Mi historia, mi futuro: Volver a casa es como volver a mí misma
Mi historia, mi futuro: Volver a casa es como volver a mí misma
Andriuska en su casa en Petare, un barrio popular de Caracas, donde ha vuelto tras pasar varios años en el Ecuador.
“La palabra que más me identifica es resiliencia. Es constante la lucha que vivimos a diario como seres humanos: tratamos de sobrevivir día a día y de ver la mejoría como personas”. Así se describe Andriuska, una madre venezolana que regresó a su país a inicios de 2026, después de años lejos de casa, con dos hijos de la mano y una sola certeza: todo lo que ha hecho, lo ha hecho por ellos.
Sus mañanas comienzan temprano en una pequeña pieza de Petare, al este de Caracas, donde viven desde hace apenas dos semanas. Antes que nada, ordena su habitación. “Cuando organizo mi cuarto, se organizan mis ideas, organizo mi mente”, dice con una sonrisa. Luego llegan el desayuno, la despedida de su esposo Kevin muy temprano, que sale a trabajar, y la revisión de que los niños se hayan lavado los dientes antes de ir a la escuela.
Es una rutina sencilla, casi invisible. Pero para Andriuska, cada uno de esos gestos es una pequeña victoria, porque para ella, estar para su familia lo es todo.
Irse para proteger la vida
Andriuska vive con hipotiroidismo. Cuando descubrió que estaba embarazada de su primer hijo, Venezuela atravesaba una escasez de medicinas y alimentos. Kevin se había ido a Ecuador y ella enfrentaba sola los días de incertidumbre sobre su futuro en Venezuela. Muchas noches se acostaba “con un vaso de agua en el estómago”. En sus controles prenatales no encontraba la seguridad que necesitaba, y el miedo fue creciendo dentro de ella: temía por su vida y por la de su bebé, y no tenía la certeza de poder llevar su embarazo a término.
“Desde muy temprana edad entendí que ser mamá era mi responsabilidad”, recuerda. “Mi instinto fue proteger su vida”.
Andriuska cerca de su casa en el barrio de Petare, Caracas, juntos a sus hijos Kevin (7) y Kender (4).
Fue la primera de muchas decisiones difíciles. Con siete meses de embarazo y completamente sola, emprendió el camino hacia Ecuador. Allá nacieron sus dos hijos. La familia intentó reconstruir su camino, pero Kevin no pudo reconocer legalmente a sus hijos, que quedaron registrados solo a nombre de su madre. La falta de una red de apoyo también se hacía sentir. Los cumpleaños se celebraban a solas, solo ellos cuatro, sacando “de donde no teníamos para que los niños no se quedaran sin su fiesta”. Los pequeños casi no compartían con otros niños; les costaba hablar, mostrar o verbalizar lo que sentían.
Con los años, la enfermedad avanzó y los médicos le indicaron una cirugía de tiroides. Andriuska tomó otra decisión difícil: no operarse. No era falta de valentía, era amor de madre. Si algo le pasaba en el quirófano, sus hijos quedarían sin nadie que pudiera representarlos legalmente.
Fueron tiempos muy duros. Llegó a bajar tanto de peso que no soportaba mirarse al espejo, y no tenía cómo acceder a una terapia. Aun así, encontró en sí misma la fuerza para sostenerse.
“Me miraba al espejo y me decía: tú puedes, tú eres hermosa. Yo fui mi propia psicóloga en aquel momento”.
La decisión de volver nació de la misma motivación que la había hecho partir: proteger el futuro de sus hijos. Fue una decisión libre, tomada en familia y pensando en los niños. “Quería que conocieran su país, que tuvieran la nacionalidad venezolana y el apellido de su papá”, explica. Recuperar esa documentación era también el paso que necesitaba para poder, por fin, operarse con tranquilidad.
Volver es el comienzo
Regresar fue solo el primer paso. Gracias a líderes comunitarios de Petare, Andriuska llegó al Centro Comunitario El Colibrí, gestionado por la Fundación Luz y Vida con el apoyo de ACNUR, uno de los núcleos de servicios de protección que se han promovido a lo largo del territorio nacional.
Llegó buscando ayuda para su hijo mayor. Lo que encontró fue mucho más. “Yo siempre busqué una ayuda para él. Nunca pensé que también sería para mí”.
El centro forma parte de una estrategia nacional de ACNUR que acerca los servicios a las comunidades, y fortalece las capacidades de las instituciones y organizaciones locales en lugar de sustituirlas. En un mismo lugar, personas refugiadas, retornadas y de las comunidades de acogida pueden recibir orientación legal, atención psicosocial y acompañamiento para retomar sus vidas.
Con el tiempo, El Colibrí se ha vuelto parte de su vida. Cada vez que hay una actividad para ella o para sus hijos, Andriuska se levanta motivada, llega puntual y procura no perderse ninguna. Allí se siente acompañada todos los días.
“Para mí, este lugar significa un hogar. Nos han ayudado a reintegrarnos, a familiarizarnos otra vez con nuestro país”.
Para ACNUR, el retorno no termina al cruzar la frontera. Bajo la visión del Alto Comisionado Barham Salih, conocida como 50 by 35, la organización se ha propuesto que el desplazamiento deje de ser una condición que se prolonga por años, dependiendo de la ayuda humanitaria, y se convierta en una etapa que termina con una solución. El retorno, acompañado de una reintegración sostenible, es uno de esos caminos.
Para Andriuska, reintegrarse significa recuperar plenamente sus derechos como ciudadana: tener documentos, que los hijos estudien en el país, acceder a la salud pública, sentirse bienvenidos en la comunidad y contar con oportunidades para sostener a la familia por sus propios medios. En este proceso, ACNUR actúa como catalizador, uniendo a instituciones nacionales, organizaciones comunitarias, socios de desarrollo y sector privado, para que las soluciones nazcan en las propias comunidades y permanezcan allí.
Ser ellos mismos, volver a ser ella
El desplazamiento es un capítulo en la vida de una persona, no toda su historia. Para quienes regresan, esa idea se traduce en una meta sencilla: que volver a casa sea también poder quedarse.
Los hijos de Andriuska llegaron a un país que no conocían. Nunca antes habían pisado Venezuela. Y, sin embargo, aquí encontraron el camino para ser ellos mismos. Ahora hablan, juegan, comparten con otros niños y dicen lo que sienten. Verlos ser ellos mismos le ha permitido a Andriuska algo que durante años había dejado para después: regresar a sí misma.
“Para mí, estar aquí es eso: estar en paz”.
El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Barham Salih, visitó recientemente Venezuela y se encontró con Andriuska en su barrio. De ella escuchó lo que ha significado retornar a su país para ella y su familia, los desafíos que implica retornar después de años en el extranjero, y sus proyectos y aspiraciones para el futuro.
Una de las primeras cosas que hizo al volver fue llevarlos a la playa. Kender, el menor, no ha dejado de hablar de ella desde entonces. Es su lugar favorito, y cuenta, emocionado, que ya tiene un plan: llevar mucha, mucha arena a su casa para convertirla en una casa de playa.
Los cumpleaños también cambiaron. Ya no son de cuatro. Ahora hay familia alrededor, amigos, abrazos, gente que quiere y que es importante para ellos. Es el cumpleaños que Andriuska siempre soñó darles, uno que se siente de verdad. Su hermano mayor, quien la ha cuidado desde que perdió a su padre a los ocho años, vuelve a estar cerca. “Puede que no nos veamos todos los días, pero no pasa uno sin que me escriba para saber si ya comimos, cómo nos fue. Tenerlo cerca me da muchísima tranquilidad”.
Cuando mira hacia adelante, Andriuska no se imagina esperando ayuda, sino construyendo con sus propias manos. Sueña con una casa propia: un espacio solo para ellos. Se ve terminando el bachillerato y estudiando psicología y cosmetología, dos caminos que para ella van de la mano. Quiere ayudar a otras mujeres a sentirse bien “tanto por dentro como por fuera”, como aprendió a hacerlo ella misma frente al espejo.
“Me visualizo teniendo mi propia empresa y sacando adelante a mis hijos sin pensar en que hay pan para hoy y hambre para mañana”.
Su sueño más grande también es abrazar a otras madres: aquellas que, como ella, no pueden trabajar porque no tienen con quién dejar a sus hijos. Mirando al equipo que la ha acompañado, lo dice sin dudar: “Me gustaría hacer lo que ustedes hacen ahora: tener una fundación para ayudar a muchas mujeres”.