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Sudán: Traficantes secuestran a menores no acompañados en la frontera

Historias

Sudán: Traficantes secuestran a menores no acompañados en la frontera

Más de 1.000 menores no acompañados llegaron a Sudán desde Eritrea durante el último año. El viaje a Sudán está lleno de peligros.
20 September 2010
Menores no acompañados en el campamento de Shagarab en el este de Sudán.

CAMPAMENTO DE SHAGARAB, Sudán, 20 de septiembre (ACNUR) – Cuando el pasado abril el joven Hatim* de dieciséis años y sus dos amigos abandonaron Eritrea para marcharse al vecino Sudán, tan solo llevaban consigo sus teléfonos móviles y algo de ropa. Al escaparse del servicio militar obligatorio, pensaron que Sudán estaba a tan solo unos días de camino.

Sin embargo, pasaron seis semanas antes de que el trío, medio desnutrido y en necesidad de asistencia médica, llegara arrastrándose a Shagarab, uno de los ocho campamentos de refugiados que el ACNUR gestiona en el este de Sudán. Formaban parte de los más de mil menores no acompañados que han llegado al país desde Eritrea en el último año.

Muchos, como Hatim y sus acompañantes, caen en las manos de despiadados traficantes de personas que también se dedican al secuestro, acechando a aquellos que huyen de Eritrea con la intención de forzar a las familias a que paguen por su liberación.

A la agencia de refugiados de la ONU le preocupa el desarrollo de estos acontecimientos y el efecto que pueden tener sobre los menores no acompañados, presas fáciles para quienes ejercen la trata, el tráfico y el secuestro de personas.

"Varios solicitantes de asilo han informado al ACNUR de la existencia de casos de extorsión por parte de tratantes de personas a su llegada a Sudán", comentó Rebeca Cenalmor-Rejas, oficial de protección en Kassala, próximo a Shagarab. Añadió que el ACNUR ha instado al gobierno sudanés a intervenir "para prevenir que se repitan sucesos similares en el futuro".

Cinco meses después de haber llegado a Shagarab, Hatim está delgado, pero tiene aspecto saludable. Ha permanecido en el centro especial para menores no acompañados del campamento, donde los jóvenes residentes gozan de comida, cobijo y seguridad y tienen acceso a juegos, televisión y clases de idiomas en árabe e inglés.

Hatim quiere quedarse en Sudán e ir al colegio allí. Sin embargo, para muchos menores no acompañados y refugiados que consiguen cruzar la frontera, Shagaran es tan solo una parada para reponer fuerzas antes de llegar a la capital del país, Khartum, Oriente Medio o Europa, donde esperan encontrar una vida mejor.

Como muchos otros varones que huyen de Eritrea, Hatim se fue para evitar el servicio militar obligatorio. Fue una decisión repentina. Había dejado de asistir al colegio para ayudar al sustento de su familia cuando recibió una carta del ejército llamándole a filas.

"Les hablé a dos amigos de la carta y les dije que me marchaba a Sudán. Ellos ya prestaban servicio militar, pero estaban de licencia y esa misma tarde los tres emprendimos camino juntos. Sabíamos que Sudán se encontraba al oeste y que estaba cerca. Tan solo trajimos nuestros móviles con nosotros", declaró al ACNUR.

Hatim y sus amigos pronto se dieron cuenta de que habían sido demasiado optimistas. "Andábamos y andábamos, pero nos llevaba mucho tiempo y empezamos a tener hambre y sed. El camino era más largo de lo esperado, por lo que nos tumbamos al suelo a dormir".

Al tercer día conocieron a unos pastores. "Dijeron que estábamos cerca de un embalse próximo a la frontera con Sudán. Podíamos verlo en la distancia", recuerda Hatim. Se dirigían hacia allí cuando unos diez hombres armados con palos y espadas aparecieron de repente.

Los chicos sabían que pertenecían a una tribu nómada que vive a lo largo de la frontera y que se dedica al tráfico de personas y, cada vez con más frecuencia, a la extorsión. Exigieron saber si los jóvenes tenían familia en el extranjero a quien poder contactar por teléfono y pedir un rescate, pues muchos eritreos han emigrado a países occidentales.

Los nómadas arrebataron a los jóvenes su ropa, sus móviles y su documentación y los condujeron a una espesa zona de árboles y arbustos. Estuvieron encadenados a los árboles durante nada más ni nada menos que cuatro semanas, haciendo sus necesidades en el mismo lugar donde estaban encadenados y durmiendo en el barro cuando llovía.

Cada mañana les daban un pequeño bol con papilla y una lata con agua sucia. A menudo el sol y el calor eran insoportables, pero eso no fue lo peor. "El lugar estaba plagado de pequeñas serpientes marrones y cuando se acercaban, no había nada que pudiéramos hacer. A veces reptaban sobre nosotros y otras levantábamos las piernas para dejarlas pasar", relata Hatim, añadiendo que también les atormentaban los escorpiones.

Los nómadas amenazaron a Hatim y a sus amigos con matarles y vender sus órganos si no pedían a sus padres que enviaran dinero. "Pero como no teníamos a nadie que lo pudiera enviar, nos pegaban", comenta Hatim.

Como les tenían prohibido hablar, Hatim dice que los tres compañeros "tan solo nos mirábamos. Obviamente teníamos miedo de que nos mataran, y a veces nos arrepentíamos de habernos marchado, ya que pensábamos que hubiera sido mejor morir en nuestro propio país".

Pasadas tres semanas, se les unieron cerca de diez hombres y mujeres jóvenes y un bebé eritreos, pero como en unos días se pagó un rescate por ellos, se los llevaron. Después de haber liberado a este grupo, los nómadas empezaron a impacientarse con Hatim y sus amigos y, probablemente tras haberse dado cuenta de que no iban a conseguir ningún dinero, un día se los llevaron de allí y los abandonaron cerca de Shagarab.

"Los tres estábamos enfermos y uno de nosotros necesitaba ayuda para andar. Sin embargo, no pudimos ayudarle por mucho tiempo y nos adelantamos en busca de ayuda. Tras esto, la gente en el campamento nos ayudó mucho. Les explicamos nuestra situación y nos llevaron a recoger a nuestro amigo", señaló Hatim.

En estos momentos, los acompañantes de Hatim ya no están en Shagarab. Uno se ha marchado a Khartoum y el otro ha llegado a Israel. No obstante, él dice que no piensa huir de nuevo, quizá escarmentado por su experiencia con los nómadas. Ahora, feliz de haber salido vivo del desierto, sueña con convertirse en mecánico.

* Se han cambiado los nombres por razones de seguridad.

Por Karen Ringuette del campamento de Shagarab, Sudán