Uganda continúa acogiendo a personas refugiadas a pesar de la disminución de fondos
Uganda continúa acogiendo a personas refugiadas a pesar de la disminución de fondos
Abdalla Mohamed es un profesor y traductor voluntario refugiado. Huyó de Sudán y ahora vive en Uganda.
Una mañana reciente en el centro de recepción de Kiryandongo, al noroeste de Uganda, el agotamiento se percibe entre las personas refugiadas recién llegadas, en su mayoría mujeres, niñas y niños, quienes hacen fila a la sombra para recibir asistencia. Entre la multitud se abre paso Abdalla Mohamed, quien va de una familia a otra para ofrecerles traducción y orientación sobre qué hacer y adónde ir.
Este sudanés de 53 años, padre de cuatro hijos, conoce muy bien esa sensación. Llegó en febrero de este año sin nada más que su familia y la esperanza de encontrar protección. Ahora pasa sus días ayudando a otros.
“Soy voluntario en el centro de recepción y utilizo mis conocimientos de inglés para servir de intérprete a las personas recién llegadas”, explica. “También ayudo a la comunidad poniendo en contacto a los más vulnerables con las respectivas agencias de ayuda. En lugar de quedarme en casa, pensé que podría serle de utilidad a mi gente. El centro de recepción está superpoblado y todos los días veo que muchas personas necesitan ayuda”.
Desde principios de 2025, un promedio de 600 personas, en su mayoría procedentes de Sudán, Sudán del Sur y la República Democrática del Congo, llegan diariamente a Uganda. Este país de África Oriental acoge actualmente a casi dos millones de personas refugiadas, más de la mitad de ellas son niñas y niños. La tensión es evidente en todas partes, desde los centros de recepción y los salones de clase abarrotados hasta los servicios de abastecimiento de alimentos y atención médica inadecuados. Las tasas de desnutrición, particularmente entre niñas y niños menores de cinco años, son alarmantes.
“Llegan muchas personas”, comenta Abdalla. “La asistencia que reciben no es suficiente y no tienen dinero para comprar nada. Hay personas vulnerables, entre ellas adultos mayores, niñas y niños, que están separadas de sus familias. Viven en albergues superpoblados y sin suficiente agua”.
A pesar de la grave situación humanitaria y los servicios limitados, la determinación de los refugiados de reconstruir sus vidas y recuperar la normalidad no ha disminuido, incluida la niñez que desea continuar su educación. Las escuelas del asentamiento están llenas de niñas y niños ansiosos por aprender, amontonados en aulas abarrotadas con recursos educativos limitados.
“Incluso antes de la situación actual, las escuelas estaban superpobladas”, asegura Sarah Baako Taban, de 43 años, una docente refugiada de Sudán del Sur. “Ahora es peor. En una de mis clases, enseño a más de 230 alumnos. No tengo espacio para caminar y llegar hasta algunos de los estudiantes que están al fondo. No puedo hacer mucho más. Ni siquiera sabes lo que está pasando al fondo del aula, pero no tenemos otra opción, tenemos que seguir enseñando a pesar de los desafíos”.
Sarah Baako Taban, docente y refugiada de Sudán del Sur, imparte clases en un aula de una escuela primaria abarrotada en el asentamiento de refugiados de Kiryandongo, en Uganda.
Entre los estudiantes de Sarah se encuentra Sojoud Ibrahim, de 18 años, procedente de Nyala, en la región sudanesa de Darfur del Sur. La guerra devastó su ciudad natal, dispersó a sus amistades y destrozó sus sueños de convertirse en diseñadora. Su familia vendió su casa para pagar el transporte y huir. Ella estaba en la escuela secundaria, pero ahora, en Uganda, debe empezar de nuevo, retrocediendo varios grados en la escuela primaria para adaptarse a un nuevo plan de estudios.
Sin embargo, su determinación de retomar sus estudios y cumplir sus sueños sigue intacta. “Sigo siendo fuerte y no estoy destrozada, y mi papá me apoya”, afirma. “Cuando estalló la guerra, logramos venir aquí. Extraño a mis amistades. No sé si murieron. Quiero continuar con mis estudios y terminar la preparatoria para poder convertirme en diseñadora”.
En su informe anual sobre acceso a la educación de los refugiados, publicado el 9 de septiembre, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, advierte de que los profundos recortes en la ayuda humanitaria y al desarrollo están poniendo en peligro los recientes avances en la educación de las personas refugiadas, ya que casi la mitad de las niñas y los niños refugiados en edad escolar siguen sin asistir a la escuela.
ACNUR está colaborando con el Gobierno de Uganda y sus socios para brindar asistencia vital con fondos cada vez más escasos. Recientemente, la agencia informó de que, a finales de julio, solo contaba con recursos suficientes para apoyar a menos de 18.000 personas con dinero en efectivo y artículos de primera necesidad, lo que solo alcanza para cubrir dos meses de llegadas al ritmo actual.
“Los fondos de emergencia se agotarán en septiembre”, afirmó Dominique Hyde, Directora de Relaciones Externas de ACNUR, quien recientemente visitó los asentamientos que acogen a personas refugiadas sudanesas y sursudanesas en Uganda. “Más niños morirán de desnutrición, más niñas serán víctimas de violencia sexual y las familias se quedarán sin alojamiento y sin protección a menos que el mundo dé un paso al frente. Uganda ha abierto sus puertas, sus escuelas y sus centros de salud. Este modelo puede tener éxito, pero no puede hacerlo solo”.
Con la paz en sus países de origen aún como una esperanza lejana, refugiados como Abdalla trabajan sin descanso para reconstruir sus vidas, pero sin apoyo urgente, su resiliencia por sí sola no puede sostenerlos.
“Por favor, continúen ayudándonos, necesitamos más apoyo”, pide Abdalla. “Sé que el mundo tiene muchos problemas, pero traten de ayudarnos ahora. Tal vez en unos años, Sudán recupere la paz”.