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"The Most Important Thing" - Lo más importante

Historias

"The Most Important Thing" - Lo más importante

Huyeron de Angola prácticamente con las manos vacías. Ahora que por fin pueden regresar a su hogar, algunos tras décadas de exilio, once de estos refugiados nos muestran sus posesiones más preciadas.
5 February 2016
La chaqueta de su padre abrigó a Sebastian cuando huyó a los 7 años.|Maria, de 68 años, cuenta que esta cruz es lo más importante que trajo consigo cuando huyó de Angola en 1962. "Con ella estoy en paz. Si no tuviese esta cruz, hoy no estaría aquí. Salvó mi vida y las vidas de mis hijos". Maria recuerda cómo llegaron los soldados en Angola y mataron a su marido delante de ella. Las lágrimas inundan sus ojos mientras describe la escena, más de 50 años después. Ella y sus hijos, el más pequeño con tan solo nueve días de vida, huyeron inmediatamente al bosque y, durante siete meses, vivieron de la tierra, bebiendo agua de lluvia. Posteriormente pudieron cruzar la frontera hacia un nuevo país conocido como la República Democrática del Congo. Si tuviera que huir de nuevo, afirma que la cruz es lo primero que se llevaría.|

Si la guerra y la violencia asolasen tu país y de pronto te vieses obligado a huir para salvar tu vida, ¿qué te llevarías contigo?


El fotógrafo norteamericano Brian Sokol, en colaboración con personal de ACNUR en todo el mundo, ha planteado esta pregunta a centenares de personas que han experimentado de primera mano este horror. El proyecto fotográfico resultante, "The Most Important Thing" (Lo más importante), proporciona sorprendentes y valiosas respuestas a esa cuestión.

La última entrega de la serie se centra en los refugiados angoleños en la República Democrática del Congo (RDC), ofreciendo un giro en el proyecto de Sokol, que pasa de fotografiar a refugiados recién llegados, a retratar a otros que llevan hasta 50 años desplazados por la fuerza. Sorprendentemente, muchos de estos refugiados de larga duración aún poseen los objetos que llevaron consigo al huir y que han conservado como recuerdo de los seres queridos que ya no están, o del modo de vida que han perdido para siempre.

Con Angola en paz desde 2002, donde la prosperidad también va en aumento, muchos refugiados angoleños tienen la esperanza de cerrar el círculo del desplazamiento forzado, llevándose estos objetos en el viaje de regreso a su hogar. Otros tienen nuevos objetos que tienen previsto llevar de vuelta a su hogar y con ellos, rehacer sus nuevas vidas.

Las pasadas entregas de este proyecto incluían a refugiados malienses en Burkina Faso; sirios en Turquía, Líbano y Jordania; sudaneses en Sudán del Sur; y centroafricanos en la República Democrática del Congo.

La chaqueta de su padre abrigó a Sebastian cuando huyó a los 7 años.|Maria, de 68 años, cuenta que esta cruz es lo más importante que trajo consigo cuando huyó de Angola en 1962. "Con ella estoy en paz. Si no tuviese esta cruz, hoy no estaría aquí. Salvó mi vida y las vidas de mis hijos". Maria recuerda cómo llegaron los soldados en Angola y mataron a su marido delante de ella. Las lágrimas inundan sus ojos mientras describe la escena, más de 50 años después. Ella y sus hijos, el más pequeño con tan solo nueve días de vida, huyeron inmediatamente al bosque y, durante siete meses, vivieron de la tierra, bebiendo agua de lluvia. Posteriormente pudieron cruzar la frontera hacia un nuevo país conocido como la República Democrática del Congo. Si tuviera que huir de nuevo, afirma que la cruz es lo primero que se llevaría.|

Antonio, de 53 años, se quedó huérfano a los 12 y fue reclutado a la fuerza como niño soldado en la sangrienta guerra civil de Angola. Cuenta que dirigió un grupo de 150 niños soldados, algunos de tan solo seis años. "Era soldado, e… hice lo que hice para sobrevivir". Después de dos batallas, Antonio desertó y desapareció en el bosque. Durante más de un año, vivió de la tierra, cazando búfalos y antílopes con su arma. Finalmente, se encaminó a la actual RDC, entonces llamada Zaire. "Fue solo tras salir de Angola y llegar a Zaire que me convertí en alguien sabio. Cuando crucé la frontera, fue como empezar una nueva vida. Todo lo de antes se quedó en Angola". Antonio declara que lo más importante que trajo con él fue su historia. "Mi familia murió y yo sufrí enormemente. No quiero que mis hijos sufran. Les digo que observen cómo fue mi vida, todos los errores que cometí, y cómo ahora no puedo regresar a casa… Quiero que ellos aprendan de mi historia".

Elisabeth, de 72 años, dice que su Biblia es el objeto más importante que se llevó consigo cuando huyó de la guerra en Angola. Es lo único que tiene de aquel viaje que emprendió 52 años atrás. "Fue un regalo de mi pastor el día de mi bautismo", dice. Aunque encontró seguridad en el país hoy llamado RDC, la vida en el exilio ha sido difícil. Madre de siete hijos, ha estado separada durante años de varios miembros de su familia y lucha contra el sentimiento de no tener un verdadero hogar. "En este mundo, las cosas malas ocurren, pero en la Biblia puedes encontrar palabras que te ayudan".

Nacido y criado en el exilio, Francisco no duda un ápice cuando le preguntan si se siente al menos un poco congoleño. "Mi respuesta es clara como el agua. Solo puedo reivindicar una nacionalidad: soy angoleño". Este zapatero, a quien su tío materno inició en el oficio, regresó a su Angola natal en 1977. Pero cuando la guerra estalló de nuevo en 1992, se vio obligado a huir de nuevo a Zaire, ahora llamado RDC. "Lo perdí todo. Mi tienda, mis certificados de estudios. Todo". Francisco afirma que las cosas más importantes que se llevó consigo fueron sus pequeños alicates y su martillo de zapatero. "Con ellos, nunca pasaré hambre", declara.

Lumona, angoleña de 36 años, dice que si tuviera que huir de nuevo y solo pudiera llevar una cosa con ella, sería un retrato suyo que le pintó un amigo hace diez años. "Me encanta porque es arte. No es una fotografía. Alguien se tomó tiempo necesario para retratarme. Es bonito y me hace feliz, y estoy segura de que viéndolo, hace felices a otros también".

Los combates alcanzaron la ciudad de Edward en Angola en 1993, cuando tenía 16 años. Su familia huyó cuando un cohete explotó a dos kilómetros de su casa. Cogieron esta vasija pidi, llena de carne de búfalo, para alimentarse en su viaje. Edward recuerda haber visto muchos cuerpos al huir y escuchar noticias de vecinos que habían sido asesinados. Cuando cruzó la frontera con Zaire, ahora llamado RDC, sintió al mismo tiempo alivio de estar vivo, tristeza de haber perdido a tantos seres queridos, e inquietud ante lo que su nueva vida le depararía. "Puedo contarles a mis hijos la historia de nuestra familia a través de esta vasija de pidi. Es lo único que nos queda de aquel viaje. Con suerte, nos la llevaremos en nuestro viaje de regreso a Angola en el futuro". Durante su exilio, Edward se graduó en ingeniería eléctrica. "Soy afortunado", dice. "No todos los refugiados tienen acceso a la educación".

Cuando le preguntan qué se llevaría consigo si se viese forzada a huir de nuevo, Isabelle, de 53 años, reflexiona por un momento y señala un suave llavero con una cebra de juguete que cuelga de la pared. "Me llevaría esto porque me recordaría mi pequeña habitación en Kinshasa", cuenta. Nacida en Angola, Isabelle ha sido desplazada por la guerra en dos ocasiones al país ahora conocido como RDC, primero cuando era una niña, y después, tras el estallido de la guerra civil en 1992. Hoy esta madre de seis hijos se gana la vida en la capital de la República Democrática del Congo, Kinshasa, regentando un pequeño puesto junto a la carretera en el que vende té, yuca, pan, y pescado seco. "Tengo un pequeño negocio. Sé cómo hacer dinero donde quiera que vaya".

Sebastian tenía siete años la noche en que su familia, tras haber huido de la guerra de independencia de Angola, llegó al país ahora conocido como República Democrática del Congo. Unos 60 años después, recuerda: "Hacía frío y mi padre me dio su chaqueta para mantenerme caliente. La llevaba puesta mientras cruzaba la frontera. Cuando veo esa chaqueta, incluso ahora que estamos hablando de ella, pienso en Angola. El día en que pueda cruzar la frontera de regreso a Angola, la llevaré puesta y recordaré a mi padre. La vestiré porque ahora yo mismo soy padre".

Exsoldado en Angola, Sebastiao, de 55 años, huyó en cuanto supo que su vida estaba en peligro. Aunque tiene miedo de regresar, aún considera Angola su hogar. Si se viese obligado a huir de nuevo para salvar su vida, el objeto más importante para su familia es el documento que sostiene en esta foto, un Billet de Composition Familiale (certificado de la composición familiar). "Esta es la prueba de que soy un refugiado", dice. "Sin él, podría ser arrestado, mis hijos podrían ser expulsados, o su madre podría llevárselos y se convertirían en congoleños. Este documento prueba que mis hijos son angoleños".

Edward recuerda que su familia huyó de Angola en algún momento entre 1958 y 1961, pero los detalles del viaje permanecen nítidos en su mente. "Éramos cinco y yo comía yuca y cacahuete. Mi madre llevaba ropa y una bolsa de yuca. Le di una patada a un árbol cuando caminábamos por el bosque y luego se me gangrenó el dedo del pie y lo perdí durante el viaje". Después de más de 50 años, Edward está preparando su regreso a casa. Cuando se le pregunta qué es lo más importante que llevará consigo, muestra en alto sus fuertes manos y dice: "¿Parezco alguien que no trabaja? Necesito estas dos, solo estas dos manos. Una para un machete, la otra para agarrar una azada." Aunque echará de menos la hospitalidad de los congoleños, Edward, de 73 años, dice estar entusiasmado por volver a casa. "Estoy contento porque voy a trabajar la misma tierra que mi padre trabajó". Planea plantar judías, cacahuete y yuca.

Una mañana de 1992, Kabamba y su padre estaban cocinando una tortilla en el exterior de su casa en Angola, mientras su madre y hermanas trabajaban en el campo. Varios hombres llegaron portando machetes, arrastraron a su padre al interior de la casa y lo asesinaron. Después, obligaron a Kabamba a sentarse en la sartén con aceite hirviendo hasta que perdió la consciencia. Cuando despertó, estaba en brazos de su madre, mientras huía junto sus ocho hermanas hacia Zaire, ahora RDC. Hoy la situación es muy diferente en Angola y la mayor parte de su familia ha regresado a casa. Kabamba, aún física y emocionalmente marcado por aquella experiencia, declara: "Personalmente, no quiero volver. Pero no puedo sobrevivir aquí solo, y mi familia está regresando". Lo más importante que se llevará es una foto de su novia embarazada, a quien por ahora tiene que dejar atrás. "No puede partir conmigo porque no aún estamos casados, y por eso no figura como miembro de la familia. Según la cultura de aquí, no te puedes casar con una mujer embarazada. Tenemos que esperar a que dé a luz para empezar el proceso matrimonial".

Por Céline Schmitt. Fotografías de Brian Sokol.