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En primera persona: la educación permite a las jóvenes refugiadas superar las dificultades

Historias

En primera persona: la educación permite a las jóvenes refugiadas superar las dificultades

Monicah Malith huyó del conflicto en Sudán del Sur cuando era niña. Logró ponerse a salvo en Kenia, donde superó diversos obstáculos para poder continuar con su educación. Hoy estudia derecho y es la primera mujer que preside la asociación estudiantil de la Universidad de Nairobi.
8 September 2023
Una mujer sudsudanesa que lleva un saco color gris oscuro está sentada en un pupitre sobre el que hay un libro abierto

Monicah Malith sentada en un aula en la Universidad de Nairobi, donde cursa el tercer año de la licenciatura en derecho.

Siendo refugiada, he tenido que enfrentar muchos desafíos en mi recorrido educativo; sin embargo, he logrado superarlos con determinación, resiliencia y trabajo duro.

Las dificultades que he enfrentado han sido devastadoras; por ejemplo, la pérdida de mi padre en temporada de exámenes en el bachillerato, los apuros para cubrir las cuotas escolares y la presión constante para aceptar matrimonios forzados. Sin embargo, en mi recorrido también ha habido esperanza y oportunidades.

Creo que compartir mi experiencia servirá de inspiración para otras niñas y jóvenes refugiadas que, al igual que yo, deben enfrentar y superar desafíos y retrocesos; y que, no obstante, descubrirán que la educación es clave para transformar sus vidas, para romper las barreras que nos impone la sociedad y para trazar un camino propio.

Al haber crecido en Sudán del Sur, no conocía otra cosa que no fuera el ganado. Mi padre tenía un gran rebaño de vacas, así que siempre íbamos de un lado a otro buscando agua y pastizales. Por desgracia, no fuimos inmunes a la guerra y, cuando los enfrentamientos se intensificaron, volví a Juba, la capital, junto con otros niños.

Tenía apenas doce años, pero la tradición dictaba que debía casarme pronto; de hecho, ya había cuatro hombres haciendo fila. Afortunadamente, mi tía viajaría a Kenia para huir del conflicto, y mi padre me permitió ir con ella para ayudarla con las tareas del hogar. En aquel momento, la educación ni siquiera pasaba por mi mente.

Viajamos en un camión cargado de cajas de refrescos y nos tomó tres días llegar al campamento de refugiados de Kakuma; una vez ahí, nos dirigimos a Eldoret. Recuerdo con lujo de detalle el día de nuestra llegada: era un domingo por la mañana; eran las 10 a. m. del 13 de julio de 2008.

Me matriculé en la escuela primaria al año siguiente. Yo era la mayor de todo el grupo; solo hablaba mi lengua materna; y, en realidad, no podía escribir mi propio nombre ni podía contar hasta diez. No obstante, me propuse una meta: trabajaría muy duro para ponerme al corriente. Al cierre de año, mi desempeño superaba el de cualquier otra persona en el grupo.

La crisis en Sudán del Sur se agravó y, a causa de nuestras limitaciones financieras, cada vez era más difícil cubrir las cuotas escolares. Al mismo tiempo, en mi adolescencia se volvieron insoportables las exigencias sociales y culturales que dictaban que debía contraer matrimonio: cuando volvía a casa después de la escuela, había varios hombres de visita en casa de mi tía; todos ellos querían casarse conmigo, pero yo deseaba seguir estudiando.

Hubo un hombre que se ofreció a absorber los costos de mi educación, lo cual me hizo pensar que había encontrado a alguien que se interesaba en mis estudios, pero luego me dijo que, a cambio, debía casarme con él. Me sentí engañada y traicionada, así que rechacé su oferta; sin embargo, en ocasiones llegué a pensar que lo mejor habría sido casarme y que alguien más se encargara de mi manutención. Por conducto de un grupo confesional logré encontrar un patrocinador y seguir cursando el bachillerato. Tristemente, mi padre enfermó poco antes de las evaluaciones nacionales; su salud empeoró día con día. Haber perdido a mi padre fue un golpe demoledor.

No había nadie que me sostuviera, pero, aun sintiéndome abrumada por el dolor, junté todas mis fuerzas para aprobar los exámenes y, de ese modo, honré su memoria.

"Las exigencias sociales y culturales se volvieron insoportables".

Monicah Malith

 

Un grupo de estudiantes, entre ellos, una mujer, charla afuera de un edificio

Monicah charla con otros estudiantes que asistieron a un foro de la juventud sobre desarrollo sostenible de la Universidad de Nairobi.

Con la mirada puesta en el futuro, mientras soñaba con ir a la universidad después del bachillerato, me llenaba de esperanza saber que había becas que podían darme el apoyo financiero que necesitaba y que también podrían protegernos – a mí y a otras jóvenes refugiadas – de los matrimonios forzados. Por desgracia, llegó la pandemia de COVID-19 y todo se atrasó.

Siempre quise mejorar el sistema de justicia de Sudán del Sur, mi país, así que me postulé para estudiar derecho en la Universidad de Nairobi. A mitad del primer año, descubrí la beca del programa DAFI* en las redes sociales. Me postulé de inmediato y, por suerte, fui seleccionada. La beca me ha dado paz mental, pues sé que mis cuotas escolares están cubiertas; además, me ha liberado de la idea de que mi educación depende de que yo le dé algo a cambio a otra persona.

El año pasado fui electa como presidenta de la asociación estudiantil de la Universidad de Nairobi; de hecho, soy la primera mujer y la primera refugiada en ocupar el cargo. En calidad de presidenta de la asociación, abogo por más generosidad y más apoyo financiero para el estudiantado refugiado, que ha enfrentado hostilidades y vivido experiencias traumáticas.

Mi recorrido personal es un ejemplo de la resiliencia y determinación que caracteriza a las niñas y jóvenes refugiadas; además, hace ver que, si se nos dan las herramientas necesarias por medio de la educación, podemos superar las dificultades y trazar el camino hacia un futuro más prometedor. Al aprovechar cada oportunidad que se nos presenta, no habrá nada ni nadie que nos impida alcanzar aquello que nos hayamos propuesto.

* La beca del programa DAFI (Iniciativa Académica Alemana Albert Einstein) ofrece a estudiantes refugiados y retornados la posibilidad de cursar una licenciatura en su país de origen o de asilo.

La historia de Monicah se publicó en el Informe de Educación de ACNUR de 2023, el cual se basa en datos recabados en más de 70 países, con el propósito es presentar un panorama muy claro de la educación y la matriculación de las personas refugiadas en distintas partes del mundo.

 

Consultar el informe de educación

"La beca me ha liberado de la idea de que mi educación depende de que yo le dé algo a cambio a otra persona".

Monicah Malith