El Alto Comisionado conoce historias de oportunidades y retorno en América Latina
El Alto Comisionado conoce historias de oportunidades y retorno en América Latina
Andriuska Bello camina junto al Alto Comisionado Barham Salih en el barrio de Petare, en Caracas (Venezuela), adonde regresó en enero tras vivir varios años en el Ecuador.
Para millones de personas en América Latina y el Caribe, el desplazamiento ha significado dejar atrás sus hogares, sus empleos y sus comunidades. Hoy en día, las Américas acogen a más de 21,8 millones de personas desplazadas por la fuerza y apátridas, lo que supone casi una quinta parte del total mundial. Sin embargo, en una reciente visita a México, Perú y Venezuela, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, descubrió otra cara de esta realidad: personas que reconstruyen sus vidas a través del trabajo, la educación y el retorno.
Durante su visita, Salih se reunió con presidentes, ministros, alcaldes, líderes empresariales, socios humanitarios y personas refugiadas. Se reunió con la presidenta Keiko Fujimori y con la presidenta interina Delcy Rodríguez, se dirigió al Senado de México y visitó escuelas, fábricas y centros comunitarios. Sin embargo, algunas de las conversaciones más impactantes tuvieron lugar con personas que están construyendo un nuevo futuro para sí y sus familias tras la experiencia del desplazamiento.
Para Daysi, ese futuro se traduce en tener un hogar propio.
Para Yuliveth Jardín, en un título universitario y una carrera en el ámbito científico.
Para Andriuska, significa reconstruir su vida en el país del que una vez tuvo que salir.
Un sueño al alcance de la mano
Cuando Daysi huyó de Honduras con sus hijos, su única preocupación era mantenerlos a salvo.
Hoy, en la ciudad de Aguascalientes, en el centro de México, su hijo estudia ingeniería, su hija destaca en el colegio y ella trabaja por un objetivo que antes parecía inalcanzable: comprar una casa propia.
A través de un programa de integración gestionado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, Daysi está trabajando en una planta automotriz y ahora tiene la estabilidad que conlleva un empleo formal.
“Mi trabajo me da satisfacción. Gracias a él, tenemos comida, alquilamos una casa, mis hijos estudian, y lo que más me motiva es poder iniciar el proceso para comprar mi propia casa”, compartió Daisy.
Su historia refleja una tendencia más amplia en México, donde las personas refugiadas encuentran cada vez más oportunidades para establecerse y contribuir a la sociedad. A través del programa de integración local de ACNUR, más de 175.000 personas solicitantes de asilo y refugiadas han encontrado empleo en más de 650 empresas participantes.
Tras reunirse con Daysi y otras personas refugiadas que han reconstruido sus vidas en Aguascalientes, el Alto Comisionado destacó la importancia de las alianzas de ACNUR con el sector privado para crear las condiciones que hacen posibles estas experiencias exitosas.
“Las instituciones, la sociedad civil, el mundo académico y el sector privado se unen para crear oportunidades e incluir a las personas refugiadas. Eso no solo es bueno para los refugiados. También es bueno para México”, afirmó Salih.
Construyendo robots y un futuro
En Perú, Yuliveth Jardín persigue sus propios sueños académicos.
Esta joven venezolana de 24 años estudia ingeniería mecánica y eléctrica en la capital, Lima, donde colabora en la construcción de robots como parte del equipo de robótica de su universidad. Tras salir de Venezuela cuando era adolescente, trabajó durante años para ahorrar dinero y prepararse para las pruebas de acceso a la universidad.
Hoy, espera un futuro en el que pueda contribuir al avance del conocimiento en el campo que ha elegido. “Me gustaría contribuir a la ciencia en algún momento de mi carrera”, comentó Yuliveth.
Su historia refleja tanto el potencial como los obstáculos a los que se enfrentan las personas desplazadas en el Perú, país que acoge a un gran número de venezolanos. Aunque el 44 % ha completado la educación superior, solo el 8 % ha obtenido el reconocimiento oficial de los títulos conseguidos en Venezuela en el Perú.
Para Salih, la experiencia de Yuliveth es un ejemplo de lo que las personas refugiadas pueden lograr cuando se les da la oportunidad de forjar su propio futuro. “Su ambición y determinación son un recordatorio inspirador de la resiliencia de los jóvenes, y de lo que la educación y las oportunidades pueden hacer posible”, afirmó.
El difícil camino de vuelta a casa
Para Andriuska y su familia, el retorno a casa abrió un nuevo capítulo en su historia.
Tras años viviendo en Ecuador, regresó a Venezuela a principios de 2026 con su marido y sus dos hijos. Al igual que muchas de las decisiones que ha tomado, el retorno estuvo motivado por el deseo de crear un futuro mejor para su familia.
Cuando Salih visitó Petare, uno de los barrios más grandes de Caracas, Andriuska le acompañó por las calles empinadas y tortuosas del lugar que ella considera su hogar. Al pasar junto a casas coloridas, le habló de cómo criaba a sus hijos, de cómo había vuelto a estrechar lazos con su familia y de cómo se estaba labrando un futuro en Venezuela.
Sus hijos, que nunca antes habían vivido en Venezuela, van al colegio y están descubriendo un país que antes solo existía en las historias que les contaban sus padres. “Para mí, estar aquí es estar en paz”, comentó.
Al igual que muchos de los que regresan a casa tras una ausencia forzada, Andriuska se centra más en los planes para el futuro que en lo que ha dejado atrás.
“Volver a casa nunca se reduce simplemente a cruzar una frontera”, explicó Salih. “Se trata de lo que viene después: documentos, trabajo, seguridad, colegios, comunidad y la oportunidad de volver a imaginar un futuro”.
Andriuska y sus dos hijos viajan en la parte trasera de un pick-up en el barrio de Petare, en la capital venezolana, Caracas.
Más que un capítulo
Aunque Daysi, Yuliveth y Andriuska representan diferentes etapas del proceso de desplazamiento —integración, inclusión y retorno—, sus aspiraciones y su determinación para construir un futuro mejor son similares.
Las mismas aspiraciones y determinación se reflejan en la visión “50para35” de ACNUR, cuyo objetivo es reducir a la mitad el número de refugiados en situaciones de desplazamiento prolongado que dependen de la ayuda humanitaria, gracias a la colaboración con gobiernos, actores de desarrollo, el sector privado y otras partes interesadas para empoderar a las personas refugiadas, fomentar la autosuficiencia y promover soluciones duraderas, como el retorno voluntario a sus hogares.
El Alto Comisionado concluyó su misión con una visita a La Guaira, al norte de Caracas, donde se reunió con comunidades venezolanas afectadas por los devastadores terremotos de junio, que están trabajando para reconstruir sus hogares, recuperar sus medios de vida y volver a la normalidad.
Barham Salih (a la derecha) visita La Guaira, en Venezuela, tres meses después de que unos terremotos devastadores afectaran a miles de familias.
“Ya sea al regresar tras años de ausencia o al empezar de nuevo tras una catástrofe, el hogar es más que un lugar. Es algo que reconstruimos a través de la seguridad, las oportunidades, la comunidad y, sobre todo, la dignidad”, dijo Salih.
Sus experiencias, como las de Daysi, Yuliveth y Andriuska, nos recuerdan que, aunque una crisis pueda alterar el curso de la vida de una persona, no define lo que vendrá después.