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70 años después, la crisis de los refugiados húngaros sigue siendo un ejemplo del que aprender para la solidaridad mundial

Historias

70 años después, la crisis de los refugiados húngaros sigue siendo un ejemplo del que aprender para la solidaridad mundial

La violenta represión del levantamiento de 1956 obligó a unas 200.000 personas a huir del país, lo que provocó una rápida respuesta internacional que marcó el rumbo de la protección de las personas refugiadas durante las décadas siguientes.
23 Octubre 2026 Disponible también en:
Fotografía en blanco y negro de tres mujeres con un niño que llegan a un campamento de refugiados en Austria

Personas refugiadas húngaras llegan al campamento de refugiados de Eisenstadt, en Austria, tras la brutal represión de la Revolución Húngara de 1956.

Hoy se cumplen setenta años desde que una manifestación estudiantil en Budapest se convirtió en un levantamiento a escala nacional. Cuando los tanques soviéticos entraron en la capital el 4 de noviembre de 1956 y sofocaron el levantamiento, miles de húngaros comenzaron a huir, lo que desencadenó una crisis de refugiados que dejaría una huella imborrable en la protección internacional de las personas refugiadas.

Entre el 4 y el 6 de noviembre, unas 10.000 personas cruzaron la frontera húngara con Austria. Las cifras aumentaron rápidamente, hasta alcanzar las 36.000 personas el 16 de noviembre y las 113.000 a finales de mes. Finalmente, unos 180.000 refugiados llegarían a Austria y otros 20.000 a Yugoslavia.

Poco después, la Asamblea General de las Naciones Unidas encomendó al ACNUR la coordinación de la respuesta a la crisis de los refugiados, lo que incluía proporcionar ayuda de emergencia, movilizar asistencia financiera y garantizar oportunidades de reasentamiento en otros países, en coordinación con el Secretario General de las Naciones Unidas.

Para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), una organización creada menos de seis años antes con un mandato temporal que expiraría en 1958, la crisis supuso un reto sin precedentes.

El 5 de noviembre, ACNUR actuó con rapidez para recabar apoyo internacional, lanzando un llamamiento urgente a los gobiernos para que prestaran asistencia a los refugiados húngaros.

En cuestión de días, comenzó a tomar forma una extraordinaria operación de ayuda humanitaria. En Viena, un comité de coordinación reunió a las autoridades austriacas, ACNUR, el Comité Intergubernamental para la Migración en Europa (CIME), la Liga de Sociedades de la Cruz Roja y organizaciones de voluntariado locales e internacionales.

Fue una de las primeras demostraciones de un principio que sigue siendo fundamental en las respuestas a las crisis de refugiados en la actualidad: cuando se produce un desplazamiento a gran escala, ningún actor puede responder por sí solo, y una protección eficaz depende de que los gobiernos, los organismos de la ONU y otras organizaciones humanitarias coordinen sus esfuerzos.

La respuesta abarcó la asistencia inmediata, como alimentos, ropa y atención médica; el registro y la documentación; las necesidades legales y de protección; y el apoyo a la integración de quienes se quedarían en Austria.

Una vez controlada la emergencia inmediata, la atención se centró en encontrar soluciones a más largo plazo. A los pocos días de las primeras llegadas, ACNUR y el Secretario General de las Naciones Unidas hicieron un llamamiento a otros gobiernos para que acogieran a los refugiados húngaros.

“A medida que los países comenzaron a ofrecer plazas, se aceleraron las salidas desde Austria y Yugoslavia, y los refugiados continuaron su viaje en tren, autobús, barco y avión”, explica Nicole Epting, representante de ACNUR para Europa Central y Suroriental.

“A 31 de diciembre de 1956, ya se había trasladado a 92.950 personas fuera de Austria. En 2025, solo 81.800 refugiados de todo el mundo tuvieron acceso al reasentamiento y a otras vías seguras hacia terceros países. Las crisis de desplazamiento actuales exigen la misma solidaridad, con más países que ofrezcan a los refugiados la oportunidad de empezar de nuevo”.

Austria. Refugiados húngaros

Refugiados húngaros suben a un tren que va de Austria a Suiza en 1956, en una fotografía en blanco y negro coloreada en 2021 por la artista brasileña Marina Amaral.

Entre las personas reasentadas se encontraba Thomas Wassermann, que entonces tenía 14 años y salió de Budapest con un compañero de clase y sin ningún adulto que lo acompañara. Tras llegar a Austria, celebró su cumpleaños a bordo del barco que lo llevaría a su nuevo hogar: Australia.

Setenta años después, Thomas, que ahora tiene 84 años y vive en Sídney, recuerda la incertidumbre de aquel viaje: “Salí de Hungría cuando era un chico de 14 años y cumplí 15 en algún lugar del mar. Dejaba atrás una vida sin saber cómo sería la siguiente”.

Lo que vino después fue una vida que difícilmente podría haber imaginado. Tras destacar en el fútbol en Australia, a Thomas le ofrecieron la oportunidad de jugar en el Chelsea Football Club de Inglaterra a principios de la década de 1960. Su trayectoria le llevó más tarde a los Países Bajos, Alemania y Suecia, donde trabajó como modelo y conoció a su futura esposa.

Un hombre y una mujer posan para la cámara en una foto en blanco y negro.

Thomas Wassermann posa para una sesión fotográfica durante su carrera como modelo en Alemania, en 1966.

“La respuesta internacional a la crisis de los refugiados húngaros fue un acto extraordinario de solidaridad”, afirma Philippe Leclerc, director regional de ACNUR para Europa. “Unos 180.000 refugiados fueron reasentados en todo el mundo y se les brindó la oportunidad de reconstruir sus vidas. Setenta años después, cuando millones de personas se ven obligadas a huir en busca de protección, ese mismo compromiso de apoyar a los refugiados y ofrecerles un nuevo comienzo sigue siendo igual de esencial”.

El levantamiento húngaro supuso también la primera ocasión en que se reconoció a una población desplazada como refugiada de forma prima facie, sin necesidad de una determinación individual caso por caso. Fue una respuesta pragmática a una realidad humanitaria urgente y un avance importante en la protección y la práctica internacional en materia de refugiados.

Para las personas que cruzaban a Austria, este avance jurídico tuvo consecuencias inmediatas. Barbara Piazza-Georgi, que tenía cuatro años cuando su familia huyó de Hungría, aún conserva dos certificados expedidos a sus padres por la oficina de ACNUR en Roma en 1957, en los que se atestigua que eran considerados refugiados al amparo del mandato de ACNUR.

“Solo tenía cuatro años cuando huimos de Hungría, pero aún conservo estos documentos de ACNUR expedidos a mis padres en Roma. Al mirarlos hoy, resulta sorprendente pensar que la niña que llegó como refugiada acabaría dedicando gran parte de su vida a trabajar para las Naciones Unidas”, afirmó Barbara, quien posteriormente trabajó con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en África y Oriente Medio.

Un retrato familiar en blanco y negro.

Barbara Piazza-Georgi (izquierda) con su familia en Roma, en una postal navideña enviada a Budapest en 1957, después de que la familia huyera de Hungría.

Pero el reconocimiento de la condición de refugiado fue solo el principio. Una vez cruzada la frontera, las personas necesitaban ayuda para seguir adelante. Éva Arros aún recuerda el apoyo internacional que recibió su familia mientras buscaba protección fuera de Hungría. Tras llegar a Austria, continuaron su viaje hacia Italia, donde la gente de Bolzano les esperó hasta bien entrada la noche para darles la bienvenida con pan y salami.

En Milán, a Éva y a su hermana les regalaron unos zapatos nuevos. Más tarde, la familia embarcó en el buque de pasajeros Castel Bianco con destino a Canadá. Al recordar el cuidado que recibieron durante el viaje y la cálida acogida que les dieron en Canadá, Éva comentó: “La comunidad internacional nos cuidó muy bien, y sigo estando inmensamente agradecida”.

Los gobiernos de todo el mundo también contribuyeron a la respuesta. Países tan lejanos como Etiopía, Honduras, Guatemala, Venezuela, Argentina y Brasil ofrecieron apoyo financiero, alojamiento temporal o visados. Lo que había comenzado como una crisis de refugiados en las fronteras de Austria y Yugoslavia se había convertido en una respuesta verdaderamente internacional.

Géza Tatrallyay tenía siete años cuando su familia logró finalmente escapar de Hungría en su tercer intento, tras haber sido detenida y devuelta en varias ocasiones. Tras cruzar una frontera vigilada y sembrada de minas, en Austria, la familia fue alojada en un campamento de refugiados establecido con la ayuda de ACNUR.

Finalmente llegaron a Canadá a bordo de un avión enviado para trasladar a los refugiados húngaros de Viena a Toronto. “Salimos de Hungría en busca de protección, sin saber dónde terminaría nuestro viaje. Canadá le dio a mi familia la oportunidad de empezar de nuevo, y de ese nuevo comienzo surgieron oportunidades que nunca hubiera podido imaginar”, afirmó Géza.

Una foto familiar en blanco y negro.

Géza Tatrallyay (derecha) y su familia frente a su casa en Peterborough, Ontario (Canadá), junto al primer coche de la familia, en 1957.

Géza continuó sus estudios en Harvard y Oxford como becario Rhodes y, en 1976, representó a Canadá en esgrima en los Juegos Olímpicos de Montreal.

Setenta años después, el mundo se ha acostumbrado a las repetidas crisis humanitarias, y la atención suele desvanecerse antes incluso de que cese el desplazamiento. Los sucesos de 1956 muestran lo que se puede lograr cuando se otorga protección rápidamente, se comparten las responsabilidades a nivel internacional y se buscan soluciones desde el inicio de una crisis.