afectada por el conflicto.

Decenas de miles de personas ya se han visto desplazadas por la reciente escalada y las hostilidades, y miles de ellas huyen del conflicto en busca de seguridad en Yibuti y otros lugares, mientras se informa de que se están produciendo más cruces.

En respuesta a ello, ACNUR ha declarado una emergencia inicial de nivel 1 para Yemen, Yibuti y Somalia, lo que permite la rápida movilización de recursos y personal para ampliar nuestra respuesta mediante ayuda en efectivo, alojamiento y protección.

Me uno al Secretario General para pedir la liberación inmediata e incondicional de todo el personal de las Naciones Unidas y demás trabajadores humanitarios detenidos arbitrariamente por las autoridades de facto hutíes.

Señor Presidente,

La semana pasada estuve en Malí y Burkina Faso, donde más de cuatro millones de personas se encuentran desplazadas por la fuerza en toda la región, debido a la combinación de violencia, inseguridad, crisis climáticas e inseguridad alimentaria.

El desplazamiento no se detiene en las fronteras nacionales. Tampoco lo hace la inseguridad que lo provoca.

A lo largo de un amplio arco que se extiende desde el Cuerno de África hasta el Sahel, el terrorismo y el extremismo violento están ejerciendo una presión cada vez mayor sobre los Estados y las comunidades.

No se trata simplemente de amenazas regionales. Sus consecuencias para la paz y la seguridad, el desarrollo y los desplazamientos deben preocuparnos a todos.

Sé, por la experiencia de mi propio país, que hacer frente al terrorismo requiere una cooperación internacional sostenida. Y no se pueden perder los logros en materia de seguridad que tanto ha costado conseguir.

La comunidad internacional debe apoyar a los Estados a la hora de hacer frente a estas amenazas. Pero las respuestas en materia de seguridad por sí solas no garantizarán una estabilidad duradera. La seguridad y la protección no son objetivos contrapuestos. Deben reforzarse mutuamente.

El Sahel se encuentra en una encrucijada crítica. La situación es realmente urgente, pero también ofrece oportunidades.

Debemos apoyar a los Estados que se enfrentan a la inseguridad, al tiempo que invertimos en las personas y en soluciones, para que la crisis actual no se convierta en otra generación de conflictos y desplazamientos.

Y no debemos perder de vista la difícil situación de los rohingyas.

Más de 1,2 millones de refugiados rohingyas apátridas permanecen en Bangladesh, mientras que en Myanmar persisten el conflicto y los graves riesgos para su protección.

Más de nueve años después del desplazamiento masivo de 2017, toda una generación de niños rohingyas está creciendo en el exilio.

La solución a la crisis de los rohingyas está en Myanmar.

Actualmente no se dan las condiciones para un retorno voluntario. Pero eso no puede convertirse en una razón para aceptar el statu quo.

Insto al Consejo a que siga participando activamente en los esfuerzos por poner fin al conflicto y crear en Myanmar las condiciones que permitan a los refugiados rohingya regresar finalmente de forma voluntaria, segura y digna como ciudadanos del país.

Señor Presidente,

Estas situaciones son profundamente diferentes.

Pero ilustran la misma verdad fundamental.

Cuando la paz falla, las personas huyen.

Y cuando lo hacen, deben poder encontrar protección.

Hago un llamamiento a este Consejo: utilicen su influencia política para poner fin a los conflictos y sostener los procesos de paz. Protejan a la población civil y respeten el derecho internacional humanitario. Preserven el asilo y defiendan el principio de no devolución. Inviertan en soluciones desde el principio. Y apoyen a los países que acogen a los refugiados y a aquellos a los que regresan.

Esto constituye la esencia de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, cuyo septuagésimo quinto aniversario conmemoramos este año.

Hace setenta y cinco años, tras un mundo devastado por la guerra, las naciones establecieron un principio sencillo y vital: las personas obligadas a huir de la persecución serían protegidas y no serían devueltas al peligro.

Durante mis primeras misiones como Alto Comisionado, conocí a personas que cruzaron las fronteras no porque quisieran convertirse en refugiados, sino porque permanecer en su hogar se había vuelto imposible.

Para eso sirve el asilo.

Los Estados tienen derecho a gestionar sus fronteras. La Convención no menoscaba la soberanía de los Estados a la hora de aplicar sus normas. Es uno de los instrumentos de protección más prácticos que ha creado la comunidad internacional.

Y el asilo tiene otro propósito que resulta especialmente relevante para este Consejo.

El asilo es un puente hacia la paz.

Protege a las personas cuando la paz ha fracasado, al tiempo que preserva la posibilidad de que, cuando las condiciones lo permitan, puedan regresar a sus hogares de forma voluntaria, segura y digna.

Hoy en día, los sistemas de asilo se encuentran sometidos a una gran presión. Es necesario hacer frente a esas presiones. Pero no pueden convertirse en una razón para apartarnos de los principios fundamentales de la protección de los refugiados.

La Convención sobre los Refugiados ha perdurado durante setenta y cinco años y ha dado resultados para la humanidad porque su propósito fundamental sigue siendo necesario y porque ofrece una respuesta a los retos contemporáneos. Nuestra responsabilidad sigue siendo garantizar que estos principios se preserven y se apliquen de manera adecuada para que puedan hacer frente a los retos del futuro.

Señor Presidente,

Proteger a las personas cuando se ven obligadas a huir es indispensable.

La protección no es un objetivo en sí misma, y debe continuar hasta que se encuentren soluciones.

No podemos —ni debemos— aceptar como inevitable un sistema de desplazamiento permanente en constante expansión.

Los refugiados me han dicho una y otra vez que no quieren que sus vidas estén marcadas por el desplazamiento.

Ese es el objetivo de la visión “50by35”, que he puesto en marcha a principios de este año.

Nuestra ambición es reducir a la mitad, para 2035, el número de refugiados en situación de desplazamiento prolongado que siguen dependiendo de la ayuda humanitaria.

Es un objetivo ambicioso.

Reconozco que se trata de un objetivo muy ambicioso.

Y debe serlo.

Pero debemos reconocer que mantener a las personas con vida año tras año, mientras siguen sin poder reconstruir sus vidas, no puede ser nuestro objetivo final.

Cada contexto será diferente. Debemos ampliar las oportunidades de inclusión y autosuficiencia, al tiempo que aceleramos el avance hacia soluciones: el retorno voluntario cuando las condiciones lo permitan, vías de reasentamiento en terceros países y oportunidades de integración local o de estatus jurídico alternativo.

Y tenemos que trabajar de otra manera.

Los refugiados y los repatriados deben ser incluidos en los planes y sistemas nacionales de desarrollo. La financiación para el desarrollo debe apoyar a las comunidades de acogida y a los países de retorno.

Y las soluciones deben formar parte de la recuperación y la consolidación de la paz desde el principio, no como una idea de última hora.

Lo he comprobado recientemente en Siria.

Desde diciembre de 2024, unos 3,8 millones de sirios desplazados en el extranjero o dentro de su propio país han regresado a sus hogares.

Su determinación para reconstruir es innegable. Pero la determinación por sí sola no basta para reconstruir un país.

Siria necesita el compromiso y la inversión internacionales en la recuperación para que quienes decidan regresar puedan quedarse y reconstruir sus vidas.

Quiero recordar a todos que, durante más de una década, Siria fue noticia por la violencia, los desplazamientos y las huidas. Ahora, Siria tiene la oportunidad de ver cómo un gran número de refugiados y personas desplazadas regresan a sus hogares y reconstruyen sus vidas. No debemos perder esa oportunidad. Debemos comprometernos a garantizar que esto se haga realidad.

Lo mismo ocurre en Afganistán.

Para finales de este año, esperamos que casi ocho millones de afganos hayan regresado a sus zonas de origen, aunque hay que reconocer que muchos lo hacen en circunstancias adversas y no de forma totalmente voluntaria.

Muchos han regresado en medio de graves situaciones humanitarias y restricciones significativas, especialmente en lo que respecta a los derechos de las mujeres y las niñas, a comunidades que ya se enfrentan a la pobreza, a servicios limitados y a escasas oportunidades económicas.

El retorno, quiero decir, es un acontecimiento. La solución es lo que viene después.

Las personas necesitan reconstruir sus vidas con seguridad y dignidad, mantener a sus familias y tener perspectivas razonables de permanecer en sus hogares.

Para ello se requiere ayuda humanitaria, pero también inversión en desarrollo, medios de subsistencia y sistemas nacionales que funcionen.

Y, sobre todo, cuando el desplazamiento está causado por un conflicto, se requiere una solución política.

Ese es el cambio que subyace en el corazón de la visión “50by35”: pasar de gestionar el desplazamiento de forma indefinida a resolverlo.

Y también debo decir que ACNUR debe adaptarse y cambiar.

Estamos reformando nuestra organización para hacerla más ágil, más eficiente y más centrada en el terreno, y para dirigir nuestros recursos hacia donde puedan ofrecer la mayor protección y el mayor número de soluciones.

Trabajando en consonancia con las metas y objetivos de “ONU 80” y en el marco del “reinicio humanitario”, estamos llevando a cabo reformas fundamentales y serias para garantizar que nuestra organización sea capaz de actuar de forma eficaz, eficiente y responsable.

La reforma no es un fin en sí misma. Se trata de garantizar que ACNUR pueda cumplir su mandato en este mundo radicalmente transformado.

Señor Presidente,

Los trabajadores humanitarios seguiremos haciendo nuestra parte.

Protegeremos a las personas obligadas a huir. Apoyaremos a los países y comunidades que las acogen. Y aprovecharemos todas las oportunidades para encontrar soluciones.

Pero también debemos ser cautelosos a la hora de definir el éxito.

El éxito no puede consistir en que seamos más eficaces a la hora de mantener con vida a las personas durante otro año de guerra.

No puede ser que un campo de refugiados creado como respuesta a una situación de emergencia siga existiendo cincuenta años después.

Y no puede ser que los niños hereden el desplazamiento de sus padres.

El éxito debe significar, en última instancia, crear las condiciones para que las personas ya no nos necesiten.

Hace setenta y cinco años, la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados estableció la promesa de proteger a las personas cuando la paz falla.

Debemos cumplir esa promesa.

Pero nuestra ambición colectiva también debe ser mayor: prevenir el desplazamiento siempre que podamos, resolverlo cuando se haya producido y crear las condiciones para que las personas puedan reconstruir sus vidas con seguridad y dignidad.

En última instancia, la solución más duradera al desplazamiento forzoso es la paz.

Y ustedes, los que se sientan alrededor de esta mesa, tienen la responsabilidad única de ayudar a hacer posible la paz.

Por los millones de personas que se han visto obligadas a abandonar sus hogares —y por los millones más que nunca deberían tener que huir—, insto a este gran Consejo a que asuma esa responsabilidad.

Gracias.

Ver el discurso completo: