Declaración del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados ante la Tercera Comisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas
Declaración del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados ante la Tercera Comisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas
Señor Presidente, distinguidos delegados:
Esta es la décima y última vez que me dirijo a este Comité en calidad de Alto Comisionado para los Refugiados.
Durante los últimos diez años, he acudido aquí cada año para hablar sobre las devastadoras consecuencias de la guerra, la violencia y la persecución para los millones de personas que se ven forzadas a huir de sus hogares.
Cada año, en este Comité, he descrito cómo, con su apoyo, ACNUR responde a las emergencias humanitarias en primera línea, brindando (junto con sus socios) asistencia vital a las personas refugiadas: alojamiento, alimentos, agua; cómo trabaja para garantizar que las personas refugiadas y desplazadas tengan acceso a la protección, obtengan documentos y puedan utilizar los servicios básicos; cómo se esfuerza por dar, siempre que sea posible, un poco de esperanza a las personas que lo han perdido todo.
Y cada año he informado de que el número de refugiados y otras personas desplazadas por la fuerza ha aumentado. Todos los años excepto este.
Porque sí, por primera vez en casi una década, este número ha disminuido. De 123 millones a finales de 2024 a unos 117 millones en la actualidad.
Esto puede parecer sorprendente. Porque el mundo no se ha vuelto más seguro, sino todo lo contrario. Los conflictos, nuevos y antiguos, siguen causando estragos: en Sudán, donde hemos sido testigos una vez más de una violencia impactante, pero también recientemente en Gaza, en Ucrania, en Myanmar y en muchos otros lugares.
¿Cómo podemos explicar entonces esta disminución en las cifras de desplazamiento en un momento de continua inestabilidad mundial?
Permítanme comenzar hablando de las soluciones al desplazamiento forzado. O, mejor dicho, de la posibilidad de soluciones.
Esta disminución inesperada en la cifra del desplazamiento forzado se debe en gran medida al retorno de algunas personas refugiadas y desplazadas internas a sus lugares de origen. En muchos casos (aunque no en todos), los retornos fueron voluntarios, a pesar de la continua fragilidad de los países de retorno.
Porque esa es la naturaleza de la voluntariedad: la decisión de regresar recae en las propias personas refugiadas, basándose en una evaluación de lo que es mejor para ellas. El carácter voluntario de los retornos es una distinción importante que las estadísticas no siempre pueden reflejar, ya que la disminución del número total de personas desplazadas por la fuerza también explica, lamentablemente, los retornos que no fueron voluntarios.
Permítanme centrarme, por tanto, en las dos situaciones que han motivado esas estadísticas.
En primer lugar, el retorno de las personas desplazadas sirias – que parecía imposible hace solo unos meses – ilustra muy claramente la dinámica de la voluntariedad. Desde el 8 de diciembre de 2024, más de 1,1 millones de personas refugiadas han regresado a Siria desde los países vecinos. Aproximadamente dos millones de personas desplazadas dentro del país también han regresado a sus hogares. Sin embargo, el hecho de que permanezcan en Siria dependerá en gran medida de que se sientan seguras (y hemos visto lo volátil que sigue siendo la situación) y de que tengan acceso a lo básico – vivienda, empleo, electricidad, clínicas, escuelas, servicios financieros –; de lo contrario, podrían verse obligadas a desplazarse de nuevo.
Para hacer frente a esta situación, Siria necesita apoyo, inicialmente de carácter humanitario. Por eso los equipos de ACNUR están sobre el terreno, ayudando a la población retornada con sus necesidades inmediatas – apoyo en efectivo, rehabilitación de viviendas, documentación y cuestiones legales – y colaborando con las autoridades centrales y locales.
Pero se necesita mucho más. La comunidad internacional, y especialmente los donantes de la región del Golfo y Europa, y las instituciones financieras internacionales, deben intensificar su apoyo a la construcción de infraestructuras, la restauración de los servicios, la reforma del sector de la seguridad y la reactivación de la economía. Eso dará espacio y oportunidades a todo el pueblo sirio, bajo el liderazgo de sus autoridades, para reconstruir su país; y permitirá que regresen más personas refugiadas y que quienes lo hagan se queden. También contribuirá a aliviar la presión sobre los países de la región – Líbano, Jordania, Türkiye, Egipto e Irak – que han acogido generosamente a las personas refugiadas sirias durante años.
Esta misma oportunidad existe en otras partes del mundo, como Burundi o la República Centroafricana, por citar solo dos ejemplos. Con fondos humanitarios adicionales e inversiones en desarrollo en las zonas de retorno, la labor de ACNUR puede contribuir directamente a la seguridad global y a la estabilidad regional. Por eso estoy particularmente agradecido con los Estados Unidos por haber ayudado a reconocer nuestro mandato y nuestra función únicos en el contexto del reciente Acuerdo de Paz entre la República Democrática del Congo y Ruanda, un posible avance decisivo en un conflicto que ha durado décadas. Tal y como se estipula en el Acuerdo Tripartito de 2010, ACNUR está dispuesto a desempeñar su papel en la consolidación de la paz y a abrir la puerta al retorno voluntario, seguro y digno de – potencialmente – millones de personas refugiadas y desplazadas a sus hogares.
Estos acontecimientos demuestran que con el compromiso político se pueden crear más oportunidades para encontrar soluciones, incluso en lugares como Myanmar o Sudán, a fin de abordar las causas profundas que siguen prolongando las crisis humanitarias y de las personas refugiadas. Este es un mensaje importante aquí en Nueva York, donde, a pocos pasos de aquí, en el Consejo de Seguridad, seguimos viendo tensiones y divisiones que bloquean el camino hacia la paz.
La situación de la población afgana, y en particular de quienes se han visto forzados a regresar a Afganistán, principalmente desde Irán y Pakistán, ha sido el otro factor que ha contribuido a la disminución del número de personas desplazadas. Permítanme ser claro. Durante décadas, Pakistán e Irán han acogido generosamente a las personas refugiadas afganas y siguen haciéndolo con muchas de ellas. Las personas afganas en ambos países tienen acceso a servicios prácticamente equivalentes a los de los nacionales. De hecho, generaciones de afganos, en especial las mujeres, han recibido educación en escuelas iraníes y pakistaníes. No podemos olvidarlo.
Sin embargo, las recientes oleadas de retornos forzados a Afganistán niegan a muchas personas refugiadas afganas la protección que necesitan, obligándolas a regresar a un entorno en el que las violaciones de los derechos humanos y la discriminación están muy extendidas, especialmente contra las mujeres. Peor aún, sabemos por experiencia que los retornos forzados son, en última instancia, contraproducentes. Solo sirven para exacerbar la inestabilidad.
Es positivo que los gobiernos de Irán y Pakistán, así como las autoridades de facto de Afganistán, hayan acordado debatir estas cuestiones en el marco cuatripartito, y espero que la reunión pueda celebrarse el próximo mes, tal y como se ha propuesto. Es muy posible que se necesite un nuevo paradigma en la región que refleje mejor la composición cambiante de los flujos de población afgana. Un paradigma que garantice que las personas refugiadas afganas sigan recibiendo la protección que necesitan, al tiempo que se crea más espacio para regular las rutas migratorias de otras personas. ACNUR, junto con sus socios, está dispuesto a apoyar esta importante discusión.
Señor Presidente,
Por definición, el desplazamiento forzado es dinámico. Se trata de un fenómeno complejo: hay personas que huyen de un país al mismo tiempo que otras regresan a él. Esta es la realidad actual en Sudán del Sur, por ejemplo, o incluso en Sudán.
Los flujos de población y los patrones de desplazamiento evolucionan constantemente en respuesta a múltiples factores: la guerra y la violencia, sin duda, pero también los efectos del cambio climático, la pobreza, las oportunidades económicas, entre otros. Como resultado, han aumentado los flujos mixtos de población, compuestos tanto por personas refugiadas como por migrantes. Desde un punto de vista jurídico, pertenecen a categorías distintas. Las personas refugiadas se ven forzadas a huir; las personas migrantes se van por otras razones. En la práctica, a menudo se desplazan juntas, a lo largo de rutas transnacionales que abarcan grandes áreas geográficas. A través del Sáhara; cruzando el Mediterráneo, los Balcanes, el mar de Andamán; en América Latina o hacia el sur de África.
He hablado extensamente sobre este fenómeno, por lo que no voy a entrar en detalles sobre esta cuestión. ACNUR reconoce plenamente que responder a los movimientos mixtos es un reto complejo. Sabemos que los sistemas de asilo pueden verse desbordados y ser objeto de abuso por parte de personas que no necesitan protección internacional, en detrimento de los refugiados, para quienes el asilo es una cuestión de vida o muerte. Y estamos de acuerdo: es imperativo mantener la integridad y la eficacia de los sistemas de asilo. Podemos ayudarles en eso.
Pero la solución no reside en las restricciones, las barreras y los rechazos, prácticas que incumplen las obligaciones internacionales y ponen en peligro a personas que no tienen más remedio que huir.
Para ser claros: las medidas legales que refuerzan las fronteras son absolutamente legítimas. De hecho, son necesarias. Pero esas medidas de control y disuasión no son suficientes, ya que, por sí solas, no resuelven el problema.
En cambio, es más estratégico examinar todas las rutas de desplazamiento e identificar medidas que brinden protección y oportunidades a las personas que se desplazan y a quienes las acogen, lo antes posible, antes de que crucen varias fronteras. Esa es la esencia del “enfoque basado en las rutas” que ACNUR, junto con la Organización Internacional para las Migraciones y otras entidades, ha defendido en los últimos años. Entre esas medidas figuran el fortalecimiento de los sistemas de asilo, el desarrollo de mecanismos para el traslado legal de los solicitantes de asilo a terceros países seguros o, de hecho, para aquellas personas que no necesitan protección, el establecimiento de programas de retorno. También incluyen la creación de vías de migración predecibles y reguladas, con fines laborales, educativos o de reunificación familiar.
Una vez más, les animo a que consulten con nosotros. Hemos publicado amplias orientaciones técnicas sobre estas cuestiones, para que las respuestas puedan ser eficaces y legales.
Esto me lleva al siguiente punto.
Recientemente se ha producido una tendencia, en parte como reacción a estos retos, a cuestionar la pertinencia del marco jurídico internacional que regula el asilo.
Con el pretexto de la eficacia, o basándose en argumentos de que el asilo socava la soberanía nacional, algunos han llegado incluso a pedir que la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 sea sustituida por un nuevo instrumento. Estos argumentos son erróneos. Permítanme explicarles por qué.
Para empezar, debemos tener presente que los principios fundamentales del asilo son atemporales y universales. Las personas que huyen de la persecución y la violencia deben ser acogidas y protegidas, no rechazadas o abandonadas a su suerte. Espero que todos estemos de acuerdo en ello. Este es el principio de no devolución, que constituye el núcleo de la Convención de 1951 y está claramente establecido como norma en el derecho internacional de costumbre. Y la Convención es el instrumento que ha guiado a los Estados en la codificación de estas normas de larga data. Como tal, es una expresión directa de la soberanía estatal. Este es un punto crítico.
Pero el asilo no es una puerta trasera para la migración. Muy al contrario, los Estados tienen el deber de gestionar sus fronteras. Todos estamos de acuerdo con eso también. La institución moderna del asilo, arraigada en la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, es la herramienta que permite a los Estados cumplir con ambas obligaciones. Hacia sus ciudadanos y hacia las personas refugiadas.
Cuestionar la eficacia del marco actual es también verlo de forma selectiva, desde una perspectiva demasiado limitada, como si la totalidad de la población refugiada se trasladara a Europa o Norteamérica. La realidad es todo lo contrario. Cada día, gracias a que se respeta el derecho al asilo en Chad, por ejemplo, se salvan las vidas de miles de personas refugiadas sudanesas. Se han salvado vidas de personas refugiadas en Moldavia, Etiopía, Bangladesh, Costa Rica y muchos otros lugares gracias a la institución que todos hemos construido juntos. ¿Qué podría ser más eficaz en un momento en que el poderío militar está sustituyendo a la diplomacia y al diálogo como medio para resolver los conflictos?
Por último, es importante señalar que el marco internacional actual ha evolucionado con el tiempo, aunque los principios fundamentales y la propia Convención sobre los Refugiados no han cambiado. Ese es el reto: mantenerse fiel a los principios, pero encontrar formas innovadoras de aplicarlos. Los Estados han elaborado numerosos instrumentos jurídicos para poner en práctica estos principios y tener en cuenta las especificidades regionales, como el Pacto sobre Asilo y Migración adoptado por la Unión Europea.
Y el Pacto Mundial sobre los Refugiados, que la Asamblea General – ustedes – ratificó en 2018, sigue siendo una herramienta fundamental a la que los Estados pueden recurrir para responder a las crisis de desplazamiento actuales, incluidas las que crean, agravan y aceleran los fenómenos climáticos extremos, como se debatirá, entre otros retos, en la COP30 que se celebra actualmente en Belém.
Señor Presidente
Otro punto sobre el que me gustaría reflexionar se refiere a la naturaleza de las respuestas humanitarias. La creación de infraestructuras humanitarias independientes ya no es una opción. Es imperativo que las respuestas humanitarias sigan un modelo más sostenible, especialmente ahora que la financiación se ha vuelto impredecible.
Varios países que acogen a personas refugiadas – Kenia, Etiopía, Uganda, Ruanda, Brasil, México, Egipto, Jordania, Türkiye y muchos otros – lo han afirmado. Han reconocido que solo mediante la inclusión de las personas refugiadas en las estructuras existentes, a nivel nacional y local, las respuestas al desplazamiento pueden ser sostenibles. Esto significa invertir en la autosuficiencia. Significa dar a las personas refugiadas y desplazadas acceso a educación, servicios, financiación y empleo. De este modo, pueden contribuir mejor a las comunidades de acogida en un contexto más cohesionado. Este es un ejemplo vivo del nexo entre la ayuda humanitaria, el desarrollo y la paz.
Para dar frutos, este proceso requiere tiempo y recursos. No se produce de la noche a la mañana, especialmente porque el cambio hacia la inclusión y la sostenibilidad debe reflejar las especificidades, las limitaciones y las prioridades locales, por lo que los gobiernos nacionales deben liderarlo y ACNUR, los socios y los donantes deben seguir apoyándolo. Como he repetido durante 10 años, la responsabilidad hacia las personas refugiadas no puede recaer únicamente en los países de acogida, sino que debe seguir siendo compartida, también en el plano financiero.
Me enorgullece que, durante la última década, hayamos movilizado importantes conocimientos especializados y financiación para apoyar esos esfuerzos. Muchos organismos bilaterales de desarrollo han sido socios sólidos, al igual que las instituciones financieras internacionales. La alianza con el Banco Mundial ha sido particularmente exitosa, ya que ha dado lugar a la asignación directa de 5.500 millones de dólares estadounidenses a los países de bajos ingresos que acogen a refugiados a través de la Ventana de la AIF para las Comunidades de Acogida y los Refugiados. Los países de acogida de ingresos medios han tenido acceso a financiación a través del Mecanismo Global de Financiamiento Concesional (GCFF, por sus siglas en inglés), un programa fundamental que también ha tenido un gran impacto en la población refugiada y los países beneficiarios. Es positivo – aunque la decisión debe formalizarse – que hace unos días se alcanzara en Ereván un acuerdo político para prorrogar el GCFF por otros cinco años.
Señor Presidente,
Antes de concluir, debo referirme al impacto que ha tenido en ACNUR, y en el sector humanitario en su conjunto, la drástica y repentina reducción de la financiación de este año.
Prevemos que terminaremos el año con 1.300 millones de dólares estadounidenses menos en fondos disponibles que en 2024, lo que supone una disminución del 25 por ciento y un colapso de las contribuciones flexibles. También prevemos que este año recibiremos menos de 4.000 millones de dólares estadounidenses, de un presupuesto de 10.600 millones. La última vez que recibimos menos de 4.000 millones fue en 2015, cuando el número de personas desplazadas por la fuerza era la mitad del actual.
Hicimos todo lo posible por absorber estas reducciones a nivel interno, con la esperanza de minimizar el impacto sobre la población refugiada y los países de acogida. Redujimos nuestra plantilla en un 30 por ciento, lo que afectó a cerca de 5.000 colegas, y recortamos drásticamente los gastos. Redujimos nuestra presencia operativa a nivel mundial, consolidando o reduciendo nuestra presencia en 185 lugares.
Aun así, ante reducciones tan amplias, no tuvimos más remedio que recortar actividades que salvan vidas y cambian vidas. En todos los sectores. Con reducciones tan amplias y tan poco tiempo, no se podía ahorrar nada.
Algunos dicen que estas reducciones eran necesarias desde hace tiempo. Que son una oportunidad para que ACNUR sea más eficiente y vuelva a su “mandato fundamental”, lo que implica que hasta ahora habíamos sido de alguna manera ineficientes o poco centrados. No podría estar más en desacuerdo. Estos recortes harán más difícil salvar vidas y cumplir con nuestro mandato.
Por eso hago un llamamiento a todos aquellos que puedan ayudarnos a salvar la brecha antes de que termine el año, y a que hagan promesas tempranas y flexibles para 2026.
Por supuesto, lo superaremos. Volviendo a priorizar nuestras actividades una vez más y redoblando nuestros esfuerzos para que la organización sea más eficiente, basándonos en una década de transformación y modernización, y de manera que se complementen los esfuerzos de reforma de todo el sistema de las Naciones Unidas, incluidos el Reinicio Humanitario y la iniciativa UN80 del Secretario General, a los que contribuimos y participamos activamente.
Señor Presidente,
Distinguidos delegados,
Tras diez años desafiantes pero fascinantes, mi mandato llega a su fin en unas semanas, por lo que hoy me despido de ustedes con mi más sincero agradecimiento por su apoyo.
Ha sido un enorme privilegio desempeñar esta responsabilidad, el punto culminante de una trayectoria humanitaria que comenzó en su país, señor Presidente, hace casi 42 años, en la frontera entre Tailandia y Camboya. El último hito institucional bajo mi mandato será la revisión de los progresos del Foro Mundial sobre los Refugiados, que tendrá lugar dentro de poco más de un mes.
Esto coincidirá con el 75º aniversario de ACNUR. No se me ocurre una forma más adecuada de poner fin a mi mandato que recordar tan claramente que hemos estado con los refugiados, con las personas desplazadas y apátridas, y con quienes les acogen desde hace tanto tiempo, en las buenas y en las malas, en los momentos buenos y en los malos, pero también que nuestro trabajo aún no ha terminado y que esta organización, de la que me siento muy, muy orgulloso, perdurará hasta que ya no sea necesaria.
Gracias.