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El valor de acoger: solidaridad en un mundo dividido

Discursos y declaraciones

El valor de acoger: solidaridad en un mundo dividido

One People Oration, Abadía de Westminster, Londres, Reino Unido.
17 Noviembre 2025 Disponible también en:
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Buenas noches, queridos amigos, y gracias, Señor Deán, por esta cálida presentación. Y gracias a todos por venir. Qué privilegio pronunciar un discurso en un marco tan magnífico e histórico.

Gracias, sinceramente, por este honor.

Vengo de un país que está familiarizado con las iglesias; para bien y para mal (en la mayoría de los casos), esto está inscrito en nuestra historia, casi en nuestros genes. Todo esto para decir que, por muy diferente que sea la Abadía de Westminster de las iglesias italianas, hay una reconfortante familiaridad al estar aquí. Quizás la familiaridad que inspiran todas las casas de Dios.

Y en esta familiaridad reside una idea simple, pero poderosa. Que, a través de las geografías, a través de los idiomas y las culturas, a través de las fronteras, podemos encontrar lo familiar en lo extranjero.

El valor de encontrar lo familiar en lo extranjero. Esta es la idea sobre la que me gustaría reflexionar esta noche, porque trabajar con personas refugiadas – que es lo que hace mi organización, y lo que he hecho durante muchos años – es acoger a personas extranjeras. Es aceptar – y requiere cierto esfuerzo, cierto valor – que una parte de nosotros mismos se refleja en los demás, y que los demás verán una parte de sí mismos en nosotros. No es fácil y, por supuesto, no es una verdad solo para los humanitarios, sino un recordatorio para todos nosotros. El Papa Francisco habló de una fraternidad común: fratelli tutti. Un antiguo Deán de Westminster, Edward Carpenter, se refirió a un pueblo – el origen del título de esta oración. Y vimos un bello ejemplo de ese espíritu cuando Su Majestad el Rey Carlos y el Papa León rezaron codo con codo en la Capilla Sixtina hace unas semanas. Un momento solemne que demostró que, a pesar de las divisiones – ¡en este caso muy antiguas! – los pueblos pueden seguir siendo uno.

Obviamente, no todos los contextos presentarán el mismo nivel de buena voluntad ni generarán el mismo nivel de atención. Mis colegas y yo trabajamos en algunos de esos contextos, en los que el compromiso con la solidaridad y la unidad se pone más a prueba, digamos. Donde a veces se pone cruelmente a prueba.

Las personas refugiadas cruzan una frontera internacional, por lo que inmediatamente nos encontramos en una situación en la que hay dos países – y dos poblaciones distintas – implicados, y a veces varios. Por un lado, están los refugiados – personas que se han visto forzadas a huir a causa de la guerra, la violencia y la persecución – y, por otro, están los países y las comunidades donde estas personas refugiadas buscan protección. Nuestro compromiso con la solidaridad dicta que no se debe rechazar o dejar morir a las personas que huyen del peligro.

El principio de acoger y proteger a una persona extranjera en necesidad es tan antiguo como la civilización misma. Es un elemento clave en culturas y textos sagrados de todo el mundo. Destaca en la tradición monoteísta: pensemos en Éxodo, en la Huida a Egipto, en la Hijrah. O pensemos en el papel que los lugares de culto – como éste – han desempeñado a lo largo de los siglos dando asilo a quienes huían de la persecución. Dar asilo es un gesto arraigado en todas las culturas y en el alma humana.

La historia, sin embargo, ha demostrado que no siempre se ha respetado; por ejemplo, muchas personas refugiadas, y especialmente la población judía que huía del exterminio, fueron rechazadas o abandonadas a su suerte durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, en parte, se consideró necesario crear un régimen formal de asilo tras la guerra.

Después de 1945, los Estados acordaron codificar este principio en la legislación. Basándose en esfuerzos anteriores, incluidos los de la Sociedad de Naciones, acabaron creando ACNUR – mi organización – y adoptaron la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, que establece una serie de derechos y responsabilidades hacia las personas refugiadas. Entre ellos, el artículo 33 prohíbe la devolución forzada de personas refugiadas a sus países de origen, donde podrían sufrir daños, un principio conocido como no devolución.

Con el tiempo, guiados por la Convención, muchos Estados han trasladado estas obligaciones internacionales a sus legislaciones nacionales. Paralelamente, desde la década de 1950, el marco jurídico internacional que regula el asilo ha seguido evolucionando. En 1967 se adoptó un Protocolo de la Convención que eliminaba algunas de sus limitaciones temporales y geográficas. Se elaboraron instrumentos jurídicos regionales para tener en cuenta diversas especificidades geográficas. Entre ellos cabe citar la Convención sobre los Refugiados de la OUA de 1969 en África, la Declaración de Cartagena de 1984 en América o el Pacto Europeo sobre Asilo y Migración, adoptado el año pasado. Para todos estos instrumentos, la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 sigue siendo la base.

Por lo tanto, los principios fundamentales sobre los que descansa la institución del asilo no han cambiado – son tan válidos hoy como lo eran en 1951 –, pero las formas de aplicarlos han evolucionado. Y han tenido que hacerlo, teniendo en cuenta no solo los cambios geopolíticos de los últimos 75 años – la descolonización, la caída de la Unión Soviética, el agravamiento de los efectos del cambio climático, etcétera –, sino también en respuesta a la creciente complejidad del desplazamiento forzado.

De hecho, la realidad es que – con la creación de más países, con los cambios en la dinámica del poder mundial y regional – la escala y la naturaleza del desplazamiento forzado también han cambiado. El número de personas desplazadas por la fuerza en todo el mundo se ha duplicado en la última década: son 117 millones en el último recuento. Para que quede claro, esta cifra incluye tanto a las personas que huyeron de sus hogares pero permanecieron en sus países – a quienes llamamos personas desplazadas internas – como a las refugiadas, que huyeron tanto de su hogar como de su país. Pero da una idea de la magnitud del reto. También habla de los tiempos difíciles, incluso aterradores, en los que vivimos: nosotros, aquí, en la relativa estabilidad de esta parte del mundo, los contemplamos con preocupación y aprensión; pero para millones de personas, la realidad cotidiana es de un miedo aterrador.

El desplazamiento forzado ocurre en todas las regiones, porque la guerra y la violencia afectan a todas las regiones. De acuerdo con el Comité Internacional de la Cruz Roja, en la actualidad hay 130 conflictos activos en todo el mundo. En cierta forma, representan una guerra mundial “descentralizada”, que se desarrolla en muchos fragmentos por todo el mundo. Muchos de ellos son familiares para todos: Ucrania o Gaza, por ejemplo, que dominan las noticias, y por buenas razones, dado el horrible impacto de la guerra en ucranianos y palestinos. Pero hay otras que no reciben tanta atención – en Sudán, en Myanmar, en el Sahel, en Yemen y en otros lugares –, pero que también expulsan implacablemente a las personas de sus hogares.

Y no solo nos hemos vuelto incapaces de prevenir y detener los conflictos – fíjense en la desalentadora actuación del Consejo de Seguridad de la ONU –, también hemos permitido que las guerras se definan por la violencia indiscriminada contra la población civil, por el total desprecio del derecho internacional humanitario, que se supone que regula cómo se llevan a cabo las guerras. Pensemos en Gaza, el mes pasado. En El Fasher, la semana pasada. O en Ucrania, anoche. Hospitales, escuelas, ambulancias, personas haciendo fila para recibir alimentos, convoyes humanitarios, panaderías, plantas de saneamiento... en fin, ya no hay líneas rojas.

Este abandono de las normas se inscribe en (y, a su vez, alimenta) una dinámica más amplia: el desencanto con las instituciones y lo que han llegado a simbolizar. La sensación de que los sistemas y estructuras construidos durante décadas se han distanciado, más interesados en perpetuarse y afianzar el poder que en responder a los retos del mundo moderno y a las necesidades de las personas a las que dicen representar.

Se esté de acuerdo o no con este sentimiento, debemos tomarnos muy en serio esta pérdida general de confianza en las instituciones. Y yo incluiría a las instituciones multilaterales – y a la ONU – en este debate, que plantea una serie de preguntas importantes. ¿Se trata de una evolución hacia un nuevo paradigma o de regresar a una situación anterior? ¿Una situación en la que la cooperación y el compromiso entre Estados pasan a un segundo plano frente a la realpolitik y el ejercicio del poder – a veces militar – con el espíritu de “mi país primero”?

Por supuesto, las Naciones Unidas se construyeron precisamente para salvar a esta generación y a las futuras del azote de la guerra, y para reafirmar la dignidad inherente a cada uno de nosotros. Pero, ¿podemos mantener nuestro compromiso con los valores universales – o al menos con aquellos que una vez proclamamos como tales – si debilitamos las instituciones creadas para sostenerlos y defenderlos?

A medida que el recuerdo de los horrores del siglo pasado se desvanece de la conciencia histórica, ¿queremos volver a 1939?

Y – sin querer complicar demasiado el panorama – ni siquiera he mencionado el efecto agravante del panorama fragmentado de la información y el papel cada vez más corrosivo de la desinformación y la tecnología no regulada. Las personas ya no saben lo que es real. ¿Cómo pueden las sociedades empezar a abordar algunos de los retos a los que se enfrentan si no pueden ponerse de acuerdo sobre cuáles son esos retos? ¿Si no ven, escuchan o creen lo mismo?

No hay respuestas fáciles a estas preguntas, lo siento. Y sería presuntuoso si ampliara más el análisis, pero hay una cuestión, central en mi trabajo, que representa, de alguna manera, un microcosmos de esas cuestiones más amplias: la cuestión del asilo de las personas refugiadas. Un asunto que une y divide, provoca e inspira, cuyos retos reflejan esas cuestiones más amplias, pero cuyas soluciones pueden orientar sobre cómo responder.

Recapitulando: más guerras y violencia, que provocan más desplazamientos, que afectan a todas las partes del mundo, en un contexto en el que las personas han perdido la confianza en las instituciones y, sin embargo, no logran ponerse de acuerdo sobre los problemas que realmente deben abordar. No es difícil comprender, ante todo esto, el atractivo de la solución fácil. La necesidad natural de intentar imponer cierto orden en un mundo que se siente peligroso y caótico.

Las personas refugiadas están en el centro de la crisis existencial colectiva actual, de nuestra sensación de malestar global. Y esa necesidad de sentir que tenemos el control está en el centro del debate sobre el asilo y la migración. Sí, es un debate que se ha politizado, manipulado para obtener beneficios electorales, y en el que los argumentos no siempre se esgrimen de buena fe. Y sí, desafortunadamente, a menudo hay más de un atisbo de xenofobia – cuando no de racismo declarado – en el lenguaje utilizado para describir a la población refugiada y solicitante de asilo. Pero si queremos encontrar soluciones eficaces y legales, es importante evitar la tentación de la solución fácil y reconocer la complejidad del problema y los verdaderos retos a los que se enfrentan los países a la hora de responder al desplazamiento forzado.

Cualquiera podría pensar, basándose en lo que escuchamos y leemos en las noticias, que la mayoría de los países que reciben refugiados están en Europa o en Norteamérica. La realidad es que más del 70 por ciento de la totalidad de las personas refugiadas en el mundo son acogidas en países de renta baja y media. Países como Colombia, Uganda o Irán.

Permítanme ilustrar este punto. De acuerdo con el Ministerio del Interior aquí en Reino Unido, un total de 111.084 personas solicitaron asilo en un periodo de un año, entre julio de 2024 y junio de 2025. Esto incluye 43.600 llegadas en las infames pequeñas embarcaciones que dominan gran parte de la cobertura sobre este tema.

Durante exactamente el mismo periodo, por ejemplo, más de 250.000 personas refugiadas sudanesas cruzaron la frontera con el vecino Chad. Más del doble, a un país que ya acoge a más de 1,5 millones de personas refugiadas.

El PIB de Chad es de 20.600 millones de dólares estadounidenses. El del Reino Unido es de 3,6 billones de dólares estadounidenses. Reino Unido es una tierra rodeada de agua, al otro lado de la cual se encuentra, en su mayor parte, la Unión Europea. Chad es un país sin salida al mar en medio de una región inestable. También está situado en una de las regiones más calurosas de la Tierra, lo que lo convierte en uno de los países más vulnerables al clima del planeta.

No cabe duda de que la responsabilidad internacional hacia las personas refugiadas es una cuestión compleja en la que pesan otros factores. Y no subestimo ni por un momento los retos a los que se enfrentan incluso los países más ricos a la hora de acoger a los solicitantes de asilo, sobre todo teniendo en cuenta que el Reino Unido ha sido durante mucho tiempo un generoso donante para muchos países en primera línea del desplazamiento, entre ellos Chad. No lo olvidamos, ni lo damos por sentado.

Así que, en este complejo contexto, la pregunta es: ¿cuál es nuestra responsabilidad hacia las personas refugiadas?

Permítanme ser un poco más específico: ¿qué le debemos al pueblo de Sudán? Siguiendo con mi ejemplo. Están en un país muy alejado de Londres. Pero, ¿son “desconocidos”, aunque hayamos visto su sangre derramada en cantidades lo suficientemente grandes como para manchar la tierra? ¿Les hace eso menos desconocidos? ¿Necesitamos escuchar primero sus historias antes de decidir si tenemos alguna responsabilidad hacia ellos?

Y puedo decirlo: no son historias fáciles. Vi huir a miles de personas refugiadas sudanesas. Escuché a madres que fueron violadas frente a sus hijos. De familias que tuvieron que dejar morir solos a seres queridos porque estaban demasiado débiles para seguir adelante. De padres que tuvieron que tomar decisiones que ninguno de nosotros debería tomar jamás.

Estas son las historias de las personas refugiadas. Y por eso el asilo sigue siendo – como lo fue durante siglos, y en 1951 – una obligación moral y legal que debemos defender; la traducción de uno de los actos de compasión más antiguos y compartidos de la humanidad.

Las personas refugiadas sudanesas, como tantas otras personas refugiadas, huyen de la limpieza étnica. Huyen del hambre. De la enfermedad. De la violencia sexual. Reclutamiento forzado. Mutilaciones. Si eso es lo peor que puede ofrecer la humanidad – y lo es –, del otro lado, el asilo es uno de los mejores gestos que la humanidad puede ofrecer. Y sucede. Asilo es la historia de comunidades marginadas de Chad que acogen a esas personas refugiadas sudanesas y comparten lo que pueden compartir, ¡además de salvarles la vida! Lo he visto tantas veces: bangladesíes de a pie empujando carros llenos de comida y mantas para los refugiados rohingyas que huyen de las atrocidades a manos del ejército de Myanmar; las montañas de juguetes y caramelos que trajeron los habitantes de Polonia a los centros creados para acoger a la población refugiada ucraniana tras la brutal invasión rusa; estas y muchas otras imágenes similares quedarán grabadas para siempre en mi mente.

Eso es el asilo, más allá de la política. Y el asilo es también – por supuesto – una historia que hunde sus raíces en la tradición y la historia del Reino Unido: Pensemos en los hugonotes que huían de la persecución religiosa en Francia; en los belgas que escapaban de la invasión alemana en 1914; en los polacos, húngaros y muchos otros que buscaban refugio del régimen comunista; en los chilenos que se liberaron de la dictadura de Pinochet; en los vietnamitas reasentados durante las guerras de Indochina; en las personas asiáticas expulsadas por Idi Amin en Uganda y acogidas aquí; y, más recientemente, en las 250.000 personas ucranianas acogidas actualmente en este país. Reino Unido, Europa y el mundo serían lugares mucho peores si no se hubieran llevado a cabo estos – y otros innumerables – actos de concesión de asilo.

Pero mientras celebramos – sí, celebramos – el asilo, no debemos olvidar una verdad importante: la mayoría de las personas refugiadas quieren regresar a sus hogares. Eso es lo que nos dicen y lo que nos demuestran: veamos los retornos de refugiados a Siria en este mismo momento. Un millón de sirios han regresado a su país tras la caída del régimen de Assad. Casi dos millones de personas desplazadas dentro de Siria han regresado a sus hogares. Por supuesto, estos retornos se están produciendo progresivamente – como debe ser – en un país que aún se recupera de largos años de división y violencia, y que todavía no es seguro en todas partes y para todos, aunque avanza en la dirección correcta.

Pero la cuestión sigue en pie: cuando es seguro, el retorno es la opción que prefiere la mayoría de las personas refugiadas, en contra de la propaganda de algunos políticos que los describen a todos como simplemente deseosos de llegar a “nuestras” tierras. Pero de hecho, como en el caso de los sudaneses, algunos refugiados siguen yendo más allá de sus regiones, incluso a Europa, porque no pueden mantenerse en esos países.

Este es un ejemplo de cómo un reto global, visto como casi imposible de afrontar, puede abordarse si somos más estratégicos en nuestras respuestas: porque cuanta más asistencia (y mejor orientada) reciban de los donantes los países de primera línea que acogen a personas refugiadas, mejor podrán acogerlas, reduciendo la probabilidad de que se produzcan peligrosos desplazamientos posteriormente. Lamentablemente, estamos viendo exactamente lo contrario: los presupuestos de ayuda exterior se están recortando drásticamente – incluso aquí en el Reino Unido – empeorando la precariedad de la población refugiada y de los países de acogida. No podemos entonces pretender sorprendernos cuando aumentan los movimientos secundarios de refugiados.

Y cuando los refugiados se ven obligados a seguir adelante, se encuentran con que los canales legales para hacerlo están bloqueados – ya sea en un sentido real, físico, o detrás de obstáculos administrativos insuperables, o ambas cosas. Es entonces cuando recurren a medidas desesperadas, arriesgando sus vidas – o confiándolas a delincuentes – para cruzar el Sáhara, el Mediterráneo o el Canal de la Mancha. Muchos sufren horribles abusos durante sus viajes, o simplemente nunca llegan al destino previsto.

Las personas refugiadas no son las únicas que se desplazan. A menudo se encuentran viajando junto a migrantes, personas que no se ven forzadas a huir de sus países, sino que se desplazan para encontrar trabajo, escapar de la pobreza, estudiar o por cualquier otra razón no relacionada con la búsqueda de asilo.

Este fenómeno, que denominamos movimientos mixtos – es decir, personas refugiadas y migrantes que se desplazan juntas por las mismas rutas –, ha demostrado ser particularmente desafiante para los Estados a la hora de abordarlo con eficacia. Aunque se aplican marcos jurídicos diferentes a cada grupo – las personas refugiadas tienen derecho a protección internacional; las personas migrantes, no –, no es extraño que la población migrante presente solicitudes de asilo en ausencia de vías legales alternativas para la migración. Y entonces los sistemas judiciales se sobrecargan rápidamente. Los retrasos en el trámite de las solicitudes de asilo (y los costes derivados) crecen junto con la percepción de que se está abusando del sistema. El resultado es negativo para todos, especialmente para los refugiados, que se ven denigrados y para quienes el asilo sigue siendo una cuestión de vida o muerte.

A estas alturas, los políticos están sometidos a una inmensa presión. La retórica y las políticas se endurecen, al igual que las fronteras. El primer reflejo es disuadir. Marcar la separación entre nosotros y ellos. Construir muros y detener barcos. Reducir todas las opciones políticas a una falsa elección entre el caos o el control.

Sobre este punto, soy por supuesto muy consciente del anuncio hecho hoy por el gobierno del Reino Unido de introducir cambios en el sistema de asilo. Y aunque este no es el lugar para comentar la nueva propuesta de asilo, permítanme decir que una de las responsabilidades de ACNUR es trabajar con los Estados para ayudarles a cumplir con sus obligaciones. Por lo tanto, revisaremos las propuestas en detalle y compartiremos nuestros puntos de vista, como siempre hemos hecho, incluso cuando no hemos estado de acuerdo.

Dicho esto, está claro que la propuesta va en la dirección de hacer más difícil, no menos, ser refugiado en Gran Bretaña. Seguiremos abogando por una mayor estabilidad para las personas refugiadas y sus familias, de modo que puedan contribuir, integrarse y pertenecer al país. Pero también vale la pena dejar claro otro punto: el asilo no es una laguna migratoria, ni una especie de llamamiento implícito a la apertura de fronteras. De hecho, los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras. Es más, es su deber: no me escucharán decir lo contrario.

Toda la arquitectura del asilo se basa en que los Estados ejerzan su soberanía, no en que la nieguen. Las personas solicitantes de asilo van del territorio de un Estado al territorio de otro. De una jurisdicción a otra, pero siempre protegidos por los principios consagrados en la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados.

Por tanto, cuando nos escuchen (y me escuchen a mí) expresar nuestra preocupación es cuando los países consideran o aplican medidas que niegan a los refugiados esa protección, incumpliendo el derecho internacional. O cuando los políticos empiecen a pedir que se sustituya la propia Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, argumentando que está desfasada o que ya no se adapta a la realidad actual. Lo escuchamos hoy en día, incluso en algunos países europeos.

Se puede apreciar cómo se reciben tales argumentos en países como Uganda o Bangladesh – y otros incontables – que acogen a millones de personas refugiadas año tras año, a veces década tras década. Esos países, al defender el asilo y cumplir con sus obligaciones, salvan vidas cada día. Esos países también tienen fronteras. También ellos deben hacer frente a las mismas presiones – económicas, sociales, políticas – a las que se enfrentan los países europeos.

El reto al que se enfrentan todos los países consiste en trabajar juntos para encontrar soluciones que satisfagan tanto las necesidades de sus ciudadanos – que son legítimas, por supuesto – como sus obligaciones para con los refugiados de una manera que no socave la solidaridad internacional. Es un reto moral, jurídico y político.

Pero es un reto que podemos abordar.

Sin convertir de repente esta velada en una presentación política – ¡no se preocupen! – permítanme esbozar brevemente algunos enfoques innovadores que apuntan en la dirección correcta, enfoques extraídos de prácticas estatales recientes que han tenido éxito y de la propia experiencia de ACNUR.

El primero consiste en ampliar la escala y examinar rutas de desplazamiento enteras para encontrar oportunidades de estabilizar los flujos de población a lo largo de esas rutas. En otras palabras, no hay que esperar a que las personas refugiadas y migrantes lleguen a las fronteras para actuar. Cuando las personas refugiadas encuentran protección y oportunidades, disminuyen los incentivos para seguir adelante, como les ocurrió a cientos de miles de venezolanos desplazados, por ejemplo, cuando Colombia les concedió el Estatus de Protección Temporal en 2021. Paralelamente, unas vías migratorias reguladas mucho mejores y más amplias – incluidas la movilidad laboral y las vías educativas – pueden ser vías de salida ordenadas para los migrantes y disminuir la presión sobre el canal de asilo.

Estas medidas no significan que las respuestas basadas en el control se vuelvan repentinamente innecesarias. Ambos conjuntos de medidas son complementarios. Las personas que no necesitan protección internacional, es decir, que no son refugiadas, pueden ser retornadas. También puede considerarse la posibilidad de recurrir a terceros países seguros, siempre que se haga de acuerdo con las normas internacionales. El acuerdo “one in one out” entre el Reino Unido y Francia es la prueba de que cuando los Estados cooperan, pueden idear nuevas respuestas que aborden legalmente el reto de los movimientos mixtos.

Al mismo tiempo, es fundamental que los Estados que acogen a grandes poblaciones refugiadas sigan recibiendo apoyo. He mencionado las recientes reducciones de los presupuestos de ayuda exterior. Lo que no he mencionado es el impacto devastador que estos recortes ya han tenido, y no me refiero a ACNUR (aunque hayamos perdido aproximadamente una cuarta parte de nuestro presupuesto y hayamos tenido que despedir a miles de nuestros empleados).

No, son los refugiados – quienes menos pueden permitirse – quienes han pagado el precio más alto. Las tasas de desnutrición se han disparado, las clínicas y escuelas han cerrado, hay menos dinero para asesoramiento, menos para supervivientes de violencia sexual, menos para niños separados, menos para alojamiento... la lista es larga y sombría. Millones de vidas afectadas al reorientarse los presupuestos a gastos de defensa y protección. Los recortes en la asistencia exterior a los refugiados forman parte de un error estratégico más amplio que no hará sino agravar la inestabilidad y empeorar el problema que todos estamos tratando de resolver, lo que resulta tanto más perjudicial cuanto que en los últimos años hemos hecho enormes progresos en la transformación de nuestra forma de responder a las emergencias de refugiados.

Tradicionalmente, cuando teníamos que responder al estallido de la guerra en algún lugar y al desplazamiento forzado, se creaban rápidamente estructuras paralelas – escuelas, clínicas, pozos de agua, puntos de distribución de alimentos – para proporcionar asistencia vital a las personas refugiadas. Y ese modelo salvó vidas.

Pero dependía de una financiación específica que invariablemente se reducía con el paso del tiempo, lo que hacía que la respuesta fuera insostenible. Además, segregaba a las personas que vivían en las mismas comunidades en función de su estatus. En lugar de ello, en los últimos años hemos dado prioridad a soluciones más sostenibles al desplazamiento que pretenden acabar con estas estructuras paralelas promoviendo la inclusión de las personas refugiadas en los sistemas existentes a lo largo de esas rutas. Así, en lugar de construir una nueva escuela, los fondos se destinan a rehabilitar o ampliar escuelas existentes que acojan a toda la niñez.

Para conseguirlo, a menudo hay que cambiar las políticas de los gobiernos de acogida, para eliminar las restricciones impuestas anteriormente a las personas refugiadas: a la libertad de movimiento, al acceso a los servicios y al mercado laboral, etcétera. Esto, a su vez, permite que las personas refugiadas sean más autosuficientes – y menos dependientes de la ayuda – y contribuyan más plenamente a sus comunidades, como profesores en esas mismas escuelas.

En la última década, hemos trabajado codo con codo con muchos actores del desarrollo –incluido el FCDO – para acelerar este cambio. Recabamos la ayuda de instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial, o del sector privado, y movilizamos miles de millones de dólares que se destinaron directamente a los países que acogen a la población refugiada – no a ACNUR – para ayudarles a pasar a este modelo más sostenible. Los progresos han sido tangibles en muchos países.

Y entonces llegaron estos recortes de financiación, debilitando una buena estrategia para abordar el desafío global.

Pero no es demasiado tarde. Nunca es demasiado tarde para invertir y reinvertir en ayuda. En paz y estabilidad, porque, en última instancia, eso es lo que se compra con el dinero de la ayuda. Sí, puede ser una inversión arriesgada y no es un negocio: los beneficios no siempre son inmediatos. Pero yo diría que la posibilidad de la paz – incluso de una paz lejana – es siempre una apuesta mejor que la certeza de la guerra.

Señor Deán, queridos amigos,

Perdónenme si me he desviado – de cierta manera – hacia cuestiones técnicas. Pensé que era importante ser específico para demostrar que para encontrar lo familiar en lo extranjero – para construir el valor de acoger – debemos arremangarnos, desentrañar cuestiones complejas como el desplazamiento forzado y los flujos de población, y desarrollar soluciones prácticas para garantizar que salvaguardamos a todos: a quienes huyen por miedo, que necesitan protección internacional; y a quienes les acogen, como los ciudadanos de este país. Mi mensaje es que si evitamos la tentación de las respuestas simplistas – barreras, retrocesos, restricciones – podemos encontrar el equilibrio necesario y defender un valor fundamental de todas las civilizaciones. ¡Es posible!

El debate sobre el asilo es un reflejo de nuestro mundo. Si queremos abordar sus aspectos más difíciles – el uso indebido que algunos hacen de él; los temores que puede generar; los retos sociales y económicos que desencadena – no debemos exacerbar esos aspectos, como hacen muchos políticos para ganar las próximas elecciones; sino trabajar con diligencia en el estrecho espacio, más complejo pero real, entre el pragmatismo y los principios: y a partir de ahí crear respuestas en las que pueda florecer el propósito esencial de salvar vidas que tiene el asilo.

No digan que soy idealista. O mejor dicho, sí, díganlo, porque lo soy, y con orgullo – pero también he trabajado en distintas crisis durante más de cuatro décadas, en todo el mundo, desde que era voluntario en la frontera entre Camboya y Tailandia hacia el final de las guerras de Indochina, hasta donde estoy ahora, a punto de concluir diez años al frente de una gran organización. He visto de cerca más guerra, violencia, injusticia y abusos de los que puedo recordar. Pero también he visto lo poderosa que puede ser la empatía humana con quienes sufren. Sé que el conocimiento, la paciencia, la creatividad y la compasión pueden formar una mezcla invencible cuando se trata de encontrar soluciones a problemas difíciles. Acoger a quienes huyen se ha convertido en uno de ellos, pero hay un camino que recorrer.

A pocos pasos de aquí, uno de los más grandes poetas del siglo XX, a quien aprecio desde hace mucho tiempo, tiene una lápida conmemorativa: en su poema Refugee Blues, W.H. Auden escribió los siguientes y hermosos versos, que resumen la experiencia de las personas refugiadas:

“Mil ventanas y mil puertas

Ni una sola era nuestra”.

¿Podemos aún encontrar una puerta que abrir?

Yo creo que sí.

Todo lo que hace falta es el valor de acoger.

Gracias.